28
oct
El Economista

La formulación del proyecto de Presupuestos Generales del Estado para 2021 se reafirma en los supuestos y la arquitectura (tanto en el fondo como en la forma) del Plan Presupuestario 2021 presentado hace unos días a la Comisión Europea, compuesto por dos elementos esenciales: por un lado, se define una política fiscal híper-expansiva por la vía del gasto, con un incremento del 41% que es totalmente injustificable por la acción de los estabilizadores automáticos (incluso suponiendo más prórrogas de los ERTE) y el gasto sanitario debido a las olas de la pandemia. Y, por otro lado, la ausencia de un plan creíble de consolidación fiscal tal como pide a partir de 2021 la Comisión Europea y así se estableció en las conclusiones del Consejo Europeo del 21 de julio. Este Presupuesto introduce a España en una espiral de déficit y deuda, de la cual será extraordinariamente difícil de salir por cauces ‘normales’ sin contar con un rescate europeo.

El Gabinete Sánchez-Iglesias, al igual que con el Plan Nacional de Recuperación, está construyendo el Presupuesto de manera ajena a las recomendaciones de la Unión Europea, obviando que España forma parte de un club como es la Zona Euro, en el cual hay que cumplir con una serie de reglas que, aunque estén suspendidas temporalmente, más tarde o más temprano se tendrán que volver a aplicar. El procedimiento de trabajo es justo al revés de lo que está pidiendo la Comisión. Así, el Gobierno busca que Europa acepte por política de hechos consumados una política fiscal que no es compatible con lo que se espera de un miembro de la Eurozona, bajo el argumento de que los fondos del NextGenEU cubrirán una buena parte del agujero de las cuentas públicas de 2021 en adelante. Esta actitud es irresponsable y temeraria, ya que ni un solo euro del Fondo de Recuperación está asegurado para España y menos si el país no es capaz de presentar una cartera de proyectos de inversión potente y solvente que se haga acreedora de los fondos disponibles tanto los que son transferencias presupuestarias (es decir, computables como ingresos en los PGE) como los que son vía créditos reembolsables.

Pero si hay que destacar un elemento particularmente dañino del Proyecto de Presupuestos, ése es el escenario que el Gobierno dibuja en materia de ingresos fiscales. Cuando se tiene que analizar por parte de un economista un Presupuesto de Ingresos públicos (más aún si es el del Estado), hay que fijar la atención fundamentalmente en dos componentes: el primero, el Cuadro Macroeconómico sobre el cual se realizan las estimaciones de los agregados macro principales que determinan la evolución de las bases imponibles de los impuestos (el gasto en consumo final de los hogares determina la base imponible del IVA, la renta bruta disponible genera la base imponible del IRPF, la estimación del excedente bruto de explotación lleva a la base imponible del Impuesto de Sociedades etc…). Y, el segundo, es contemplar tanto el nivel de recaudación del ejercicio inmediatamente anterior al presupuestado como la evolución más reciente de las ejecuciones presupuestarias de los ingresos en los meses inmediatamente anteriores a la formulación de los Presupuestos del año siguiente.

En virtud de lo presentado por el Gobierno (y en ausencia del nivel de detalle más importante que son los Libros Presupuestarios, especialmente el Libro Amarillo), pueden extraerse varias conclusiones que son demoledoras no sólo para la política presupuestaria sino, muy especialmente, para la credibilidad del Reino de España como emisor de deuda soberana a nivel internacional. En primer lugar, expone un Cuadro Macro totalmente superado por la realidad en sus estimaciones para 2021, el cual durante el verano ya era optimista con respecto a la última estimación de la Comisión Europea (+9,8% frente a +7%), con lo cual con la evidencia disponible del más inmediato corto plazo, no es razonable seguir sosteniendo tal Cuadro Macro.

En segundo lugar, en la composición del Cuadro Macro, llaman la atención varios elementos de una profunda irrealidad como estimar un deflactor del PIB del 0% para 2020 y del 1% para 2021, cuando el deflactor del PIB en el 2º Trimestre cerró en el +1% en plena gran caída trimestral de la economía, con todos los deflactores implícitos de las principales ramas de actividad con fuerte crecimiento interanual. Pero no sólo esto: el incremento proyectado del consumo público (la suma de remuneración de los asalariados públicos y compras de bienes y servicios) es enormemente superior a lo estimado por la Comisión Europea (+6,3% frente a +5,8% en 2020 y +2,6% frente a -0,4% en 2021). Incluso en el peor de los escenarios de grandes compras de material sanitario y de subida de sueldo de los funcionarios, no se sostiene tal incremento dado que una parte importante de la posible desviación por un segundo rebrote ya estaba contemplada en la estimación previa de 2020.

En tercer lugar, además de dar por hecha la llegada de unos fondos que no se sabe si llegarán finalmente o no, el escenario de incremento de los ingresos fiscales es el paradigma de la aberración presupuestaria. Estimar que la recaudación de IRPF en 2021 superará a la de 2019 es un ejercicio de ciencia-ficción que merece una explicación con detalle. Supone estimar una elasticidad de la recaudación con respecto al PIB que nunca se ha producido en la Historia de España. Pero en el mismo orden está estimar que la recaudación por IVA será prácticamente la misma que en 2019. Ni una recuperación económica sorprendentemente positiva ni la llegada de los fondos europeos justifica un ejercicio de estas características con respecto a la recaudación de los dos principales impuestos.

Por último, en resumen, estos números han sido confeccionados sin tener una idea sólida de la verdadera profundidad de la crisis económica y, muy especialmente, de su duración. Mientras los gastos son ciertos, los ingresos tienen en este año un grado todavía más elevado de incertidumbre que épocas anteriores, lo cual obligaría a Hacienda a ser más prudente si cabe. Lamentablemente estos Presupuestos no pueden ser distinguidos con el calificativo de ‘prudentes’.


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