06
jul
Expansión

En el año 1543 se publicó uno de los libros más importantes de la historia de la ciencia: Sobre la revolución de las esferas celestes. Su autor fue el gran astrónomo Nicolás Copérnico, quien tras haber trabajado durante veinticinco años en su obra, no pudo verla publicada, ya que falleció unos meses antes de aquel momento.

Copérnico había nacido en 1473 en Torun (o Thom), una de esas ciudades que han sido prusianas o polacas según el devenir de los tiempos. Tras pasar muchos años en Italia, regresó a su país natal, donde ejerció como médico y administrador de la diócesis de Warmia; pero dedicó lo mejor de sus esfuerzos a elaborar sus trabajos sobre astronomía, que revolucionarían esta disciplina. Su aportación fundamental fue, sin duda, el desarrollo del modelo heliocéntrico del universo, conocido, en su honor, como el sistema copernicano. En él la tierra dejaba de ser el centro del universo, lugar que pasaba a ser ocupado por el sol, en torno al cual giraban los planetas entonces conocidos (Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter y Saturno), a los que se añadía la Luna, astro considerado entonces como un planeta más. La idea no era por completo nueva en el siglo XVI, ya que un matemático y astrónomo griego del siglo tercero antes de Cristo, Aristarco de Samos, había planteado tal hipótesis en fecha tan temprana como el siglo tercero antes de Cristo. Pero la teoría dominante, que parecía, además, encontrar un apoyo sólido en la Biblia, era que si el hombre era el centro de la creación, la Tierra tenía que ser el centro del universo. 

El libro de Copérnico contiene, sin duda, errores importantes, como considerar que las estrellas son cuerpos lejanos que permanecen fijos en el universo y que los movimientos de los cuerpos celestes son circulares. Pero ofrece una visión del mundo mucho más ajustada a la realidad que la visión tradicional. Es interesante señalar que, al principio, la obra de Copérnico no despertó especial oposición en la Iglesia. Eran los años anteriores al Concilio de Trento. La Contrarreforma, sin embargo, reforzaría la oposición del pensamiento católico a cualquier innovación que pudiera resultar sospechosa para la pureza de la doctrina, lo que tuvo como resultado, entre otras cosas, un rechazo frontal del modelo heliocéntrico. La obra de Copérnico realmente no fue objeto de polémica fuera del mundo cerrado de los astrónomos durante muchos años; y el heliocentrismo sólo se convirtió en un tema socialmente conflictivo tras la publicación del libro de Galileo Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo en 1632, es decir, noventa años después de la aparición de la obra fundamental del astrónomo polaco. Galileo fue procesado por la Inquisición y tuvo que retractarse de sus ideas; y la obra de Copérnico acabó en el índice de Libros Prohibidos. El pensamiento abierto del siglo XVI había sido aplastado definitivamente por la Contrarreforma.

Los efectos del proceso de Galileo y la condena del modelo copernicano hicieron mucho daño a la ciencia en los países católicos. Y la propia iglesia sufrió también, sin duda, los efectos de sus errores. Entre otras cosas, porque la teología protestante aceptó mejor el modelo heliocéntrico y el rechazo de Roma fue considerado como un argumento en contra del catolicismo que, no sin razón, fue acusado de perseguir la libertad de pensamiento y de incapacidad para adaptarse al mundo moderno. De hecho, las doctrinas de Copérnico y Galileo sólo fueron rehabilitadas formalmente por el Vaticano en 1992. Un poco tarde, seguramente.


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