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En las últimas décadas, el autoritarismo de la izquierda ha provocado un éxodo de librepensadores que han encontrado asilo en una derecha debilitada. Así, la derecha político-ideológica ha adoptado un posicionamiento que se remonta en gran medida al liberalismo clásico; conformando un liberalismo-conservador de nueva creación. Este conservadurismo, lejos de limitar o acotar el liberalismo, parece haberse convertido en su mayor protector, como garante tanto del Estado liberal como del orden liberal internacional. Sin embargo, esta nueva configuración de la derecha política no se trata de un fenómeno estructural, sino coyuntural. Es una derecha de excepción, pero que, por su excepcionalidad, merece la pena preservarse.

Hace ahora aproximadamente dos décadas desde que el cambio de siglo y de milenio trajo consigo otro de signo ideológico-político. Un cambio que ha desdibujado algunos de los elementos más representativos tanto de la izquierda como de la derecha “clásicas”, si bien estas tienen poco más de dos siglos de existencia: son términos que nacen en plena Revolución Francesa, en el marco de la Asamblea Nacional Constituyente de 1789. Asimismo, este cambio ha provocado un proceso de cierta transmutación entre estos dos bloques antagónicos, que ha llevado a que algunos de los rasgos de la izquierda hayan pasado a la derecha, y viceversa.

En el pasado, “la izquierda” se ha caracterizado por contar entre sus acólitos con los más célebres libreprensadores; aquellos que, a lo largo de estos dos siglos, han elevado su voz y han puesto su erudición al servicio de unos ideales que, bien directa, bien indirectamente, cuestionaban un statu quo al que la literatura a menudo se ha referido como “la derecha”, o conservadurismo; dado que, por definición, este estado de las cosas nunca es una mera instantánea, sino que exige una pervivencia en el tiempo, la cual solo tiene cabida a través de su mantenimiento. Y este, a su vez, explica la actitud proactiva por parte las estructuras de poder para asegurar su supervivencia. Pues bien, el término “derecha” se ha empleado históricamente para hacer referencia a quienes dominaban aquellas. Sin embargo, tanto esta acepción como su contraria –que es definitoria de la izquierda a la que se opone– es errónea. Al menos, parcialmente.

En primer lugar, esta dicotomía de izquierda-libertad y derecha-autoridad confunde cuestiones radicales con otras ambientales. Es cierto que la derecha, a la que, a efectos de este artículo, también podemos referirnos como conservadurismo, ha sido dueña y señora de las estructuras de poder durante la práctica totalidad de su existencia como bloque ideológico-político. Sin embargo, estas estructuras, que han podido ser la preeminencia económica, la estructura eclesiástica, la monarquía y la nobleza, etc., no se hallan en la raíz, en el núcleo del conservadurismo. Por el contrario, se trata de una serie de condiciones ambientales que, si bien no cabe duda de que facilitan enormemente el surgimiento y prosperidad de su ideario, no constituyen requisitos necesarios ni suficientes para su existencia. Por ello, aunque estos elementos ambientales o contextuales se han considerado como innatos al conservadurismo, resulta fundamental que se los disocie de su esencia.

La otra cara de la moneda se encuentra en la conceptualización de la izquierda como un ideario liberal que se resiste al dominante, y que sostiene la nota discordante en la sociedad, escenificando un discurso –acompañado muy a menudo de un activismo– ciertamente disruptivo. Aquí, de nuevo, y de forma complementaria al análisis del conservadurismo, se confunden los elementos ambientales –por ejemplo, minoría social o menor nivel adquisitivo– con el ideario en sentido estricto. No obstante, como veremos a continuación, la hegemonía política, ideológica, cultural, etc., se deriva de la combinación de estos dos elementos: la esencia y el contexto. Y como también observaremos, en ocasiones la raíz de una posición política es también el principal motor de cambio del contexto que la rodea, bajo la finalidad de alcanzar la preeminencia política, económica, social y cultural.

En segundo lugar, esta confusión generalizada también bebe de otra asociación previa y más grave aún, que es la contemplación de la filosofía política como un mero eje horizontal. Muy al contrario, a ese eje de abscisas hay que añadir el vertical, el de ordenadas. Así, si la izquierda y la derecha personifican los dos extremos del espectro político horizontal, el autoritarismo y la libertad ostentan los de la dimensión vertical [1].

Pues bien, una observación holística de los factores radicales y ambientales de la izquierda y la derecha pone de manifiesto que, en los últimos dos siglos, la izquierda ha estado más cerca de la libertad –por librepensante y contestataria–, mientras que la derecha ha tenido por ecosistema uno más próximo a la autoridad. Sin embargo, como señalaba al inicio, esto ha cambiado sustancialmente en cuestión de dos décadas, pues la derecha ha oscilado hacia la libertad, a la par que la izquierda lo hacía rápidamente hacia la autoridad [2]. Este fenómeno viene provocado por una causa doble. Por un lado, se debe al cambio de los factores ambientales de la izquierda, que le han permitido alcanzar cotas más altas de poder y, por otro y paralelamente, se explica por una mayor tendencia o aspiración autoritaria de la izquierda política, a las que irrevocablemente le conduce su espíritu hoy marxista. En otras palabras, el acomodo de los factores ambientales no ha sido sino una consecuencia de la lucha de la izquierda por malear estos a su antojo, y crear el entorno propicio para su crecimiento y desarrollo, unido al abandono de una derecha que se ha dormido en la autocomplacencia y una falsa sensación de preponderancia, que daba erróneamente por sentada.

Pero lo en verdad relevante en este cambio de paradigma es que la deriva autoritaria de la izquierda ha provocado un éxodo masivo a escala global de auténticos librepensadores, que han dejado de sentirse identificados con esa nueva idiosincrasia hegemónica, intransigente, intolerante… La izquierda ha devorado a sus hijos, como hiciera Saturno en el famoso cuadro de Goya, y personalidades de diversa índole (intelectual, mediática, etc.), como Eric y Bret Weinstein, Sam Harris, Steven Pinker o David Rubin han dicho basta.

Ahora bien, la disidencia y deserción de un postulado o posición política o ideológica no es en absoluto novedoso; en particular, el abandono de la izquierda tras la constatación de su configuración filosófica actual, basada en el pensamiento marxista y, por ende, antagónica a la libertad. Así ha sucedido desde mediados de siglo XX, como refleja la publicación en 1950 del libro El dios que fracasó; una colección de ensayos que recogen los testimonios de seis famosos antiguos comunistas que apostataron de aquella fe secular. De forma similar, destacan figuras que han despertado del sueño de la izquierda de la talla de David Horowitz o, en el caso de España, Federico Jiménez Losantos. Lo nuevo es que, habiendo quedado huérfanos, muchos antiguos militantes de la izquierda –pensadores y gente corriente sin distinción– han encontrado refugio en una derecha política debilitada en todos los sentidos –en el rigor de sus argumentos teórico-filosóficos, en el poder que retiene, en la voluntad y capacidad para plantar cara a la izquierda en la batalla cultural, etc. –, la cual, en una amplia mayoría de los casos, les ha recibido con los brazos abiertos.


La derecha ha oscilado hacia la libertad, a la par que la izquierda lo hacía hacia la autoridad por el cambio de los factores ambientales y una mayor tendencia autoritaria.


Así, la derecha, otrora hermética, se ha permeado de libreprensadores y apátridas intelectuales de diversa procedencia, que la han transformado en un grupo heterogéneo, abierto, tolerante, de discusión honesta. Esto no quiere decir que no hubiese exponentes de la libertad de pensamiento en la derecha con carácter previo –de nuevo, resulta fundamental disociar las dimensiones horizontales y verticales del espectro filosófico-político–, sino que la derecha del siglo pasado ha sufrido una metamorfosis [3] en virtud de la cual, como señaló Niall Ferguson [4] hace poco más de un año, el conservadurismo se ha tornado en un liberalismo clásico de corte más anglosajón y que encuentra su principal referencia en los escritos de Edmund Burke.

Ahora bien, ¿en qué consiste realmente este nuevo liberalismo-conservador? Conviene señalar aquí que este concepto no es nuevo en la filosofía política contemporánea, especialmente en España, donde el liberalismo modal, en términos estadísticos, ha tenido siempre el apellido de “conservador”.

Una primera conceptualización de este conjunto de postulados en nuestro país puede hallarse en la época inmediatamente posterior a la invasión napoleónica, cuando un fuerte moralismo tradicionalista integró algunos elementos liberales de raigambre francesa. Pero no es este el ideario al que hago referencia. Tampoco su posterior división, también durante el siglo XIX, por la que una corriente teológico-política más cercana al autoritarismo se escindió del liberal-conservadurismo inspirado en el doctrinarismo galo. Por último, tampoco se identifica con el actual liberalismo-conservador propugnado por Francisco J. Contreras [5], quien, en última instancia, aboga por una suerte de liberalismo perfeccionista como el que, famosamente, defienden autores como Joseph Raz.

Lejos de ese liberalismo que alberga un conservadurismo en cierta medida paterna lista, el fenómeno que creo atestiguar es de pretensiones mucho más humildes, pues únicamente busca la supervivencia de estas dos visiones del mundo, fundidas en un crisol de pragmatismo que trae a la memoria algunas características de los legados de Reagan o Thatcher.

De la necesidad de esta nueva simbiosis entre liberalismo y conservadurismo da fe su enorme utilidad práctica, tanto en la protección del Estado liberal como en la preservación del orden liberal

De la necesidad de esta nueva simbiosis entre liberalismo y conservadurismo da fe su enorme utilidad práctica, tanto en la protección del Estado liberal como en la preservación del orden liberal internacional, pues de ambos se erige el conservadurismo en su mejor salvaguarda. Y digo necesidad porque a nadie escapa que es en las democracias liberales actuales, así como en el sistema internacional que vertebran, donde se han conseguido las cotas más altas de libertad, justicia y prosperidad de la historia. De ahí que resulte vital su protección. Observemos brevemente el funcionamiento de esta extraña alianza ante los retos que enfrenta el liberalismo en la actualidad.

Las principales amenazas internas que hoy le acechan se encarnan en el populismo, el nacionalismo y, por descontado, el autoritarismo. Estos, problemas propios de las democracias liberales, son también globales, pues su presencia ha alcanzado manifiesta mente una dimensión mundial, que contribuye a minar la entereza del orden liberal internacional, a cuyo intento de destrucción se suman el vertiginoso crecimiento de China y la siempre combativa Rusia.

Así, los sueños de supremacía de otras superpotencias ponen en serios aprietos el orden liberal internacional, al dibujar un panorama multipolar en el que son varios los actores que tratan de imponer su visión. Asimismo, la existencia de culturas muy diferentes a la occidental provoca verdaderas colisiones, como expuso brillantemente Huntington en Choque de civilizaciones (1996). Sin embargo, el belicismo de China y Rusia o los –parafraseando el título– choques de civilizaciones no se explican de no producirse un expansionismo evidente de este orden internacional liberal que, si bien no puede tacharse estrictamente de imperialismo cultural, lejos de fortalecerlo, lo debilita. Por ello, su supervivencia, tal como hoy lo conocemos, parece ir de la mano del conservadurismo[6]. El orden liberal internacional será conservador o no será. Así lo apuntaba también Josef Joffe recientemente en un artículo para esta revista titulado Crisis del orden liberal internacional: “Se necesitan Estados liberales para crear un orden liberal. En Europa, la paradoja es que el orden liberal de fronteras abiertas amenaza al Estado liberal (…). En esto consiste la paradoja: Europa debe aplicar medios no liberales (…) para preservar la democracia liberal en casa”[7].

En cuanto a los desafíos internos mencionados arriba, muchos de ellos se sustentan en la permisividad de sociedades abiertas y tolerantes como las que prosperan en las democracias liberales. La teoría política liberal ha estudiado extensamente estas heridas autoinfligidas y, en particular, la denominada paradoja de la tolerancia, que constituye ya un problema clásico, recogido por Popper en el volumen primero de La sociedad abierta y sus enemigos (1945), en el que concluía que la sociedad liberal no podía mostrarse tolerante de forma ilimitada, puesto que su capacidad para ello se vería, en última instancia, limitada o eliminada por los intolerantes.

Sin embargo, en las democracias liberales actuales, la tesis imperante no es la de Popper, sino la de Rawls, quien, en su Teoría de la justicia (1971), aboga por una sociedad caracterizada por la tolerancia incluso del intolerante[8]. Y es precisamente el abrazo de este tipo de postulados el que ha puesto en seria duda la supervivencia en el medio y largo plazo de los sistemas políticos y las libertades que disfrutamos hoy en Occidente.

De nuevo, una postura más conservadora serviría como mecanismo de protección del Estado liberal, ya que velaría por el mantenimiento de una sociedad integrada por ciudadanos libres e iguales, y tolerantes con los ideales de la vida buena ajenos, siempre que fueran razonablemente liberales.

En definitiva, hace un par de décadas, el conservadurismo se apreciaba, tanto por los defensores de un liberalismo-conservador más “histórico” como por sus detractores, como un freno a la actuación del liberalismo, que quedaba relegado al ámbito de la política o la economía, mientras que el conservadurismo blindaba las cuestiones morales. Sin embargo, en este liberalismo-conservador de nueva creación, el segundo no representa un límite al primero, sino su mayor aliado. Merece la pena conservar la identidad de las democracias liberales, y garantizar su valor instrumental. Y en el espíritu de preservar ciertas estructuras y características, el conservadurismo despliega las mejores herramientas, pues en ello radica su razón de ser.

Sin embargo, esta alianza tampoco permanece ajena a retos considerables; el primero de ellos, de índole temporal. Y es que esta particular simbiosis se trata de algo coyuntural, no estructural; y no solo puntual, sino improbable, dado que la respuesta al autoritarismo por parte de un rival ideológico acostumbra a tomar forma en la búsqueda del poder, con el fin de replicar los efectos del periodo de prominencia de aquel, pero en sentido opuesto. Rara vez se responde con más libertad a un alarde de autoridad como el que ha manifestado la izquierda en los últimos tiempos. A fin de cuentas, lo definitorio de la política estriba en el poder como esencia y la confrontación como dinámica, como señaló Carl Schmitt.

No obstante, en este particular momento en el tiempo, ha nacido una rara avis que merece la pena proteger, tanto de la izquierda instalada en el poder y victoriosa de la batalla cultural, como de una derecha en pleno proceso de expansión o reconquista, reflejada en Trump, el Brexit, o el auge del nacional-populismo en toda Europa. Conviene recordar que la derecha, quizá con una menor tendencia innata al autoritarismo, maneja con especial –y preocupante– soltura las estructuras del poder, a consecuencia de su predominio histórico en estos estamentos. Así, al margen de la dirección de la que provenga el autoritarismo, este siempre acabará –expresa o tácitamente– con los librepensadores que hoy hacen que la derecha, liberal y conservadora en su mayoría, se erija en la mayor salvaguarda de la libertad individual, de la igualdad ante la ley y del Estado de derecho.

Por último, un humilde ruego. Es tarea tanto de liberales como de conservadores la preservación de esa derecha excepcional y de excepción, con tanto celo como con el que se ha de abogar por una izquierda más comprensiva, tolerante y desdogmatizada. Al menos en este punto, presentar un frente común resulta imprescindible, pues discurrir –y discutir– sobre el purismo de los postulados ideológicos de unos y otros presta un flaco favor a una lucha en la que la izquierda autoritaria actual estará unida en la destrucción de la libertad y la prosperidad.


[1] Este eje vertical filosófico-político se asemeja, en el campo de psicología, a la Escala F; una prueba de personalidad creada en 1947 por Theodor Adorno y otros, cuya finalidad consiste en medir la predisposición al fascismo (F), entendido como personalidad.

[2] Me refiero aquí al activismo y la búsqueda (y consecución) del poder explícito por parte de la izquierda, así como la conquista de las instituciones. En el campo teórico e ideológico, el autoritarismo de la izquierda ha sido un proceso que dio comienzo hace más de sesenta años.

[3] Uno de los ejemplos más representativos de este fenómeno es quizá la creación, de forma espontánea, de la denominada Intellectual Dark Web, un grupo de personalidades públicas, ideológica e intelectualmente diversas, pero que se oponen a la corrección política y la política identitaria de la izquierda, en la que encuentran a su principal adversario.

[4] Así lo expresó en una breve conversación al finalizar la presentación de su libro La plaza y la torre (2018) en la Fundación Rafael del Pino.

[5] Es preciso poner de relieve la enorme importancia de este liberalismo-conservador perfeccionista, explicado en detalle en En defensa del liberalismo conservador (2018), pues en la actualidad configura los cimientos ideológicos de Vox.

[6] Lind, J. y Wohlforth, W.C. (2019). The future of the liberal order is conservative. Foreign Affairs. Marzo/Abril 2019. [online]. Disponible en: https://www.foreignaffairs.com/articles/2019 -02-12/future-liberal-order-conservative

[7] Joffe, J. (2018). Crisis del orden liberal internacional. FAES: Cuadernos de pensamiento político, 60. Octubre/Diciembre 2018, p. 12.

[8] En este punto, conviene recordar algo olvidado con frecuencia por los seguidores de Rawls: el hecho de que este concluya que la sociedad liberal también tiene un derecho razonable a la supervivencia; derecho que prima sobre el principio de tolerancia. Así, la tesis de Rawls suscribe en gran medida la solución popperiana al dilema de la tolerancia, si bien sus seguidores rara vez conceden este punto.


BIBLIOGRAFÍA

Contreras, F.J. (2018). Una defensa del liberalismo conservador (Madrid: Unión Editorial y Centro Diego de Covarrubias).

Guide, A., Silone, I. Koestler, A. Fischer, L. Spender & S. Wright, R. (1996). El dios que fracasó (Buenos Aires: Editorial Plaza & Janés)

Joffe, J. (2018). Crisis del orden liberal internacional. FAES: Cuadernos de pensamiento político, 60. Octubre/Diciembre 2018.

McClosky, H., & Chong, D. (1985). Similarities and differences between left-wing and right-wing radicals. British Journal of Political Science, 15 (3), pp. 329-363.

Popper, K. (2010). La sociedad abierta y sus enemigos. (Barcelona: Paidos)

Rawls, J. (1997). Teoría de la justicia. (Madrid: Fondo de Cultura Económica)


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