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may
Expansión

Mañana los españoles tenemos una triple cita con las urnas: elecciones municipales, autonómicas (a excepción de las consideradas históricas y la Comunidad Valenciana) y europeas. ¿Qué cuestiones deberíamos tener en cuenta a la hora de decidir nuestro voto? Desafortunadamente, la economía suele importar menos de lo que debería. Se dice con frecuencia que los españoles votamos más “en contra de” que “a favor de”. También, que el sentimiento se impone a la razón. Así, un programa electoral pragmático, que asegure el mantenimiento del bienestar acorde a los recursos disponibles, no suele resultar decisivo.

Si repasáramos todo lo dicho por los candidatos en campaña, ¿alguien puede creer, por ejemplo, las propuestas sobre el aumento del gasto público, completamente alejadas de la realidad? Eso sí, han sido pronunciadas con tanto aplomo, que parecía que sus profetas poseen un “cuerno de la abundancia” capaz de aumentar sin límites la riqueza y el bienestar de los ciudadanos. Lamentablemente, la recaudación fiscal, para financiar el gasto público, tiene límites, no es un chicle que se estira a capricho. Subir los impuestos y las cotizaciones sociales no ayuda a tranquilizar ni a los mercados ni tampoco a las empresas: las decisiones de inversión se podrían postergar, la desaceleración podría ser todavía mayor y al final los ingresos fiscales se reducirían.

¿Quién pagará el exceso de gasto?

Es bien sabido que cuando el gobierno central, o los autonómicos, gastan más de lo que recaudan, se genera un déficit que, inexorablemente, terminará pagando la mayoría de los ciudadanos que mañana iremos a votar y/o nuestros descendientes. Sin embargo, la irresponsabilidad que supone trasladar a las generaciones siguientes el coste de un bienestar que supera los ingresos existentes constituye un acto de egoísmo y un atentado contra la ética. Si en un futuro el Banco Central Europeo (BCE) subiera considerablemente los tipos de interés de nuestra abultada deuda, sufriríamos recortes salvajes de las prestaciones anuales, porque la deuda hay que sufragarla, o, de lo contrario, nos pasará lo mismo que a Grecia. Recuerden el ridículo que hizo el primer ministro heleno, Alexis Tsipras, cuando prometió a sus ciudadanos que no pagarían a Europa. Esa insensatez perjudicó la situación de los griegos por varios decenios.

Desgraciadamente, resulta muy placentero escuchar que tendremos gratis nuevos beneficios sociales, y que además los abonarán otros: nuestros hijos o los socios europeos. Sin embargo, Europa se halla en un proceso de desaceleración, por lo que la solidaridad de los demás Estados con el nuestro será cada vez menor. Ello se debe también a que el aumento del bienestar es cada vez más pequeño en un continente que envejece a marchas forzadas.

Aumento del empleo público en las CCAA

Centrándonos en las Elecciones Autonómicas, merece la pena valorar los datos objetivos de lo conseguido en estos últimos años por los gobiernos regionales, a fin de calificar las políticas practicadas. El primero, la creación de empleo público, política que suele ir unida a un aumento de la deuda pública o a una subida de impuestos. Así, si observamos la variación de los gastos correspondientes a las remuneraciones de los empleados públicos de la legislatura que ahora concluye (2015-19), destacan Baleares, con un incremento del 15,2%, Andalucía (10,43%), CastillaLa Mancha (10,23%) y Aragón (10,12%). Una situación que suele venir aparejada a un aumento de los costes fiscales de las empresas que junto con la subida del salario mínimo pone palos en la rueda en la generación de actividad empresarial.

Para muchos políticos, aquellas partidas del gasto público que dan identidad a un territorio son sagradas. Quizá ahí estribe la razón de que, el número de empleados públicos haya aumentado de forma bárbara en toda España, en el periodo 2015-19, especialmente en Baleares con un 25,4% (a pesar que en ese período el empleo privado tuvo un descenso del 11,2%); en Cataluña, que incrementó los puestos de trabajo públicos en un 16,2%, aunque los privados tan solo crecieron un 8%; también aumenta el empleo público en ese periodo en Canarias (15,7%), Aragón (+15,4%), Navarra (14,3%) y la C.Valenciana (13,8%), y todas ellas lo hacen por encima del crecimiento de la media nacional, que fue del 7,6%.

El peligro del populismo

Cuando se diseñó y se puso en marcha el Estado de las Autonomías, no se tomaron medidas suficientes para limitar el crecimiento de las administraciones regionales. Por desgracia, la gestión pública suele ser bastante mejorable si se la compara con la de la empresa privada. Ganar en las urnas no confiere “ciencia infusa” para administrar el colosal sector público. Éste debería ser reformado sin tardanza para ganar en eficiencia, sin perjuicio de que se obligue a devolver competencias al Estado central cuando la Administración regional lo haga peor y con mayor coste. No parece, sin embargo, que los tiempos vayan por esos derroteros, pues el populismo es un virus que se ha incubado en todos los partidos y que ataca con más virulencia cuando se aproximan las elecciones.

Así, hoy nadie se atreve a oponerse al Estado Leviatán de Hobbes, ese monstruo bíblico “de poder descomunal y de enorme tamaño al que le tienen miedo hasta los más fuertes” (Libro de Job). Además, el crecimiento de la bestia parece estar justificado por la alarma que han generado los populistas con el objetivo de frenar la globalización, a la que ellos califican de perversa. Estos agoreros de desgracias son muy hábiles a la hora de convencer a tanto crédulo asustadizo de que la seguridad reside en ser súbdito del Estado nodriza, que proveerá lo necesario, a la par que nos protegerá de la libertad ajena. En el fondo, esta manipulación demagoga, tan rentabilizada por los nacionalismos, sintoniza con la célebre novela de George Orwell, Rebelión en la granja. Quizá, en estas elecciones a la hora de votar convenga sopesar hasta dónde se está dispuesto a ceder libertad a cambio de entrar en la zona de confort. Ésa en la que se recortará autonomía y margen para tomar las propias decisiones, a base de reducir la renta disponible con impuestos que satisfagan la voracidad del Gran Hermano que como bien sabemos no posee una cornucopia.

Apuntalar el futuro de la nación requiere que los resultados de la votación de mañana posibiliten gobiernos municipales y autonómicos que generen tranquilidad en las empresas, atraigan capital extranjero, y sigan dando, como hasta ahora, prioridad al crecimiento económico, a la creación de empleo y a la disminución de la deuda pública.

Así las cosas, no caigamos en la tentación de dejarnos llevar por los cantos de las sirenas. Como Ulises en La Odisea, tapemos nuestros oídos a discursos elaborados con palabras agradables y convincentes, pero que esconden engaños o promesas imposibles de cumplir


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