26
mar

Cualquiera se asombraría al pensar que David Cameron instó a los británicos a participar en un referéndum, que nadie había pedido, sobre la permanencia en la Unión Europea (UE) hace más de dos años, y que, después de tanto tiempo, no se haya llegado a un acuerdo sobre cómo materializar el resultado. Sus motivaciones en el momento tal vez fueron darle una lección a los euroescépticos, o respirar un poco ante el auge de partidos xenófobos. Pero, como ya sabemos, esto no sucedió. Dimitió y dejó al país ante un panorama todavía más difícil.

Theresa May decidió asumir el reto, con el propósito de cumplir la voluntad de los británicos. Durante estos años, se ha mostrado firme en medio de este terremoto que ha sido el Brexit, pero el pasado miércoles no pudo esconder su desesperación ante la situación, al exigir en un discurso a los parlamentarios que respetaran la voz de los votantes, que están “cansados del juego político y de los enredos parlamentarios, cansados de que los diputados no hablen más que del Brexit”.

Algunos analistas aseguran que la estrategia de la primera ministra siempre ha consistido en posponer el voto hasta el último momento para que los miembros del Parlamento se vean obligados a aprobar su plan. La obstinación de May ha sido fuertemente criticada, y se rumorea que altos cargos del Gobierno están estudiando fórmulas para forzar su salida del poder. El estado de limbo se ha prolongado tanto que los euroescépticos, que quieren salir de la UE con un plan lleno de beneficios para Gran Bretaña, así como los que se oponen al Brexit, están sumidos en un hastío general.

Un millón de británicos colapsaron el centro de Londres, en una marcha en la que se gritó “Put it to the People” y se exhibieron pancartas que proclamaban el deseo de un segundo referéndum. Este grupo de ciudadanos argumenta que el Brexit es el producto de una campaña repleta de promesas falsas, fake news, e incitación al miedo por la oleada de inmigrantes que ha llegado al país en los últimos años.

Parece que muchos pensaron, como David Cameron, que la permanencia en la UE estaba asegurada, y ahora, quieren rectificar su fallo mediante el deber cívico de participar en las urnas. Es cierto que, en el momento de votar, la información era escasa, y en la papeleta no se sometió a voluntad popular la forma exacta en que el país saldría de la UE. Pero ya hubo un resultado. ¿Resulta sano para una democracia repetir una votación? ¿Estarían de acuerdo en reiterarla si lo reclamaran los contrarios?


Reino Unido ha demostrado que la UE no es indestructible: su supervivencia sólo será posible si los ciudadanos eligen a líderes que se comprometan a fortalecerla


Además, el referéndum vuelve a celebrarse y el resultado cambia, ¿qué pasaría? ¿Los descontentos pedirían una tercera consulta?, ¿el Gobierno británico resolvería sus diferencias con la UE, o seguiría manteniendo algunas tajantes como el uso de una moneda distinta?, ¿quién pagaría los costes de estos meses de cumbres, viajes y negociaciones? Por no hablar del precedente que se crearía, peligroso para la estabilidad de la UE.

Por otro lado, si tuviera lugar ese segundo referéndum, ¿qué opciones aparecerían en la papeleta? ¿El acuerdo de May, el divorcio sin consenso, la permanencia en la UE, un nuevo pacto…? Y, ¿cuáles serían las reglas del juego? ¿Se les permitiría votar a los adolescentes de 16 y 17 años esta vez, o se mantendrían iguales los anteriores parámetros? Demasiadas preguntas sin resolver para algo tan complicado como un referéndum y el poco tiempo que el Gobierno tiene para actuar.

Otro aspecto a tomar en cuenta es que, en estos plebiscitos, pueden influir factores que ni siquiera son políticos, o que no tienen que ver con el asunto tratado. Algunos expertos consideran que el clima afectó al resultado del referéndum del proceso de paz en Colombia, dado que dificultó la participación de ciertos sectores de la población. El proceso no se repitió, pero lo votado se respetó en todos los sentidos por los gobernantes. Los ciudadanos lo saben, y castigaron a la Administración eligiendo al candidato que había prometido en campaña acabar con dicho acuerdo en sus siguientes elecciones. Por tanto, en estos procesos intervienen muchas variables, y permitir una segunda consulta con base en sólo una puede quitarle validez a lo que, históricamente, se ha considerado un ejemplo de escuchar la voz de los ciudadanos.

A pesar de las complicaciones señaladas, algunos altos cargos del Gobierno defienden un segunda referéndum. Para el laborista Chuka Umunna, “no se trata de reescribir la Historia ni de traicionar la voluntad popular expresada en el primer voto. Se trata simplemente de cerrar el proceso democrático igual que empezó: dando a la gente la oportunidad de pronunciarse sobre el acuerdo final”. En cualquier caso, haya referéndum o no, la situación sigue atascada por un Parlamento tan dividido como la población. Mientras no se pongan de acuerdo, ningún plan triunfará.

Y los problemas no terminan en casa. Los Veintisiete socios europeos también están hartos. La cumbre europea sobre el Brexit del pasado jueves terminó con uno de los documentos de conclusiones más cortos de la historia del Consejo Europeo. En una sola página le comunicaron al mundo que le otorgarían a Reino Unido una prórroga —hasta el 12 de abril— para pactar una salida. En pocas palabras, el Consejo lanzó un ultimátum a los británicos: si la primera ministra no llega a un acuerdo con su Parlamento en las próximas semanas, se extenderá la prórroga o se producirá un divorcio poco amistoso. La primera opción obligaría al país a participar de las elecciones al Parlamento Europeo, programadas para el 26 de mayo. Esto generaría más estabilidad para ambas partes. Los problemas de la segunda son infinitos.

Y es que, un abandono sin acuerdo no beneficiaría a nadie. El flujo de capitales se cortaría, porque muchas compañías se trasladarían a algún país de la UE para poder seguir funcionando bajo las mismas reglas; y los ciudadanos tendrían que prever soluciones para su día a día por los nuevos controles que se implementarían. Por ejemplo, en el sector alimenticio. Los tres consorcios minoristas más importantes de supermercados emitieron un comunicado en el que advierten a los británicos de que una salida brusca provocaría una subida de precios de hasta el 40% en muchos alimentos, y de que las demoras en las fronteras, por los nuevos controles, fomentarían la escasez de productos frescos. Es decir, se originarían cambios indeseables en todos los niveles.

En cualquier caso, y sin importar lo que ocurra con el Brexit, ante las elecciones del Parlamento Europeo del 26 de mayo, la UE tiene que redefinirse. Reino Unido ha demostrado que la pretensión de que es una institución indestructible y de que su estabilidad se mantiene por sí misma resulta errónea. Su supervivencia sólo será posible si los ciudadanos eligen a líderes que se comprometan a fortalecerla, especialmente frente al auge de partidos con ideologías nacionalistas que amenazan con destruirla desde dentro. Por esto, los políticos electos tendrán la responsabilidad de, más que nunca, preservar las instituciones y, más importante todavía, lograr que los ciudadanos se identifiquen con ellas.


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