23
mar

Fue igual que los últimos dos años. La política tiene mucho de espectáculo, teatro, simulacro ante unos espectadores que, en su mayoría, no se molestan en ir más allá y buscar la realidad entre bambalinas. Sin embargo, este año había una diferencia: el enemigo era real. Había algo contra lo que luchar en aquel momento. Sin embargo, no hubo en los eventos del 8 de marzo grito alguno por el virus. Después sí, claro. Hubo gritos a puerta cerrada en un Consejo de Ministros turbulento, en el que varios miembros del Gobierno amenazaron con dimitir si se aprobaba el intento de una parte del mismo de aumentar su poder aprovechando el sufrimiento de sus compatriotas. 

Todo comenzó con las noticias que nos llegaban de China. Un «simple» virus había puesto de los nervios a una superpotencia política, hasta el punto de que llegaron a aislar ciudades de millones de habitantes para evitar su propagación. Nos sorprendían las fotos de cadáveres solitarios a los que nadie se acercaba a tomar el pulso en plena calle, hospitales enteros que se construían en poco más de una semana, y vídeos que mostraban cómo se obligaba a los ciudadanos a ponerse mascarilla mediante drones. Una invasión absoluta a la libertad que acostumbramos a tener en Europa que alarma, y con razón. Sin embargo, pronto comprendimos que, esta vez, tal intromisión podía estar justificada.

Tras esta sorpresa, algunos dieron la voz de alerta. Vox incluso pidió cerrar las fronteras a países con gran número de infectados, como China. Pero la extrema derecha no tiene permitido estar en lo cierto y, por tanto, se les tildó de alarmistas. Luego llegaron las cifras de Italia. «Se les ha ido de las manos», decíamos cuando iban por 400 contagiados. Hoy, son más de 45.000. Y lo que es peor, más de 4.000 muertos, superando a China, lugar de procedencia del ya famoso COVID-19. Al parecer, las preocupantes cifras de nuestro aliado europeo no bastaron para inquietar al Gobierno español. Así pues, con toda normalidad, se celebraron las manifestaciones del 8 de marzo. Miles y miles de mujeres, varias de ellas infectadas, como algunas ministras y la esposa del presidente, al frente de la concentración madrileña, propagando el virus sin precaución alguna. Al día siguiente, se dio a conocer la duplicación de los casos en Madrid. Y decimos «se dio a conocer» porque el Gobierno sabía horas antes de la manifestación del día anterior que se había producido un repunte de infectados en la capital y, aun así, prefirió quedarse de brazos cruzados y participar en multitudinarias marchas de las que son los principales beneficiarios.


El Gobierno prefirió quedarse de brazos cruzados y participar en multitudinarias marchas de las que son los más beneficiados


A esta situación se une la nefasta gestión del Ejecutivo, que, con sus requisas, ha impedido la circulación de miles de necesarias mascarillas para nuestros trabajadores, entre ellos los sanitarios, los más expuestos al virus y totalmente imprescindibles para el control de la pandemia. Ayer mismo, tras un mes, el Gobierno autorizó la importación de mascarillas chinas. Ayer, cuando era ya, para muchos, tarde.

Todavía hoy, hay quien dice que no se podía saber que España alcanzaría tan alarmantes cifras de infectados. Todavía hoy, hay quien cree que detrás de la decisión de tomar medidas drásticas el 9 de marzo en vez del día 8 hay inocencia. Pero cuántos de los que hace no tanto tildaron de extremos a los diputados de la tercera fuerza política de esta nación temen ahora por el incierto futuro de su país, no solo a nivel humano, sino económico. 

¿Cuántas vidas se habrían salvado de haber aplicado las medidas necesarias en el momento preciso? ¿Cómo se puede calificar a un gobierno que, sabiendo el terrible riesgo al que exponían a sus compatriotas, les animó con una masiva campaña en redes sociales a ir a las manifestaciones del 8 de marzo? ¿Es digno de representar a los españoles? Sin duda alguna, tras la emergencia sanitaria a la que nos enfrentamos, habrá que exigir las correspondientes responsabilidades a todos aquellos que ignoraron el riesgo y empujaron a la sociedad al suicidio. Y habrá que reconocer la impagable labor de todos aquellos que arriesgan su vida por los demás. Su servicio a esta nación jamás será todo lo recompensado que merecen. De momento, unidad y determinación.


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