26
jun

A lo largo de la historia, se han sucedido diversos sistemas de gobierno: imperios, monarquías, dictaduras, democracias… Uno tras otro, han sido sustituidos tras crisis, descontento y revueltas, para dar paso a otras fórmulas que, en apariencia, podían procurar el bien a la sociedad más satisfactoriamente. Por ese motivo, los emperadores, monarcas y dictadores han ido asumiendo el poder, y también por eso la población se ha rebelado en diferentes ocasiones.  

Se podría decir, simplificando, que la historia se resume en la búsqueda del mejor sistema de gobierno, una búsqueda orientada al bien. Existen muchas razones por las que un sistema puede resultar no apto, entre las que se encuentra la capacidad de los gobernantes para identificar dicho bien. Pero si se observa la historia con detenimiento, se comprueba que incluso los sistemas de gobierno más aptos están inevitablemente condenados al fracaso. Albert Einstein decía que “si uno busca resultados distintos, debe empezar por no hacer siempre lo mismo”, y aquí radica, precisamente, la clave para evitar que la democracia actual fracase como sus antecesores.

Aunque cada sistema presenta sus propias características, hay algo común a todos ellos: en algún punto de su desarrollo, pasan de defender los intereses comunes a defender los particulares. Cuando los dirigentes dejan de considerar su labor como un servicio a la sociedad, entonces comienza el declive. Resulta inevitable. Y la democracia es susceptible de sufrir esa suerte, de la misma manera que todas las demás formas de gobierno.

Las personas a lo largo de la historia han buscado un sistema de gobierno que funcione… pero no existe. Los gobiernos no funcionan, porque quienes los deben hacer funcionar son las personas. Y dado que el éxito de un gobierno depende de la naturaleza defectuosa del ser humano, desde su origen se prevé una tendencia al fracaso. Es imposible encontrar un sistema perfecto si este descansa en manos de personas imperfectas.

Sin embargo, algunos sistemas, por la manera en la que están construidos y los cimientos sobre los que reposan, pueden mostrarse menos imperfectos que otros, y al contrario. Pese a los defectos del ser humano, este puede edificar un sistema que sobreviva a sus propias taras. Por ejemplo, actualmente, los sistemas de gobiernos se sustentan sobre una especie de autoritarismo que, aunque adopte la forma de una democracia, tarde o temprano queda desenmascarado por las evidencias. Este autoritarismo surge del envilecimiento del objetivo inherente al gobierno, que consiste en servir. Cuando esta meta desaparece y la sustituye la ambición de poder, cuando la base de un sistema está torcida, es imposible impedir que, en algún momento, este se derrumbe.

Por lo tanto, no importa cuántas veces cambie la forma de gobierno, ni cuántas revoluciones se organicen. Mientras los valores del sistema escogido no se respeten y, en este caso, en tanto los dirigentes no defiendan los intereses comunes, resultará inviable que tenga éxito, independientemente de su forma.

En España, de pronto, hemos descubierto que nos hallamos en un estado avanzado de este proceso. Y no se trata de una cuestión de izquierdas o de derechas, sino del enfoque de la política concreto, que ha sufrido una evolución en los últimos cuarenta años de nuestro país. En sus inicios, se entendió como la colaboración de diferentes grupos en un proyecto común: España. Ahora, los políticos no afrontan su labor como la construcción de un país que los incumbe a todos, sino como una competición por el poder. La relación entre ellos consiste en un constante tira y afloja, con el objetivo de lograr el número de votos suficiente para no tener que contar con el punto de vista de ningún otro partido y poder gobernar solos. Y es sorprendente que, de esta manera, gobiernan el país con un sistema que mejor podría denominarse democracia autoritaria. Sin embargo, la aparición de nuevos partidos ha dividido el voto, o puede que se deba al cambio de las prioridades de la población y las nuevas corrientes de opinión. En cualquier caso, conseguir una mayoría absoluta se ha vuelto cada vez más difícil, y ha puesto de manifiesto la ironía de una clase política que no sabe de diálogo, consenso o verdadera negociación… En definitiva, que no sabe hacer política.

En lugar de buscar puntos en común, los partidos tratan de destruir la imagen de sus rivales, lo que causa esas vergonzosas sesiones en el Parlamento en las que no se discute sobre ideas, sino sobre culpas, y solo se oyen discursos de odio. Y es que, cuando una persona se ve incapaz de convencer con las palabras, recurre a la violencia, en este caso, una mediática y discursiva. Y una vez se entra en ese círculo, resulta muy difícil salir. La introducción de esta agresividad provoca una radicalización de las posturas, una polarización de las opiniones, y en poco tiempo, se torna imposible el entendimiento y el encuentro, situación que han provocado los propios partidos.

Y ¿para qué? Solo hay que echar la mirada atrás para darse cuenta de que la violencia se trata de un cordero con piel de lobo: llama mucho la atención, y a corto plazo, parece que obra cambios rápidamente. Pero cuando se usa para eliminar lo que se considera una amenaza para el bien, paradójicamente, se cae en la misma actitud. Además, emplearla se justifica, por lo que se entra en una dinámica en la que la utilización de la fuerza se erige en el medio habitual para realizar cambios, y a la vez, el único obstáculo para lograr que eso suceda. La violencia es un lobo en apariencia, pero inofensivo como un cordero, pues no produce nunca un cambio real.


La violencia es un lobo en apariencia, pero inofensivo como un cordero, pues no produce nunca un cambio real


Con un panorama político tan enconado, mantener los votos con los que uno cuenta se convierte en la prioridad, pues, como se ha visto, convencer constituye una utopía. Así, entre el intento de desestimar el discurso de los demás partidos y reforzar la convicción de sus votantes, estas formaciones se muestran incapaces de dejar de pensar en ellas mismas.

Poco a poco, en vistas de la situación política, se ha extendido el descontento entre los ciudadanos, y eso se ha visto reflejado en la participación de las últimas elecciones, en las que se registró uno de los resultados más bajos de la historia de la democracia española, con un 69,9%. Los años anteriores fueron igual de alentadores[1].

Sin embargo, todavía existe una manera de rescatar la democracia; de nuevo, no porque se trate del mejor sistema de gobierno, sino porque, si seguimos así, los siguientes a los que nos acojamos acabarán de la misma manera.

Si existe el peligro de que el gobierno termine asumiendo demasiado poder, si nos tiemblan las piernas al ver la amenaza de un Ejecutivo más estadista y menos democrático, se debe a que este ha encontrado un camino libre de obstáculos para llegar a convertirse en lo que la ciudadanía teme. Es irónico que ahora pretendamos parar los pies a un proceso que lleva años desarrollándose. Una ciudadanía que exige constantemente ayuda del Estado para solucionar problemas que a este no le incumben por naturaleza, le envía un mensaje equivocado y le otorga permiso para inmiscuirse en ámbitos que no le conciernen. Y eso es precisamente lo que observamos en los españoles: una relación de subsidiariedad que hubiese desembocado igualmente en una situación semejante a la actual. La Covid-19 ha actuado simplemente como acelerador de este proceso.

La esperanza de la renovación de la política reside únicamente en la sociedad civil. Gandhi lo expresó muy bien: “Si hay un incompetente en el poder, es porque quienes lo eligieron están bien representados”. Por tanto, ha llegado el momento de demostrar que la soberanía verdaderamente reside en los ciudadanos.

Si deseamos una clase dirigente que esté a la altura de las circunstancias, y que, en la actual crisis, sea capaz de realizar la mejor gestión posible, debemos ser nosotros los que establezcamos ese nivel de excelencia entre los políticos. Si esperamos que estos se tomen en serio su trabajo, hemos de ser nosotros los que nos tomemos en serio la elección del gobierno.

La ciudadanía se trata de la única responsable del panorama político, y es ella la que debe solucionarlo.


[1] (2019, 11 de noviembre) Elecciones generales: la participación cae al 69,96% casi seis puntos menos que en abril. El Mundo. Disponible en https://www.elmundo.es/espana/2019/11/10/5dc80e66fc6c835f238b45a2.html


    Julia
    No puedo estar mas de acuerdo con lo expuesto! Es una llamada a la responsabilidad personal, a involucrarse y a construir el mundo que queremos! Enhorabuena!!!
    Julia - 28 jun.RESPONDER

    Alfredo
    Enhorabuena a esta joven analista. En su artículo, no solo centra la cuestión, sino que acierta en la conclusión, es decir, da en el clavo. Y, en mi opinión, deja entrever la causa del problema: el sometimiento de la ciudadanía al sistema nocivo de la subsidiariedad. Repito la enhorabuena
    Alfredo - 14 jul.RESPONDER

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