27
may

Colombia tuvo una de las mejores respuestas a la crisis producida por la Covid-19 en comparación con sus vecinos. El Gobierno central tomó medidas rápidas y oportunas. Además de la declaración del estado de alarma y el decreto de cuarentena obligatoria en todo el territorio nacional, lo que permitió mantener dentro de unos estándares controlables los contagios por el virus, se impulsaron varios programas que buscaban atacar los dos frentes que la pandemia puso en jaque: salud y economía.

En materia de salud, tanto el Gobierno central como los gobiernos locales, junto con entidades de la sociedad civil, se encargaron de fortalecer el sector, aumentando el número de camas, generando protocolos de bioseguridad en las clínicas, y consiguiendo los respiradores necesarios.

En paralelo se manejó la vertiente económica, pues esta no tardó en hacer notar su caída. En respuesta a ello, se emprendieron iniciativas de devolución de impuestos, entrega de productos y giros en efectivo a las personas más vulnerables. En materia empresarial, el país se ha destacado por la extensión de beneficios a las pymes, las más afectadas por la crisis.  Se habilitaron líneas de crédito para ellas, se redujo en nueve puntos porcentuales el aporte a la seguridad social a cargo de los empleadores (pasando del 12 % al 3 %), y se agregó un subsidio del 40 % sobre el salario mínimo, es decir, de COP 350.000 (aproximadamente, 85 euros), por cada empleado para el pago de nómina, asegurando así la liquidez.

Las medidas han funcionado de una u otra forma. Aun así, después de tres prórrogas del aislamiento, que ya dura dos meses, el gobierno colombiano se enfrenta a una nueva etapa. La cuarentena, aunque se trata de una medida exitosa para la contención del virus, se ha convertido en el detonante de una crisis social y económica, que se ha tornado insostenible. El país no soporta otro mes de confinamiento obligatorio.


Duque debe buscar que la gente tenga acceso a la salud, nuevas formas de convivencia, y que la economía se estabilice


Las banderas rojas –como llamada de auxilio por la falta de comida y de recursos- en ventanas, balcones, rejas y hasta palos, se han vuelto parte del paisaje nacional. A estas se les suma la imagen de miles de personas, vendedores informales e independientes, desesperados por su sustento diario, que salen a las calles sin guardar protocolos de bioseguridad. Ya se ha ido permitiendo la reanudación de algunos sectores económicos, pero no es suficiente. La economía debe reactivarse en su totalidad, y debe acompañarse de campañas de promoción en salud, que susciten la responsabilidad ciudadana. De lo contrario, lo único que se estará haciendo será postergar el pico de contagios y profundizar la crisis económica.

Lo que viene de aquí en adelante se presenta cuesta arriba. Iván Duque, cuya presidencia se ha visto atropellada por una realidad social compleja en medio del postconflicto, por los diferentes paros nacionales (manifestaciones multitudinarias) y, ahora, por la pandemia, debe buscar que, en el pico de infecciones, la gente tenga acceso a la salud, que puedan adaptarse a una nueva forma de convivencia, y que la economía logre estabilizarse.

Más allá de la presidencia de Duque, el panorama para Colombia durante los próximos años no resulta claro. Tal como dejó en evidencia Mauricio Cárdenas, exministro de Hacienda y Crédito Público, los números no serán buenos, debido a la deuda que deja la pandemia, el alto precio del dólar, el bajo del petróleo y la desaceleración económica mundial. A esto se le ha de agregar la crisis política que se puede ir anunciando de cara al 2021, año preelectoral. Sin duda, el país suramericano tiene muchos retos en el horizonte.


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