26
mar

Aunque todavía estamos inmersos en la pandemia del COVID-19, ya podemos sacar algunas conclusiones que nos servirán como lección para no volver a fallar si, desafortunadamente, tuviéramos que afrontar otra situación parecida en el futuro. La malísima gestión del Gobierno central ha quedado más que demostrada, además de esos perversos objetivos por los que se atreve a arriesgar la salud de sus ciudadanos. Aun así, no todo resulta tan terrible. Las circunstancias han evidenciado las buenas y las malas intenciones, así como las soluciones. 

El Gobierno es constitucionalmente competente en asuntos de sanidad pública y emergencias como esta. Sin embargo, aunque le correspondan estas funciones, las ha ejercido de la peor manera. Ha reaccionado tarde, mucho, lo que nos ha convertido en el país con peor evolución de cifras de infectados en todo el mundo. No obstante, ante este Ejecutivo negligente, la sociedad civil ha dado una respuesta ejemplar. Y solo gracias a ella, podremos frenar el coronavirus en España. 

Una epidemia supone cambios bruscos en la economía y la sociedad, que suceden de manera mucho más rápida que en la dinámica habitual. De repente, tienen que destinarse muchos recursos a la oferta sanitaria, lo que implica grandes ajustes. Esto supone alteraciones en la información e incentivos de los agentes, en un proceso muchísimo más veloz que el acostumbrado. En esa línea, los teóricos de la Escuela Austriaca demostraron que la planificación central de la economía resultaba imposible, pues la información no solo no fluía, sino que no surgía cuando el Estado era propietario de todo, al romperse toda la cadena que motivaba a empresas y consumidores a coordinarse. El coronavirus no escapa a este marco conceptual, y aquí la información e incentivos adquieren la mayor relevancia. 


“El problema principal de la gran expansión del COVID-19 en España ha sido de información centralizada”


Así, el problema principal de la gran expansión del COVID-19 en España ha sido de información centralizada. Hemos creído que el Gobierno se trataba del único poseedor de la verdad, el único que podía decir con certeza que íbamos a estar seguros y que no iba a pasar nada. No obstante, no todo el mundo le creyó. No es cierto lo que afirma ahora gran parte de la izquierda. De manera descentralizada y libre, muchas personas advirtieron previamente de la gravedad del asunto, aunque el Gobierno y su séquito negaran la mayor: “Todo está controlado”.  

De forma descentralizada, el personal sanitario está intentado salvar vidas con los recursos que tiene; muchas empresas se han puesto a disposición de los demás, incluso para que se aprovechen sus redes logísticas; los propios ciudadanos, ante la ineptitud del Gobierno, decidieron frenar la expansión del virus protegiéndose en sus casas (en efecto, refugiándose en su propiedad privada). Es más, Gobiernos autonómicos como el de Madrid intentaron tomar medidas antes de que Sánchez lo hiciera. Vemos aquí que, aun a pesar de los problemas de centralización de la información, la sociedad ha dado soluciones muy importantes de manera autónoma y espontánea. 

¿Qué ocurriría en un mundo más descentralizado, libre y responsable? En primer lugar, el Estado no tendría el monopolio de la verdad. La competencia del mercado motivaría que la información sobre el virus fluyera por muchos canales, lo que facilitaría la contrastación y acercaría a la verdad. Un sistema de sanidad privada contaría con el aliciente de curar y abastecer la demanda, y además, funcionaría mucho mejor, gracias al sistema de precios. Por otro lado, las aseguradoras intentarían frenar el contagio de sus clientes para evitar altos costes, lo que les incentivaría incluso a pecar de conservadoras respecto de las medidas de prevención del contagio. Así, se crearía todo un entramado de responsabilidad individual que permitiría frenar el virus de manera mucho más rápida y eficiente, sin tantos costes vitales ni económicos. 

Esta crisis debe servir para que la sociedad civil se reconozca como capaz de afrontar cualquier problema, por muy grande que sea. Ha demostrado estar más que a la altura de la nefasta gestión estatal, y es lo que, en realidad, detendrá al virus. 

Reclamemos más libertad y responsabilidad para nosotros mismos. Seamos conscientes de que no podemos confiar todo al Gobierno, y menos todavía, si está dirigido por tan malos políticos. De esta forma, dejaremos que la información fluya de manera descentralizada, que compita y que se generen los incentivos suficientes. Así resultará mucho más fácil que cada uno tome las riendas de de su vida y no la abandone ciegamente en manos del paternalismo estatal, lo que, sin duda, frenará cualquier virus, incluido el colectivista. 


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