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jul
Expansión

Parece inevitable terminar esta serie de artículos sobre epidemias, guerras y grandes crisis económicas con algunas reflexiones sobre la difícil situación en la que hoy estamos inmersos, la provocada por el Covid-19, más conocido como coronavirus. Aunque es indudable que existían precedentes, la crisis se desencadenó en el mes de marzo del año actual. Las reacciones de muchos gobiernos fueron, al principio, muy torpes, al no ser plenamente conscientes del enemigo al que se enfrentaban; y especialmente condenables en algunos países, como España, donde el Gobierno, con una increíble falta de responsabilidad no sólo autorizó, sino que también fomentó una gran manifestación por las calles de Madrid, que contribuyó, sin duda, a agravar una situación que ya se preveía difícil.

Han transcurrido menos de cinco meses desde aquellos momentos iniciales, y se estima que el número de infectados en el mundo puede haber superado ya los 16,5 millones, y que el número de personas que han muerto a causa de la epidemia puede estar por encima de los 660.000. Las cifras no son del todo fiables, ciertamente. Piénsese, por ejemplo, que en el caso de España, la estadística oficial de fallecidos es de algo más de 28.000 cuando los cálculos más solventes elevan la cifra a más de 42.000, es decir, un 50% por encima del dato oficial.

Una catástrofe de esta naturaleza tiene, al menos, dos implicaciones. La primera -y más importante, sin duda- la pérdida de vidas humanas. La segunda -muy relevante también- la recesión económica que ha generado y estamos lejos de haber empezado a superar. Por el momento, sólo tenemos estimaciones aproximadas de la caída de la actividad económica. En el caso de España, los cálculos más solventes hablan de una reducción del PIB de aproximadamente el 12% en 2020 y de una recuperación paulatina que permitiría alcanzar el nivel de renta anterior a la crisis a partir de 2021. Pero un nuevo rebrote, que llevara a una mayor paralización de la actividad económica podría empeorar estas cifras. Y, en cambio, una vacuna permitiría claramente acelerar la recuperación.

España se enfrenta a los efectos económicos del coronavirus en peor situación que otros países europeos, al menos por tres motivos. El primero, una mala gestión de la epidemia. El segundo, una economía que ya se encontraba con malos datos de paro, deuda pública y déficit presupuestario el año anterior, lo que hace más difícil que el Gobierno pueda adoptar medidas anticíclicas tan potentes como las que están al alcance de otros países -Alemania u Holanda, por ejemplo- que se encontraron con la recesión con unas finanzas mucho más saneadas que las nuestras. Y el tercero, la gran importancia que en la economía española tiene el turismo, un sector que, por razones obvias va a sufrir especialmente por las restricciones a la movilidad de personas por causas sanitarias.

Ante la gravedad de la situación, se ha llegado a proponer algo parecido a un nuevo Plan Marshall para Europa. La idea, sin embargo, es desafortunada, porque la actual crisis tiene muy poco que ver con la que experimentaban los países europeos al finalizar la guerra. En economías en las que la industria y las infraestructuras habían sido destruidas, tenía sentido inyectar fondos para reconstruir estos sectores. Nada de esto ha ocurrido, sin embargo, en 2020. Seguimos teniendo unas excelentes infraestructuras y un aparato productivo que si de algo se resiente en estos momentos es de exceso de capacidad. Por lo tanto, un plan de ayudas a la creación de capital físico como el de 1948 de poco serviría.

En lo que tenemos que centrarnos hoy es, en cambio, en las políticas económicas. Es cierto que tanto el Estado como las empresas necesitan, en el corto plazo, disponer de fondos para atender sus pagos y evitar una crisis de liquidez. Y parece claro que a esto van a contribuir de manera importante tanto la Unión Europea como su Banco Central. Pero lo fundamental es reestablecer la confianza en economías cuyo aparato productivo -insisto- está intacto.

Un efecto relevante del Plan Marshall al que deberíamos prestar atención y que a menudo se olvida sin embargo, fue su importante contribución a evitar que las economías europeas se orientaran hacia modelos de economía socialista y buscaran su desarrollo con políticas proteccionistas que limitaran de forma significativa el comercio internacional, lo que habría supuesto un freno importante a su crecimiento. De esto sí podemos aprender. Especialmente porque algunas de las propuestas de reforma económica que se escuchan en nuestro país no invitan precisamente al optimismo.


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