19
nov
La Razón

Uno de los problemas del sector público y en particular de las comunidades autónomas en España es lo que yo llamo el «efecto Navidades». Entre septiembre y diciembre se dispara el gasto público. Durante el año vamos cumpliendo con las previsiones, incluso mejor de lo esperado, y en el tercer trimestre empieza el desajuste.

La deuda pública en septiembre, a falta de datos definitivos de PIB, se situaba en un 99,4% del PIB.

No es que haya un problema de financiación, todo lo contrario, ya que el Estado ya se financia a tipos negativos a seis y doce meses. Tampoco es que nos ahoguen los intereses, que se mantienen por debajo del 3% del PIB.

Tampoco se puede achacar a la falta de crecimiento, con la economía creciendo al

3,1% o a los «estabilizadores automáticos» cuando la reducción del desempleo ha permitido reducir de manera muy relevante los costes de desempleo.

Crecemos, se ha reducido la economía sumergida, se han aflorado casi 125.000 millones en la lucha contra el fraude y los ingresos fiscales aumentan por encima de la media del crecimiento nominal. Se está viendo el efecto recaudatorio positivo de las bajadas de impuestos aplicadas en 2015.

¿Cuál es el problema, entonces?

El problema es elemental, querido Watson. El gasto.

No se puede negar que se ha hecho un esfuerzo de reducción de la administración, que ha llevado a ahorrar 30.000 millones de euros, pero seguimos gastando más que la media de la Unión Europea en salarios públicos, un 11,2% del PIB, y contando con duplicidades innecesarias.

La situación no es alarmante. Hasta la Comisión Europea, que suele ser muy crítica con España, estima que la deuda se irá reduciendo en términos absolutos y respecto al PIB en 2017. Y si seguimos creciendo y creando empleo además de hacer una segunda reestructuración de la administración, podremos reducir la deuda incluso antes.

El problema es que en estas elecciones la mayoría de los partidos de izquierda solo hablan de subir los impuestos, con el efecto depresor en la economía, de gastar y redistribuir la nada. Y con ello se está creando la base de otra crisis similar a la de

2008.

El mayor riesgo al que nos enfrentamos es relajarnos y pensar que no hay que hacer más. Queda mucho, y tenemos que ser conscientes de ello ante un mundo que ralentiza su crecimiento.


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