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La palabra “progreso” se emplea como antónimo de “retroceso”. Por tanto, ser un progresista lleva implícita una connotación positiva, mientras que todo lo que se encuentra fuera de ese límite posee un significado negativo, sinónimo de atrasado, anticuado o, en términos políticos, conservador casi reaccionario. Estos últimos vocablos son los que interesan en este artículo.

Explicado toscamente, durante la Ilustración, en el siglo XVIII, comenzó a difundirse el uso del término “progreso”. Hasta esa época, en una concepción lineal de la historia, existe una idea de ascenso y de decadencia de acuerdo con la cercanía o lejanía respecto a la salvación, a la vida después de la muerte. En cambio, a partir de la Ilustración, lo que antes se denominaba “ascenso”, con un significado ultraterreno, pasó a bautizarse como “progreso”: una mejora en la tierra. Aquí se produce un cambio sustancial, no solo de dónde se ubica ese estatus mejor, si en la tierra o en la vida después de la muerte. La modificación fundamental es la del objetivo entendido como eso que es mejor que otra cosa. Si antes se trataba de algo determinado (la vida eterna), desde el siglo XVIII empieza a hablarse del bien aquí, pero no se especifica en qué pueda consistir. Esto da lugar a una variedad de opiniones sobre qué resulta mejor en cada circunstancia concreta.

Después de este preámbulo histórico, ¿qué ocurre hoy? Un determinado sector de partidos políticos españoles se autodenomina “progresista” y califica sus medidas y programas como “gobiernos del progreso”. A la vez, en el ámbito de la cultura, existe una plataforma de intelectuales de izquierda que se ampara bajo ese nombre y el subtítulo “formar gobiernos de progreso y en defensa de la democracia”. A pesar de ello, ninguno de los partidos que integran ese sector político presentan en sus siglas la palabra progreso, ni ninguna derivada. Ofrecen, en cambio, “obrero”, “socialista” o conjugaciones de verbos que dejan adivinar un acto desde el poder para cambiar el sistema. Tanto es así, que la formación política española que empleó la palabra progreso para bautizarse se trataba de un partido del siglo XIX. Era liberal, y mucho, pero no se acercaba al socialismo actual, ni a la lucha obrera decimonónica.

Este análisis, por erudito e innecesario que pueda parecer ante los vaivenes de la política actual, tiene una gran importancia. Muestra cómo el lenguaje y su uso pueden resultar traicioneros. En concreto, cómo una tendencia política es capaz de monopolizar un concepto mucho más amplio que su propia existencia.


Una tendencia política es capaz de monopolizar un concepto mucho más amplio que su propia existencia


Ninguna de las formaciones de primera línea actuales, sean de izquierdas o de derechas, ostenta el vocablo “progreso”. A pesar de ello, se nos vienen a la mente unos partidos concretos al pronunciar esa palabra. Rápidamente, en nuestra utilización cotidiana del leguaje asociamos “progreso” o “progresista” con el colectivo político “izquierda”, ya sea como un valor añadido muy positivo, o como una característica peyorativa de la que conviene alejarse en el caso de los que se consideran “de derechas”. La primera conclusión que se desprende de estas afirmaciones es que existe solo un modo de progreso (el llamado “de izquierdas”) y que quienes se salgan de esa delimitación no pueden considerarse partidarios del avance. Es más, muchas veces, ellos mismos estarán orgullosos de no ser incluidos en ese grupo.

Entonces, estas personas ¿qué son? Si no están con ese progreso, están contra él. ¿Suponen, pues, retroceso? ¿No será que proponen otro tipo de avance? Precisamente, ese deseo ilustrado de progreso en la tierra proporciona un enorme abanico de posibles mejoras a los problemas diarios. Cada “progreso” se mide según unos parámetros, por lo que todos los partidos pueden considerarse “progresivos” en tanto en cuanto logren sus objetivos, pues, para ellos, sí constituyen mejoras. Pero no solo para ellos, sino también para sus votantes. Por tanto, negar que la derecha sea capaz de progreso equivaldría a condenar a media nación a ser reaccionaria.

Sin embargo, ¿dónde se sitúa la medida del avance? Si para cada cual una cosa implica una mejora y la otra no, y viceversa, ¿existe una mejora objetiva? Esta podría equipararse a un mayor bien común. Aquella que respete más la dignidad humana en sus diversos aspectos: salud, trabajo, educación, etc. En cada circunstancia histórica, la defensa de esa dignidad humana se hará de forma diferente. Como resultado, las medidas propuestas resultarán igualmente válidas en tanto que propuestas y todas ellas, opinables. La mejor será la que más se adapte a la realidad y al bien común, según el orden público establecido.

De acuerdo con estos razonamientos, pueden surgir paradojas, como que un partido proclamado “conservador” no se revele incompatible con la palabra progreso. Tal vez, la circunstancia concreta exija mejoras basadas en puntos de vista más tradicionales y menos rupturistas. En otras ocasiones, una formación política reconocida como progresista puede alterar el orden establecido con sus pactos de gobierno, y que, desde sus criterios, eso constituya un progreso. Sin embargo, al minar el orden vigente fuera de la vía legislativa, oponiendo una idea particular a la realidad, corre el riesgo de generar problemas de convivencia social, y que ello no genere progreso, sino divergencia o estancamiento, muy contrarios al bien común.

En conclusión, ante un problema objetivo, existen muchas maneras de solventarlo. Todas esas hipotéticas soluciones constituyen posibles progresos, si bien en direcciones distintas. Se plantean así dos cuestiones: ¿por qué un único grupo político puede apropiarse unívocamente del concepto de progreso? Y por otro lado, ¿por qué esta tendencia política impregna también el campo intelectual-cultural, vinculándolo a su idea de progreso? Sus propuestas serán óptimas, pero siempre desde su punto de vista. Sin embargo, no constituyen las únicas viables ni, tal vez, las mejores. Esa es una de las riquezas y renovaciones consecuencia de la Ilustración en el pensamiento occidental: la multiplicidad de progresos en la tierra. La creencia de que solo existe uno equivale a un retroceso. Una postura que fácilmente desemboca en el dogmatismo y el pensamiento único, sea del signo que sea.


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