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abr
OkDiario

La situación que vive el comercio global en estos momentos, donde el coronavirus está acechando a la sociedad en todo el planeta, lleva aparejada la creación de hipótesis que recorren las mentes de opinadores en los medios de prensa. Tal es el nivel de la situación que, por poner un ejemplo, una de las revistas más importante en temas de relaciones internacionales –Foreign Affairs– destacaba la situación que acontece en el mundo, y las repercusiones de la pandemia en la economía globalizada.

El bloqueo gradual y su grotesca futura recesión postpandemia será estudiada sin duda como el “coronaCrash”. Una situación excepcional que marcará nuestra historia contemporánea, cuyos resultados dependen mucho de la gestión sanitaria.

En este contexto de emergencia nacional, que por desgracia ya todos conocemos, el confinamiento domiciliario es fundamental para conseguir frenar los contagios. Y, por ende, el bloqueo temporal de gran parte de la actividad comercial. Sumado a ello, entre las medidas adoptadas se hallan las restricciones del flujo de mercancías, detenidas en las fronteras, sin poder acceder al lugar de destino.

Una triste realidad que ya contrasta la Organización Mundial del Comercio. Estamos hablando de que hace unas semanas, las pérdidas que cuantificaba el organismo estaban cifradas en 50 billones de dólares. Una suma que representa todo ese flujo de mercancías que, en contraste con el mes anterior, han dejado de comerciarse por la situación. Y que para este mes se estima en 23 billones de dólares. Un número inferior al anteriormente citado, pero que sigue reflejando la gran complicación que representa el virus para tareas tan prioritarias como el tejido empresarial.

En este caso, ha resultado que el origen y epicentro de propagación del coronavirus es un país estratégico desde el punto de vista de la cadena de valor; el mayor proveedor de bienes intermedios y manufactureros: China. Muchas de las cadenas de valor que poseen las economías desarrolladas se encuentran deslocalizadas e instaladas en ese curioso gigante asiático, el cual ha tenido que tomar medidas drásticas cortando una parte esencial de la rueda económica, creando una situación de “stop mercantil” que ha afectado a gran parte del mundo.

Y es aquí donde surgen las legítimas dudas para algunos, pero falsas aseveraciones para otros; los discursos nacional-populistas antiglobalización, los mismos que olvidan que el intercambio espontáneo tanto de bienes como de servicios, personas y culturas entre las distintas regiones del mundo se considera fundamental en la vida actual, y que ningún país del mundo tiene todos los recursos que necesita, pero gracias a ello conseguimos el acceso a los mismos para nuestro desarrollo.

Curiosamente las reacciones anteriores a la pandemia de algunos Gobiernos, como el de Donald Trump, han impulsado medidas de proteccionismo comercial unilaterales -lo que se conoce como guerra comercial-, al igual que están levantándose barreras contra la inmigración en Europa, o instando al proteccionismo estatal.

Sin embargo, en los matices están los demonios. Hay tres apuntes fundamentales en toda esta historia que deslegitiman fuertemente la generalización de las narrativas contra el comercio globalizado. Primeramente, es chocante que no estemos diferenciando entre «la globalización real», aquella que consiste en el libre y espontáneo comercio internacional, y la “globalización financiera”, cuyas integraciones tienen puntos de encuentro necesario, pero no una identificación total.

Segundo, China no es precisamente un ejemplo de reciprocidad comercial y de igualdad de condiciones, puesto que es un país comunista hacia dentro y capitalista hacia fuera, un aspecto que marca fuertemente la polémica, y que se confunde erróneamente con la libertad de un mercado global.

Y tercero, estamos ante una situación extraordinaria de pandemia, cuya expansión inicial, además, crea problemas no sólo de puertas hacia fuera, sino también de puertas hacia dentro en cualquiera de los países del mundo al que llega, deteniendo su propia economía, y eso no tiene que ver, necesariamente, con el comercio internacional o la globalización.

Con todo ello, se está construyendo una narrativa contra la globalización que carece de los matices más fundamentales, y que podría dificultar la economía y la vida de los ciudadanos en muchos países.

No debemos olvidar que los lazos comerciales internacionales son garantía de paz. Ya en los siglos pasados los pueblos que fortalecían los vínculos comerciales tenían menos razones para invadirse o despreciarse. Y así lo entendimos también en la época reciente, donde el consenso económico vigente desde la Segunda Guerra Mundial ha puesto sellos de concordia y colaboración entre las naciones.

Hoy en día la tecnología y la internacionalización de las finanzas, representa una evolución rápida e innovadora de ese consenso. Y con ello, los responsables públicos debieran entender que, en todo caso, el desafío es mejorar la gestión de la integración financiera, una labor sin duda difícil pero necesaria para seguir desarrollando la humanidad conforme a nuestros avances, pero que ningún político está solicitando ni explicando adecuadamente. No debemos dejar que los discursos se conviertan en aislamiento y proteccionismo estatal, sino que debemos implementar mejoras en las condiciones de la globalización financiera, y en la reciprocidad de los mercados internacionales.

Sin ir más lejos, la corrección de esas desigualdades puede enfocarse en la misma Unión Europea, donde países como Alemania y Países Bajos poseen niveles de deuda sobre PIB del 50% y 60%. Mientras que, por otro lado, países como España, Italia o Francia, poseen niveles superiores al 100%. Esto no solo da cabida a esos mensajes propagandísticos que siembran el odio comunitario, sino que acaban con una disciplina común, imponiendo sistemas injustos y carentes de equidad.

Y es que la solución no está en el proteccionismo, sino en implementar más liberalismo, consiguiendo un cooperativismo cohesionado, justo y en igualdad de condiciones.  La libertad que propone un sistema integrado y global es el mejor motor de crecimiento que puede poseer nuestra economía. Un ejemplo claro es el de Alemania, cuyo Producto Interior Bruto está supeditado en un 80% al sector exterior, dotándole de un crecimiento y una economía que la sitúa como la locomotora económica del continente. Por tanto, el comercio global es un motor de crecimiento y, como reflejan los indicadores, un fenómeno estratégico para el desarrollo. Revisemos las condiciones para dar más libertad, y no para limitarla.


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