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abr
Panam Post

España retoma la actividad económica tras decretar el confinamiento total, por el Presidente del Gobierno, el pasado 29 de marzo. Las medidas adoptadas para ese levantamiento del confinamiento se han basado, por un lado, en el reparto de mascarillas, así como, por otro lado, en el levantamiento de la prohibición para ir al trabajo, ahora en aquellas actividades no esenciales que, ante el anterior decreto presentado, se encontraban completamente paralizadas.

Para hacernos una idea, el primer decreto aplicado por el Gobierno de España -con los trabajadores no esenciales en el trabajo- el ratio de empleados afectados sobre el empleo total oscilaba en torno al 18%. Con el decreto aprobado el 29 de marzo -ya extinto en estos momentos- el porcentaje de empleados afectados sobre el empleo total estaba cercano al 50%. En este sentido, y como podemos observar, el contraste es bastante notable.

Sin embargo, una vez que la curva de contagio iba amainando, en un escenario en el que los gráficos arrojan un claro descenso en la curva, tanto de contagio como de mortalidad, el Gobierno ha considerado el abrir nuevamente el país, permitiendo que todas aquellas actividades que no podían incorporarse al teletrabajo y no se encontraban dentro de las actividades esenciales permitidas, puedan acudir a su centro de trabajo. Eso sí, con una serie de recomendaciones para garantizar el que no se produzcan contagios.

Rápidamente, esta decisión adoptada por parte del Gobierno suscitó la crítica de muchos expertos en distintos campos académicos. Empezando por los sanitarios y científicos, los propios consejeros que asesoraban al Presidente, así como al ministro, desaconsejaban la apertura del país, levantando un confinamiento total que, hasta ahora, nos ha permitido reducir la tasa de contagio. Unas recomendaciones que casaban con las de muchos economistas; economistas que sentían ese mismo miedo que los expertos sanitarios.

En el campo sanitario, todos parecen coincidir en una misma postura sobre la decisión adoptada. Una postura basada en un desacuerdo generalizado en el que se considera que era muy pronto para adoptar una decisión como la adoptada. Algo que no ha ocurrido en el campo de la economía. Y es que, en este campo precisamente, muchos economistas consideraban necesario reanudar la actividad económica cuanto antes, dado que esa reanudación podría provocar una recuperación más breve y ligera de la economía, amainando las tensiones de crisis económica que se avecina por el horizonte.

Sin embargo, pese a la postura adoptada por diversos economistas, Financial Times recogía la opinión de los distintos expertos económicos que se han postulado sobre esta decisión. En concreto, las recomendaciones que recogía el diario económico británico mostraba la opinión del consenso de economistas estadounidenses, así como europeos. Sorprende el hecho de que, de acuerdo con los datos que ofrecía dicho informe, el 80% de los economistas estadounidenses consideraba óptimo el cierre total de la economía, mientras que, por el lado de los europeos, el 65% de estos mostraba una actitud similar.

Sorprende ver que pocos economistas se muestran en contra. Y es que, pese a que hablamos de un 80%, en Estados Unidos, solo el 4% se mostró en contra, pues el resto se abstuvieron de contestar; similar a lo que ocurría en el caso de los economistas europeos.

Una situación que se justifica con la teoría planteada, a la cual me he sumado desde el principio, en la que se refleja el coste de oportunidad de salir de la crisis del COVID más dañados, pero con la seguridad de salir antes y lograr una recuperación más temprana; en contraposición a la postura de ir saliendo más temprano y de forma parcial, pero con riesgos asociados como la recaída. En resumen, la diferencia que presentaba la economía entre el pronóstico de recuperación en “U” y el de recuperación en “W”.

Claro, un escenario de recaída que en muchos países se estaba descartando hasta el momento. Sin embargo, los titulares abrían la semana con nuevas noticias que provenían de oriente. Noticias que mostraban un incremento en las tasas de contagio en China, provocando el miedo y la histeria de los países que, sin quitar la atención del gigante asiático, veían pasmados la fuerza de un virus que volvía a sacudir al ejemplo del mundo en control de la pandemia. Esto, ante la nueva situación, reforzaba la postura de tantos economistas que, como yo, se mostraban dispuestos a alargar el confinamiento general, garantizando una salida más temprana.

La apuesta que estamos haciendo alargando el confinamiento es muy grande, la economía se está resintiendo y el confinamiento total tiene un claro coste económico. Ahora bien, ¿Cuál es el contrafactual? En este sentido, estamos hablando de que, al reabrir la economía en estos momentos, nadie puede garantizar que el virus no vuelva a sacudir a la sociedad española. Ante esta posible hipótesis, ¿qué coste tendría el haber tomado decisiones como la de abrir la economía?

Podemos hacer una aproximación, pero de partida ya podemos decir que un coste superior al que habría conllevado un confinamiento total, compensado con una rápida recuperación de la sociedad, incorporándose posteriormente al empleo con mayor intensidad que, hasta ahora, con la desescalada pronta y parcial. Una recaída, en el escenario que presenta nuestro país y con tan escaso fondo de maniobra para actuar, podría desencadenar un escenario más desastroso, incluso. Esto, sumado a un escenario en el que los ciudadanos siguen confinados en sus viviendas; donde el comercio sigue paralizado; donde el shock de oferta sigue presente en la economía, podría inclinar la balanza hacia esa prolongación en el confinamiento.


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