La Fundación Civismo ha acogido el diálogo y presentación del libro «El curso perdido de la democracia», con su autor Ángel Rivero, profesor titular de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Autónoma de Madrid, y Javier Redondo.
Como no podía ser de otra manera, el diálogo ha comenzado al detallar con exactitud la referencia de la palabra polisémica «curso» empleada en el título del libro, y que se refiere por un lado a la dirección o trayectoria que ha tomado la democracia, la «deriva democrática», y por otro, la actividad política «perdida» durante el período de un año.
Ha sido preciso también definir el concepto de democracia, entendido por Ángel Rivero como la «realización plena de la voluntad del pueblo representada por un individuo». Sin embargo, de esa misma fuente, de esa misma manera de entender la realidad, nacen dos tipos de interpretación de la democracia:
- Una democracia que «conocemos» y hemos experimentado. Es una organización institucional compleja que está dirigida a la protección de los derechos a través de la limitación del poder político. Durante un tiempo hubo un acuerdo sobre qué era la democracia, «un acuerdo mucho más frágil de lo que pensábamos», dice Ángel. «En torno a la última década del siglo XX y hasta la crisis financiera del 2008, han acontecido 20 años de hegemonía de la democracia liberal como un aprendizaje histórico de nuestras sociedades, que se ha desvanecido rápidamente».
- Una democracia que se presenta como superior. Aquella que quiere hacer realidad ese sujeto colectivo que se llama «pueblo» y que llama democracia a la «realización plena, total y absoluta de esa voluntad». Esta es la del autócrata que se legitima en el nombre del pueblo. Es el concepto democrático de Napoleón Bonaparte: «todo para el pueblo, pero sin el pueblo».
Cada vez se confunde más la democracia con la voluntad individual, ya que la autocracia legitimada arbitrariamente NO es democracia.
La historia de Occidente de los últimos años ha sido la pugna entre estas dos democracias, señala Rivero. En los países en los que se ha producido esta pugna se han atravesado momentos de grandes y graves crisis.
El profesor de la UAM ha comentado que «vivimos en tiempos de confusión democrática». Escuchamos que el Parlamento y otras muchas instituciones van en contra del «sentir español» y se suceden varios acontecimientos muy preocupantes. Por tanto, la gran confusión democrática es que, «en el nombre de la democracia, se está intentando acabar con la democracia».
Además de la democracia, Rivero indica que vivimos en época de profunda polarización. Existe en la sociedad una fuerza centrífuga que alimenta minorías. «En relación a los problemas, todo es instantáneo, todo es contingente». No hay un timón que sujete a la sociedad y, por tanto, surgen los populismos, ideologías oportunistas que buscan el malestar social. Dice Ángel: «el personaje populista busca subirse a la ola radical y sacar ventaja de la situación», mientras que el político debe operar en el marco de sus oportunidades.
Mientras se pueda votar, hay democracia.
¿Cómo se dirime la disputa de la democracia?
La experiencia nos dice que no hay democracia sin liberalismo, porque no ha existido hasta ahora ninguna democracia que no haya sido liberal. Sin embargo, en la última década han surgido nuevas preguntas, porque existe el pensamiento de que «siempre se puede ir a mejor». Es necesario observar cómo la calidad de la democracia se ha demacrado en el mundo, cómo nace una nueva discusión sobre qué es la democracia.









