20
may
Diario de Navarra

Hoy, en el Baluarte, el premio Nobel Mario Vargas Llosa y Cayetana Álvarez de Toledo, periodista y doctora en Historia por Oxford, mantendrán un debate sobre el que versa esta tribuna. Así, la gran pregunta que aquí se plantea es si el nacionalismo destruye o no la libertad. Esta cuestión fue abordada en profundidad por el escritor austriaco Stefan Zweig (1881-1942), un impenitente viajero, testigo de los horrores que causaron las dos guerras mundiales. Contemplar tanto sufrimiento le llevó a convertirse en un activo pacifista y en un defensor de la unidad de Europa. En su autobiografía El mundo de ayer, delata sin complejos el daño que causó el nacionalismo en el viejo continente. Se ha hecho célebre una cita suya que resume su pensamiento sobre esta ideología: “Por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; he visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea”.

Hoy, la globalización es ya imparable y no conoce fronteras, aún menos las de territorios diminutos. ¿Por tanto, tiene ahora sentido un nacionalismo propio del Romanticismo del XIX? Convendría que adquiriéramos conciencia de que Europa es ya irrelevante en la guerra comercial por la primacía mundial entre el coloso chino y el norteamericano. Lamentablemente, serán bastantes aquellos que prefieran el retorno a un pasado imaginario, tan idealizado como irreal. La causa de esa involución resulta clara: vivimos en una época en la que, de nuevo, los sentimientos cuentan más que los argumentos. El nacionalismo está echando raíces profundas porque no lo siembran con razones, sino con emociones.

Tenemos que tomarnos muy en serio la pérdida de libertad que sufrirán los ciudadanos que no se conviertan a la ‘religión oficial’ del régimen. Para conseguir imponer su ideología, los nacionalistas han demostrado poseer una eficiente estrategia de largo plazo. Primero, se apropiaron en exclusiva del euskera como patente de identidad de la nueva patria, lo que les lleva a distinguir entre ‘los nuestros’ y los que piensan distinto, a los que consideran ‘traidores’. A éstos, los excluyen y marginan cuanto pueden. Serán muchos quienes, al ver su libertad amenazada, prefieran abandonar su tierra querida, porque valoren más ser personas libres y no estén dispuestos a aguantarse y aparentar afinidad con los acosadores, a fin de no ser excluidos.

Cuando el cuatripartito llegó al Palacio foral, la maquinaria de propaganda nacionalista se puso en marcha utilizando el poder institucional. Ahí están las sectarias políticas en Educación (ataque al Programa de Enseñanza del Inglés incluido), las tendenciosas Ofertas de Empleo Público, en las que se discrimina al que no sabe vascuence, la prima de ayudas a lo que favorezca la cultura vasca frente a la española, el abandono de la obra pública en favor de la financiación para causas identitarias e, incluso, la exigencia del euskera a las empresas en algunos supuestos. Todas estas acciones demuestran el acoso a la libertad del que no sea nacionalista. Acabo con una reflexión. La fractura social que vive Cataluña demuestra que Navarra no solo se juega el próximo domingo su libertad, sino también la convivencia. Ambas estarán amenazadas si el nacionalismo está presente en el Gobierno foral. Desconfíe asimismo del partido constitucionalista que, con tal de alcanzar el poder, trafique con el nacionalismo. Con otro cuatripartito más, Navarra será irreconocible y el proceso, irreversible.


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