10
sep
El Mundo

Bien entrado el siglo XXI la primavera árabe se ha esfumado en varios países y en otros la circundan negros nubarrones. Además, nos ha aparecido una amenaza ominosa: el Ejército islámico y bárbaro del Isis.

Los que dentro de la  de la progresía barata simplifican encuentran rápidamente un culpable: Estados Unidos que destapó la caja de los truenos al invadir Irak. En realidad, eso explicaría pobremente por qué en Irak chiitas y sunitas han seguido matándose después de la salida de las tropas americanas, por qué, rencillas hegemónicas, Arabia saudita combate en Yemen a rebeldes financiados por Irán… y no arroja mucha luz sobre lo acontecido en Libia inmersa en una guerra civil surgida al caer Guedaffi, caída en la que Francia y Gran Bretaña tienen mucho más que ver que Washington. Los acusadores replicarán rápidamente que es todo lo mismo, Washington, Paris y Londres son el puente de mando del imperialismo occidental que no permite que los árabes sean verdaderamente libres y que como aprendices de brujo realizan experimentos explosivos.

La acusación se compadece igualmente mal con otras diatribas de los mismos fustigadores del imperialismo capitalista. Hemos oído hasta la saciedad que los países occidentales estaban metidos en la cama con un déspota como el sirio Assad (padre), que los máximos dirigentes occidentales acudieron bochornosamente al entierro de dictador que había liquidado a 20.000 personas en la ciudad de Hama etc…Todo esto es verdad, se comerciaba y se tenía una relación relativamente estrecha con Assad, un sátrapa, pero entonces, ¿por qué nos rasgamos las vestiduras cuando Occidente cambia de postura y ante la continuación de los desmanes a cargo de Assad junior intenta derrocarlo? ¿Eramos malos negociando con el padre y ahora somos igual de perversos deseando que su retoño desaparezca de la escena para que su gente viva en paz, libre y se exprese? Al parecer también lo somos. Por una cosa y por la contraria. La buena debe ser Rusia que  mantenía una relación mucho más  íntima que nosotros con el padre y ahora es quien apuntala política y militarmente al no menos impresentable hijo. Sin el sostén diplomático de Moscú ya habría caído, creando, también es cierto, una situación de no previsibles consecuencias

Sin embargo, otros analistas con los pies en el suelo  perciben causas diferentes en los problemas y el atraso político y económico de los países árabes. Cuando hace unos diez años yo estaba en la ONU la Organización publicó un sonado Índice de Desarrollo Humano que no dejaba muy bien parado al planeta árabe. El Índice calibraba el desarrollo de una comunidad estudiando el alfabetismo de los adultos, el porcentaje de población estudiante, la expectativa de vida, la renta per cápita, el uso de internet, el grado de libertad etc. La conclusión era penosa. En desarrollo económico, por ejemplo, el Producto Nacional Bruto del conjunto de las 22 naciones árabes  era inferior al de España.

Los autores del estudio estimaban que esas naciones tenían un déficit considerable en tres variables, libertad, conocimiento (educación) y el status de la mujer.

En el primer apartado se subrayaba que en el  universo árabe había demasiadas autocracias, la prensa y televisión estaban mediatizadas, las elecciones eran a menudo trucadas y no existía una separación nítida entre los jueces y el ejecutivo.

En el terreno educativo, y pesar de los considerables desembolsos realizados por varios de ellos en las dos últimas décadas, el panorama tampoco era alentador. La calidad de la educación (esto me resulta familiar) se había deteriorado seriamente y el capítulo dedicado a la inversión en investigación y desarrollo estaba muy por debajo de la media mundial. Había datos chocantes. Según el estudio el número de obras extranjeras traducidas en todos los países árabes a lo largo de varios siglos era similar a las que se traducen en España en un año.

La condición de la mujer también llama la atención. En algún país, Túnez sería el mejor ejemplo en la actualidad, su equiparación con el hombre es casi total. En la mayoría, sin embargo, las cortapisas siguen. Un tercio de las mujeres son analfabetas. La discriminación aflora asimismo en otros países no árabes pero sí islámicos. Hace un par de años el  supuestamente avanzado turco Erdogan decía en un mitin que no se podía poner en un pie de igualdad a los hombres y las mujeres: «Va contra la naturaleza». Un retroceso.

Un analista árabe Clovis Malksoud ha comentado que un país puede prosperar si tiene sólo uno de los déficits mencionados pero que difícilmente podrá hacerlo si renquea en dos.

La situación ha cambiado en la última década; en algún caso para bien, Marruecos (aunque en las últimas elecciones el partido más votado quiere penalizar el homosexualismo y el adulterio), Túnez, Qatar…, en otros para mal o muy mal. Las persistentes luchas sectarias en algunos nos retrotraen a la Edad media. La ambigüedad, o la tardanza, generalizada de muchos dirigentes árabes  a la hora de denunciar al Isis es lamentable, bochornosa.

Estados Unidos intervino en Irak, las antiguas metrópolis europeas manejaron interesadamente en el pasado algunos hilos en alguna capital árabe, Israel incumple sus obligaciones con la ONU y los palestinos….pero es hora de que las sociedades árabes se pregunten si su apego a la tradición, si su indiferencia o desprecio de las corrientes modernas del siglo XX… tienen algo que ver con su atraso. 


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