Azar y costumbre
Azar y costumbre
Puig, Valentí
19/05/2026

Athenaica, 176 pp. (2026)
Valentí Puig

Los libros de aforismos, la forma más breve de la producción literaria, requieren un tiempo de lectura largo y meditado, lo que les opone frontalmente a las inclinaciones de una época como la nuestra, tan aficionada a consumir cantidades ingentes de mensajes cortos sin apenas prestarles atención. Hoy en día abundan los aforismos de usar y tirar, como abundan las novelas banales que se pueden leer distraídamente, pero por supuesto me refiero a los escasos libros de un género que, desde la antigüedad clásica hasta la modernidad, se inscriben en una tradición que ha dado algunos de los mejores frutos de la literatura de pensamiento. La última obra de Valentí Puig, Azar y costumbre, encaja perfectamente en esta tradición y es reconfortante que una literatura de altos vuelos como la que practica este autor siga su camino en medio del ruido que causa la incesante producción de páginas insustanciales.

 En la «Nota del autor» que antecede a Azar y costumbre, Puig define la naturaleza de los aforismos: «Intentamos que sirvan de florete u obús, con afán de exactitud neta y clara, más nervio que músculo, para que sean abruptos o gentiles, fosforescentes o tenebrosos», y a esa definición responden todas las sentencias que reúne en el libro. Ya sea con florete o con obús, mediante juicios lógicos, insinuaciones, trazos poéticos o humorísticos, buena parte de ellas, si no todas, hieren las ideas públicas, esas creencias que, sin otro fundamento que el contagio, alimentan la vanidad, las ilusiones, las convicciones pétreas, el racionalismo ciego, las miserias de la política, el amor y el odio, y a las que Chamfort no tuvo reparo en llamar sottisses, estupideces. «La satisfacción tonta ¾reza uno de los aforismos de Puig¾ de que los demás piensen como nosotros cuando es que nosotros pensamos como los demás». Los aforismos son casi siempre pensamientos a contrapelo de lo que se cree por defecto y, por su misma naturaleza, no expresan nunca lo obvio, o bien le dan a lo obvio un giro que corre el velo de su mistificación.

Acabo de citar a Chamfort, pensador clave de una tradición, la de los moralistas franceses, de la que Puig es deudor, pero aún más que en Chamfort su obra se mira en el espejo de Pascal, en quien se ampara al final de su prólogo porque «estuvo en todas las eras de la Historia, también las venideras». No hay, ciertamente, aforismo que se precie que no tenga vocación de intemporalidad, incluso los que se refieren a manías y supersticiones del presente inmediato, pues la sustancia de lo que ponen en relieve siempre tiene que ver con las permanentes inclinaciones de lo humano, unas inclinaciones a las que Puig apunta con precisión valiéndose del símil, la ironía, la paradoja o la antítesis: las armas de la agudeza y el arte de ingenio.

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