18
oct
El Economista

Los últimos días de la semana pasada y en lo que llevamos de ésta, se ha abierto un nuevo escenario más favorable para una pronta resolución de uno de los problemas más importantes para Europa como es la salida de Reino Unido de la Unión: el Brexit. Como ha sucedido en multitud de ocasiones a lo largo de la historia comunitaria, los mismos actores que juraron que no habría cambios en sus posturas y que no habría posibilidad de abrir una nueva negociación con Reino Unido, hoy son los que salen a anunciar un nuevo acuerdo con el Gabinete Johnson, marcándolo como “la última posibilidad” de que el Brexit se haga de forma ordenada.

Este nuevo acuerdo presenta importantes diferencias con respecto al primer intento Bruselas – Londres que terminó naufragando en la Cámara de los Comunes y en la caída del Gabinete May. Sin duda, el más importante es el establecimiento de la frontera en las Islas Británicas, girando hacia un punto de vista más beneficioso, tanto para Gran Bretaña como para las dos Irlandas. Si bien los unionistas (principal apoyo del Partido Conservador en el Parlamento) han mostrado su disconformidad con el nuevo estatus del Ulster, es bastante probable que se encuentren apoyos en las filas laboristas, junto con un apoyo común de los diputados conservadores, incluso de aquellos más combativos con la posibilidad de llegar a acuerdos con la Unión Europea que obliguen a Reino Unido a seguir sujeto a normativas comunitarias y aportaciones económicas a iniciativas ya en marcha.

Era imprescindible, por tanto, colocar las disensiones fuera de la frontera entre las dos Irlandas, más aún cuando ya en los últimos meses se han producido algunos disturbios y desórdenes públicos protagonizados por herederos del IRA.

La cuestión de dónde colocar la frontera es vital no solo desde el punto de vista político, sino también económico. El Ulster es una región con múltiples complejidades históricas, pero, al mismo tiempo, es el talón de Aquiles de la estabilidad económica de la isla Irlandesa. En este sentido, el mejor seguro para evitar un rebrote de las tensiones políticas y que eso termine por dañar los Acuerdos de Viernes Santo es mantener en la práctica a Irlanda del Norte dentro del Espacio Único Europeo, con unas cláusulas de salvaguardia, mientras Londres y Bruselas negocian un Tratado de Libre Comercio, que es la mayor aspiración del premier Boris Johnson.

Precisamente, una de las grandes diferencias de Johnson y su predecesora Theresa May es haber convertido el libre comercio en el eje esencial de negociación, por encima de la unidad territorial (entendida ésta desde el punto de vista político). Sin duda, el rasgo más importante de la relación entre los países miembros de la Unión Europea es la existencia de un mercado común potente y basado en el libre comercio y la libre circulación de personas, capitales, mercancías y servicios. Johnson bien sabe que éste es el gran valor a preservar y la cuestión es encontrar la fórmula que permita que Reino Unido, sin ser miembro de la Unión Europea, consiga un estatus privilegiado de relaciones económicas y comerciales que a largo plazo resulte económicamente equivalente a la anterior relación.

En este sentido, la sociedad británica estaba de acuerdo antes de la convocatoria del referéndum de 2016 en que era necesaria una reforma de la relación UK-UE. Así, las campañas de opinión pública subrayaban que la pertenencia a la Unión Europea tenía más costes que beneficios, y el principal beneficio era el libre comercio. Por ello, era necesario revisar los costes, pero lamentablemente se llegó demasiado lejos y se planteó un referéndum, cuyas consecuencias se están sufriendo a día de hoy.

Por tanto, colocar en el centro del debate la necesidad de crear un área de libre comercio donde el primer pie de Reino Unido sería Irlanda del Norte no sólo es necesario, sino que además es imprescindible ante los retos a los que se enfrenta Europa en los próximos años, especialmente en el marco de la reconfiguración del equilibrio geopolítico global donde ya se ha alcanzado un principio de acuerdo entre Estados Unidos y China. Evidentemente, Bruselas no accederá a corto plazo a otorgar a Reino Unido un estatus similar al que tienen Suiza o Noruega, pero a medio plazo los hechos forzarán la convergencia de las Islas Británicas hacia un estatus parecido.

En suma, el escenario de resolución del Brexit se está acercando cada vez más a un Best Deal que al Hard Brexit que se temía por parte tanto de los políticos como de los mercados financieros. Es necesario no bajar la guardia en los próximos días, dado que hay elementos incontrolables en el sistema parlamentario británico que pueden hacer descarrilar el acuerdo. Por ello, la labor de pedagogía del primer ministro Johnson será clave para convencer a los ya convencidos en su partido como especialmente a los laboristas.


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