26
jun
Expansión

Es lugar común afirmar que a los economistas nos cuesta, con frecuencia, ponernos de acuerdo en temas importantes. Y no me refiero hoy a esas ideas populistas, bastante absurdas por lo general, que se escuchan en este país un día sí y otro también. No. Estoy pensando en economistas bien formados y competentes que ven de manera muy diferente algunas cuestiones que son muy relevantes en el momento actual.

Y una de estas cuestiones es, sin duda, cuál puede ser la evolución del nivel de precios en las economías occidentales a medio plazo. Parece que los gestores del Banco Central Europeo están bastante preocupados por una posible deflación motivada por la caída de la actividad económica que ha provocado la pandemia del coronavirus y están dispuestos a sacar la artillería pesada para evitar que tal cosa ocurra. Dos son las dudas que plantea, sin embargo, esta visión del problema. La primera, ¿sería realmente grave que los precios no crecieran o incluso que flexionaran ligeramente a la baja? Muchos economistas contestarían afirmativamente esta pregunta. Pero lo cierto es que no tenemos certeza alguna de que la deflación sea incompatible con el crecimiento, que es lo que, en el fondo, asumen quienes defienden tal idea. La deflación podría ser una consecuencia de un aumento de la productividad o de una caída de los precios a escala internacional en economías abiertas al comercio exterior; efectos ambos favorables para el desarrollo.

El principal problema que una caída del índice general de precios podría ocasionar es que, si determinados precios de bienes y servicios no se ajustan a la baja, tienen lugar cambios en los precios relativos que puede provocar distorsiones en la economía. Y el precio más importante a tener en cuenta es el del factor trabajo. Si los precios de los bienes de consumo se reducen y los salarios se mantienen constantes –o caen en menor proporción– el precio del trabajo crece en términos reales. Es decir, en una situación de recesión como la que estamos viviendo con una fuerte tasa de paro, los salarios aumentarían y esto contribuiría a reducir la demanda de trabajo por parte de las empresas y, en consecuencia, a hacer más elevado aún el nivel de desempleo. Y a esto le tienen mucho miedo, ciertamente, los gestores de la política económica. La cuestión es que este resultado tiene en realidad poco que ver con el nivel general de precios y mucho con la flexibilidad de la economía, que es una cuestión muy diferente. Por otra parte, es cierto que una caída del nivel de precios elevaría –al menos a corto plazo– el valor real de la deuda, mientras que la inflación lo reduciría. Pero no consigo entender por qué a priori se considera positivo que quienes compraron títulos de deuda sufran pérdidas a causa de la inflación y, en cambio, es negativo que ganen dinero con su ahorro gracias a la deflación.

Senda discutible

Lo que estamos discutiendo hoy, sin embargo, no es si una potencial deflación sería realmente dañina para nuestras economías, por moderada que fuera; sino algo previo: ¿realmente vamos camino de una deflación? Y lo cierto es que tal cosa es discutible. La postura del BCE es clara. Pero habría que considerar también opiniones diferentes. He leído el último de los informes que Tim Congdon publica regularmente sobre la evolución de la política monetaria en el Institute of International Monetary Reseach; y creo que los datos que presenta deberían llevarnos a reflexionar sobre la situación en la que nos encontramos y a tomar en cuenta una serie de factores –algunos básicos en macroeconomía– a los que, de forma un tanto sorprendente, la doctrina oficial atribuye muy poca importancia.

Señala Congdon que el crecimiento en la cantidad de dinero a lo largo de este año en EEUU supera muy ampliamente cualquier cifra del pasado en época de paz. Y un año de elecciones no es precisamente el más adecuado para controlar de forma más estricta la cantidad de dinero. No hay que ser un monetarista radical para pensar que tal crecimiento de la oferta monetaria tiene que generar a medio plazo presiones inflacionarias. Es cierto que el público está en estos momentos ahorrando, básicamente por precaución ante la incertidumbre en la que se encuentran. Pero cuando la coyuntura empiece mejore, esos saldos monetarios presionarán sobre los precios de los bienes y servicios de consumo de forma significativa. No es el problema hoy; pero puede serlo en el próximo futuro. Cabe argumentar que esto mismo se dijo de las políticas de expansión cuantitativa tras la crisis de 2007. Pero la situación actual es bastante diferente, ya que el sector bancario no necesita capitalizarse como entonces, con el efecto que esto puede tener sobre la expansión de la oferta monetaria.

¿Se trata de un problema exclusivamente norteamericano? No, ciertamente. Sin llegar a las cifras de Estados Unidos, la política antideflacionaria del BCE podría tener efectos en el mismo sentido. Y no cabe duda de que es bastante más fácil combatir la deflación que la inflación. Nadie –ni los bancos centrales ni sus críticos– saben con certeza lo que va a ocurrir. Por ello, un mínimo de prudencia y considerar las diversas alternativas a las que nos enfrentamos parece la estrategia más sensata.


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