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El Mundo

Construcción y consumo, esas son las estrellas del PIB español, un indicador que está creciendo a un ritmo desacostumbrado desde que empezó esta larga crisis. Claro que son viejas estrellas y no se sabe cuánto darán de sí sobre el escenario. Hay quienes dicen que se está confirmando el viejo patrón de la economía española que señala que ésta entra en crisis, rebota en forma pronunciada y acaba recalentándose al cabo de un tiempo. Esta vez hay dudas sobre cuándo y dónde va a ocurrir esto último.

Un recalentamiento se produce cuando el crecimiento de la producción no es capaz de seguir al de la demanda y empiezan a generarse desequilibrios en los demás factores económicos. Pero como, según los medidores aceptados, hay grandes cantidades de mano de obra e infraestructuras subutilizadas en España, ese recalentamiento no parece que sea un problema inminente.

De hecho, la mayoría de los analistas ya preveía una suave desaceleración del crecimiento español en 2016 antes de que se desatara la actual crisis de China. Esas décimas de menor crecimiento se atribuían al agotamiento natural de los factores que han creado el viento de cola que nos ha estado impulsando: el bajo precio del petróleo, la depreciación del euro y el alivio fiscal que supone la compra de bonos por parte del BCE.

Las mayores amenazas para el crecimiento español residen ahora en la incertidumbre política y en la evolución del sector exterior. En el primer factor hay que apuntar la falta de nuevas reformas. A la parálisis natural que provoca el proceso político hay que sumar el hecho de que el Gobierno lleva dos años con los brazos caídos, promoviendo cambios más formales que reales (la reforma tributaria, por ejemplo) o deshaciendo viejas reformas que ya estaban planteadas (el caso de las iniciativas de Ruiz-Gallardón). La falta de trabajo político, de la construcción de consensos, queda en evidencia cuando los impulsos reformistas se agotan en apenas dos años porque no hay forma de prolongarlos más allá del ciclo electoral. El problema es que en la economía moderna no es admisible que un país esté sin hacer reformas o ajustes. Cada año sin buenas reformas es una oportunidad perdida.

El segundo factor, el exterior, también está plagado de incertidumbres. En términos generales, todo lo que estamos viendo (la crisis china, el pinchazo de los países emergentes o la montaña rusa de los activos bursátiles) responde a la invención de la política de expansión cuantitativa por parte de la Reserva Federal de EEUU. El castillo monetario que levantó Ben Bernanke para salvar a su pueblo –y que fue copiado en el Reino Unido, Japón y Europa– ahora hay que desmontarlo. Y como ocurre naturalmente con el paso de los años, el metabolismo económico ha cambiado y es cada vez más difícil quitarse esos kilos.


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