23
sep
Expansión

Finalmente, las elecciones italianas aplazadas hace meses a consecuencia del coronavirus, así como el referéndum sobre el taglio o reducción del número de parlamentarios nacionales, se celebraron el fin de semana pasado. Una doble jornada electoral (se votó en dos días, domingo y lunes, para evitar las aglomeraciones y el posible aumento de los contagios) que deparó importantes novedades y puso de manifiesto dos elementos particularmente relevantes: el primero, que el segundo Gobierno Conte ha sido capaz de parar a un centroderecha que llevaba una dinámica de victorias prácticamente imparable desde el otoño de 2017, y el segundo, que la población italiana le ha dejado bien claro a su clase política lo harta que está de su incapacidad para gobernar el país.

Comencemos por la primera cuestión. Estaban en juego los gobiernos de hasta siete regiones: Valle de Aosta, Liguria y Veneto en la Italia septentrional; Toscana y Las Marcas en la parte central; y Campania y Puglia en la zona más meridional. Además, debían renovarse cerca de mil ayuntamientos, aunque no había ninguna ciudad realmente importante en liza salvo Venecia. Se daba por seguro que el centroderecha vencería sin problemas en las tres regiones de la zona septentrional, y también se esperaba que se hiciera con Las Marcas, gobernada desde hace medio siglo por el centroizquierda. Frente a ello, sólo Campania estaba asegurada para los partidos que integran la actual coalición de gobierno. La clave estaba, así, en qué sucedería en Toscana y Puglia. En la primera se la jugaban, y de qué manera, el actual secretario general del PD (Nicola Zingaretti) y, de manera indirecta, el ex primer ministro Matteo Renzi, toscano de origen y senador por esta región. En la segunda, por su parte, el gobernador actual, Emiliano, del PD, tenía que hacer frente a la candidatura de un antiguo presidente de esta región (Fitto, de Hermanos de Italia, la formación de la romana Meloni).

El centroizquierda fue capaz de ganar con claridad tanto en Toscana como en Puglia, lo que supuso la derrota de la candidata de Salvini en la primera (la eurodiputada Ceccardi) y la victoria de Emiliano sobre Fitto en la segunda. No obstante, debe destacarse que, después de estos comicios, el centroderecha gobierna ya en quince de las veinte regiones que integran el país, si bien el centroizquierda mantiene el control de algunas de las más importantes, como son Emilia-Romagna, Toscana y Campania. El primer ministro Conte, pugliese de origen, sale reforzado de esta convocatoria por su muy eficaz gestión de la emergencia sanitaria, que ha permitido que el país pase de ser el epicentro de la epidemia a uno de los que se encuentra en mejor situación dentro de las principales economías europeas. Pero ahora toca abordar la emergencia económica, y en ese sentido resulta evidente, a pesar de que ya van llegando los buenos datos, que a este Ejecutivo le falta músculo para afrontar la situación y que debería nombrarse un nuevo gobierno en el que entraran los exponentes más destacados de la vida pública nacional.

Bofetón a la clase política

 En lo que se refiere al taglio o reducción de los parlamentarios, los italianos han dado un bofetón de extraordinarias dimensiones a la clase política. Porque no sólo ha salido el “sí” a reducir el número de parlamentarios (a partir de las siguientes elecciones generales, la Cámara Baja pasará de los 630 miembros actuales a 400, y la Cámara Alta de 315 a 200), sino que además se ha aprobado con una alta participación (alrededor del 54% de los italianos fueron a votar a pesar del temor a contagiarse del virus) y con una aplastante victoria del “sí” (70%). Y lo que es más importante: este referéndum lo ha ganado un partido, el Movimiento Cinco Estrellas, que está en sus horas más bajas, con su líder (el ahora ministro de Asuntos Exteriores, Di Maio) dimitido, con una gestora gobernándolo, sin ningún tipo de rumbo ni programa, y completamente sometido, en lo que se refiere a la acción de gobierno, al primer ministro Conte (que, recordemos, no es militante de Cinco Estrellas) y a los “pesos pesados” del PD, que dominan las principales áreas de gobierno (Economía y Finanzas en manos de Roberto Gualteri, e Infraestructuras y Transportes, a cargo de Paola de Micheli). Buena prueba del mal estado de Cinco Estrellas es que su partido ha sido vapuleado en todas las regiones donde se ha presentado, y, aún así, han ganado el referéndum que ellos mismos promovieron desde que llegaron al Gobierno a comienzos de junio de 2018. Y es que los italianos han demostrado estar más que hartos de tener políticos tan caros como ineficaces, y, en cuanto han tenido ocasión de mandarlos a casa, lo han hecho sin contemplaciones, dejando de lado quién estaba detrás de este taglio o reducción del número de parlamentarios.

En suma, unos comicios que tenían mucha relevancia para confirmar si el centroderecha se hacía definitivamente con el control del país pero que han puesto de manifiesto que los feudos tradicionales del centroizquierda siguen siendo fieles a las formaciones que los representan, e igualmente una auténtica lección de participación democrática por parte de la sufrida población italiana, que no ha querido faltar al llamamiento a las urnas en un momento que era decisivo para saber si la legislatura acababa ya o seguía en pie. De momento, el Gobierno actual continua y los meses venideros serán decisivos para saber si se llega hasta comienzos de 2023 o si, por el contrario, hay que ir definitivamente a elecciones anticipadas.


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