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El Economista

Acaba de terminar la segunda ronda de negociaciones entre las autoridades de China y Estados Unidos al más alto nivel sin un acuerdo explícito que ponga fin a las tensiones comerciales provocadas en los últimos meses. Dos viceministros, el chino Wang Shouwen del Departamento de Comercio y el estadounidense David efectiva de Malpass, del Departamento del Tesoro, han medido hasta la última coma de Pekín de su argumentación a la negociadora, mostrando un camino inequívoco de entendimiento más pronto que tarde pero cuya materialización en esta reunión no ha sido posible y probablemente tampoco se buscaba que fuera desde hoy mismo.

Lamentablemente, el ruido mediático generado por el proceso judicial contra el antiguo abogado del presidente Trump, Michael Cohen, ha relegado a un segundo plano esta ronda de mesas de diálogo sinoamericana de gran trascendencia, de la cual depende el 42 por ciento de los flujos de comercio mundial. Tampoco ayudan las declaraciones de los últimos días del propio Trump descalificando tanto la política monetaria de sus socios comerciales (entre ellos, de China y la Eurozona) como la suya propia (siendo el presidente Powell blanco de las críticas), convirtiéndose en el foco de debate en la tradicional reunión de banqueros centrales de Jackson Hole que se celebra en estos días.

A pesar de estas circunstancias, la cuestión central es el juego negociador entre China y EEUU. A día de hoy, la situación puede resumirse de la siguiente manera: para lograr sentar a negociar a China, el Departamento de Comercio de EEUU ha incrementado los aranceles a la importación de productos -la mayor parte de ellos son bienes intermedios como acero, aluminio y otros componentes tecnológicos- cuyo volumen comercial asciende a 50.000 millones de dólares en dos fases: una el 1 de julio y otra en el día de ayer. Como es lógico, China ha respondido subiendo aranceles, aunque en menor medida.

Hasta ahora, en la relación con China es donde la Administración Trump ha ido más lejos con tal de forzar la negociación. Por ejemplo, solo bastó un anuncio de aranceles a automóviles no ejecutado para firmar un pacto explícito con la Unión Europea, al mismo tiempo que continúan a buen ritmo las rondas negociadoras del Tlcan con Canadá y México. Por consiguiente, las tensiones en el statu quo del comercio mundial se concentran en la relación ChinaEEUU, ya que son los países con mayor capacidad de mantener el crecimiento de los intercambios globales de bienes estimado en un 4,4 por ciento para 2018 según la Organización Mundial de Comercio (OMC), lo cual supone tres décimas menos que en 2017 y cuatro décimas por debajo del promedio histórico de los últimos 20 años.

Si bien los datos de comercio global dependen de las fricciones que se puedan producir entre países, la mal llamada “guerra comercial” no es de la causante ni el detonante de un crecimiento que viene de más atrás en lo que a medidas proteccionistas y disputas arbitrales se refiere. Desde 2008 hasta 2017, el número de medidas proteccionistas en términos de barreras arancelarias ha ascendido a 7.000, de las cuales más de 1.000 han sido tomadas por EEUU y la Unión Europea, según un estudio del despacho británico Gowling WLG con datos del Banco Mundial.

Donde sí se nota un cierto repunte es en el número de demandas y reclamaciones entre miembros de la OMC. Hasta agosto se han iniciado 25 procedimientos, de los cuales 14 son contra EEUU por los últimos aranceles aprobados. Pero en cualquier caso no es una excepción desde la creación de la OMC: desde 1995 hasta 2017, el número de demandas contra EEUU ha ascendido a 133, seguido de la Unión Europea con 84 y a mucha distancia China con 39. Su efectividad es escasa, dada la falta de medios de la OMC y la paralización de la propia institución desde la Ronda de Doha de 2001.

En suma, la realidad económica y comercial, y la común voluntad de dibujar un nuevo equilibrio geopolítico, serán los principales motores de un próximo pacto China-EEUU. Dos déficit complementarios -EEUU frente a China en la balanza comercial y China frente a EEUU en la balanza de servicios y capital- presionan hacia un entendimiento que precisa de la transformación de las estructuras productivas de ambos países, pero especialmente de China.

El dividendo histórico que el superávit de la cuenta corriente ha dado a China toca a su fin -el primer semestre cerró con un déficit de 28.300 millones de dólares- y, por ello, las medidas de internacionalización de la economía (el tirón de la demanda interna de servicios aumenta a un ritmo de 10.000 millones de dólares por trimestre), autonomía efectiva de la política monetaria y liberalización de la balanza de capital, ayudarán tanto al pacto con EEUU como a seguir ganando importancia en el tablero global.


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