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may
El Mundo

Un amigo portugués, que asesora a un alto cargo y me ha pedido mantener en reserva su identidad, me ha hecho este relato:

«La experiencia con la Troika fue tremenda. Si vivir bajo sus imposiciones fue duro, para una persona que quiere a su país y siente que se debe a su pueblo, aparecer como sus lacayos era horrible. Creo que sólo lo aguantamos por patriotismo y porque sabíamos que en algún momento el rescate se iba a terminar y el país iba a seguir».

«Nosotros no solicitamos el bailout (el rescate portugués lo pidió el 6 de abril de 2011 el primer ministro socialista Jose Sócrates, cuando ya había convocado las elecciones que ganaría el conservador Pedro Passos Coelho el 5 de mayo de ese año). Así que, ingenuamente, pensamos que lo peor había pasado y que la decisión ya se había tomado. Nos equivocamos. Lo más duro estaba por venir».

«No te imaginas la soberbia con la que actuaban los hombres de negro, la superioridad moral e intelectual que exhibían. Ponían unas medidas sobre la mesa y tú les decías que eso era un castigo innecesario para la población y ellos ni se inmutaban. Ni siquiera aceptaban alternativas gradualistas. Los peores eran los del FMI. No eran europeos y a veces parecía que sentían placer al imponerle sacrificios a países de un continente del que eran ex colonias. Entre los europeos, los de la Comisión eran los más intransigentes. En cambio, los mejores, los más razonables, siempre fueron los del Banco Central Europeo (BCE). Uno esperaba que los más políticos, los que tenían una visión más estratégica, fueran los de la Comisión, pero no, eran los del BCE, gente magnífica y enormemente respetuosa».

«Lo peor era su doble juego. Emparedar sistemáticamente al Gobierno entre la ciudadanía y el dinero que nos faltaba. Christine Lagarde, la directora gerente del FMI, declaraba que había que ser más flexible con los programas de ajuste y eso creaba una expectativa en la opinión pública. Cuando le decías al jefe de misión que actuara en consonancia con lo que decía su superiora, él contestaba que él no reportaba a Lagarde, que su jefe era el señor equis, un burócrata de tercera. Y el pueblo se encendía en nuestra contra y decía que éramos más alemanes que los alemanes».

«Lo mismo hacía Bruselas. Nos obligaban a adoptar medidas que empobrecían a la gente, subir impuestos o elevar tarifas y después publicaban un informe donde decían que la exclusión social en Portugal aumentaba. No sabíamos a qué jugaban. Eso fue de una gran deslealtad institucional».

«Nunca sentí que la legitimidad democrática estuviera en peligro. Hubo críticas muy duras. Tuvimos que pedir paciencia muchas veces. Pero la UE es un club de democracias y uno no pierde la suya por cumplir las condiciones que te impone un club así. Dicho lo cual, fue un acierto que España no pidiera un bailout global. Esta experiencia no se la deseo a nadie».


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