15
oct
Actualidad Económica

Durante centurias y con mayor intensidad en los últimos decenios, Occidente ha identificado la fe islámica con la teocracia y, ahora, el terrorismo y la invasión de las sociedades europeas. Dentro del mundo académico, el estudio de esa religión ha prestado una considerable atención a sus interpretaciones radicales y a enfatizar la inexorable oposición entre aquella, la democracia y la libertad. Esa antítesis se sintetizaría en la guerra de civilizaciones descrita por Huntington, asumida por gran parte de la opinión pública. Sin embargo, históricamente han existido y existen muchas interpretaciones del Islam que han sido ignoradas por los intelectuales y los medios de comunicación occidentales. Esta corriente fue bautizada por el jurista hindio Asaf Ali Asghar Fyzee como “Islam liberal.” ¿Es posible la compatibilidad entre la religión islámica y una sociedad abierta?

De entrada, los historiadores musulmanes de la corriente liberal afirman que, entre el año 800 y el 1200, el mundo islámico permitió la emergencia de un clima de pluralismo intelectual en el ámbito de la teología y de la jurisprudencia que se tradujo en importantes avances en la química, en la medicina, en la agricultura, en la música, en la poesía, en la filosofía, en la astronomía acompañados del desarrollo de un comercio y de una economía libres en un contexto de protección de los derechos de propiedad. Para ellos, este sistema no constituye un hecho aleatorio, sino que forma parte de una correcta interpretación del mensaje y de los textos islámicos, manipulados por los integristas.

De acuerdo con esa visión, la sharía (el Corán y la sunna) es un compendio de amplios principios que guarda silencio sobre numerosas cuestiones, entre ellas cuál es la forma de gobierno propia de una comunidad musulmana. Ese silencio supone que la aplicación de la sharía a los múltiples y complejos detalles de la vida humana son dejados a la discreción y a la conciencia de los musulmanes. En suma impugna la identidad religión-Estado, el carácter teocrático o totalitario que suele asociarse al islamismo. Al contrario, la lectura de los textos sagrados enfatiza la central importancia de la razón, de la innovación, de la flexibilidad y de la tolerancia. En otras palabras, consideran que en el Islam no existe una incompatibilidad intrínseca con esos ideales.

Frente a esa tradición, está la conocida como fundamentalista o wahabí. Esta realiza una interpretación intolerante, sectaria y, a la vez, extensiva del mensaje del Islam a todos los espectros de la vida, incluida la organizzación política y social. Su predominio o, mejor, su victoria sobre la Escuela de la Razón, sobre el Islam liberal se debió al soporte que le prestó el poder. Su deseo de control y su corolario, la eliminación del pluralismo, tenían una justificación y un soporte sólido en las tesis de los paladines del fundamentalismo que, en paralelo, recibieron a cambio de su apoyo el monopolio de la interpretación de las Sagradas Escrituras y de la educación. Este es el origen de la actitud hostil hacia valores como la libertad, la pluralidad, la sociedad civil, la democracia o la economía de mercado.

Obviamente no es posible revertir el curso de la historia, pero la revisión de ese viejo debate doctrinal es fundamental para evitar o, al menos, paliar la visión existente en el mundo occidental sobre un Islam totalitario, agresivo e incluso sanguinario, cuyos principios son incompatibles con los de una sociedad abierta. Este punto es básico para romper una dinámica que conduce a una estéril y peligrosa guerra de civilizaciones que ni es inevitable ni es positiva, entre otras cosas porque su explotación por parte de los populismos pone en riesgo la propia estabilidad y preservación de las democracias liberales.

Afortunadamente, una nueva generación de intelectuales musulmanes ha proseguido, intensificado y renovado el discurso de los pioneros del Islam liberal. Ha demostrado que las actitudes anticapitalistas no son consistentes ni con la experiencia histórica ni con la actitud teológica hacia la actividad económica y la persecución del beneficio. De hecho recuerdan que el Profeta fue un exitoso hombre de negocios la mayor parte de su vida y que siempre tuvo en alta consideración el comercio, lo que está en consonancia con un sistema capitalista fortalecido por valores morales con la mirada puesta en la ayuda a los pobres y a los necesitados (Cizarkca, M and Akyol M, Moral Capitalism, Istanbul, Uruk Publications, 2012).

Durante los últimos años se ha desarrollado una infraestructura organizativa para el Islam liberal en Malasia, Filipinas y Senegal, por citar algunos ejemplos, y se han creado think tanks con una considerable pujanza en Pakistán e incluso en Irán. En paralelo, instituciones similares han aparecido en Occidente como el International Institute of Islamic Thought en Virginia, el Liberty for Muslim World en Londres o la Ibn Khaldun Society en esa capital y en Washington. Sin duda su tarea no es fácil. Los fundamentalistas tienen un poderoso factor a su favor: un ingente volumen de recursos, suministrados por la petromonarquía saudí que ha financiado y lo sigue haciendo de manera permanente la propagación de su versión radical del Islam que es, en primera y última instancia, el alimento del terrorismo islámico. Sin embargo, Occidente ha de mirar con simpatía y dar soporte a la revitalización de una línea de pensamiento que puede pavimentar el camino hacia una sociedad abierta y libre en el mundo musulmán.

Muchos, quizá la mayoría de la ciudadanía y de las élites de los países democráticos avanzados, consideran que esa pretensión es utópica. Como escribió Fouad Ajami: “En una sociedad musulmana tras otra, escribir del liberalismo es escribir obituarios”. Sin embargo, hay indicadores de que ese pesimismo puede ser prematuro. En el plano teórico, los pensadores del Islam liberal están construyendo un marco conceptual en el que no piden perdón por su liberalismo ni por anclarle en las esencias islámicas. Por otro lado, confían mucho más que sus antecesores en la necesidad de que el Islam afronte los problemas y desafíos planteados por un mundo cambiante. Otro motivo de optimismo es el nivel creciente de educación en las sociedades musulmanas, que permite leer el Corán y otras fuentes islámicas a la gente sin el filtro de los imanes, mientras las escuelas religiosas han perdido su monopolio sobre la educación.

Es sencillo buscar y encontrar un enemigo externo y, en el caso del islamismo, existe un justificado y abonado terreno. Ahora bien, esa posición no es inteligente a largo plazo. La consideración de que es imposible modernizar el Islam y únicamente cabe frente a él una actitud defensiva es un error de análisis. Hay que combatir el fundamentalismo islámico, pero no hay que incluir en esa definición ni a todos los musulmanes ni a todo el Islam. Este es un importante recordatorio que envían los paladines del Islam liberal, y lo hacen con sólidos argumentos.


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