08
jul
Actualidad Económica

Ya estamos en verano y, como viene siendo habitual, nuestra factura de la luz subirá notablemente. Debido al calor, el consumo de electricidad para la refrigeración de espacios es mucho mayor que en invierno, lo que conlleva que su precio suba, de forma similar a lo que sucede con el gas natural en los meses fríos del año.

Al margen de estos cambios estacionales, el precio de la electricidad se ha incrementado de forma considerable en los últimos años. De media, hasta los 21,1 euros por 100 kilovatios/hora en la UE, lo que supone un aumento del 3,5% entre el segundo semestre de 2017 y el de 2018. Así, se superó por 10 céntimos el pico alcanzado en la última década, que tuvo lugar en el segundo semestre de 2015.

Estos precios varían notablemente entre los estados miembros; desde los 10 euros por 100 kWh de Bulgaria hasta los 31,2 de Dinamarca, o los 30 de Alemania. Los hogares españoles pagan la quinta factura de la luz más cara de toda Europa: 24,8 euros. Además, en este caso, resulta especialmente preocupante la espectacular subida del precio de la electricidad en el último año (14%), que confirma la tendencia de la última década, en la que el precio prácticamente se ha duplicado (en 2007, estaba en 13 euros por 100 kWh). En cuanto al crecimiento interanual citado, solo nos supera Chipre (20%), mientras que en el extremo opuesto se hallan Letonia o Polonia, donde ha disminuido un 4%.

Sin embargo, más allá de las temperaturas, o de la oferta y la demanda del mercado de la electricidad, el grueso de la factura de la luz lo constituyen los impuestos, que además son también los que más cambios sufren, eso sí, casi siempre al alza.

Arrojando algo de luz sobre la factura de la luz
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De media, durante el segundo semestre de 2018, en las facturas de la luz de los hogares europeos los impuestos representaron un 37,1% del precio final oscilando entre el 62,4% de los daneses y el 4,85% de los malteses. España, sorprendentemente dado nuestro historial, se encuentra por debajo de la media, pues los impuestos suponen un 21,4% del total. Eso sí, a ello hay que añadir el pago de los denominados peajes, es decir, unas tarifas de acceso con las que se sufraga la infraestructura que permite transportar la energía hasta los hogares. Los fija el Gobierno y representan, nada menos, que el 41% de la factura, lo que la convierte, como veíamos, en una de las más elevadas de la UE.

Además del importante peso de los tributos, hay que destacar su rápido crecimiento. En el periodo señalado, el precio total aumentó, de media, un 3%, mientras que la variación de los impuestos, que (a diferencia del IVA) no son recuperables, ascendió al 2%. Rumanía, Países Bajos y Reino Unido experimentaron las mayores subidas impositivas (entre el 22% y el 31%). Otros, como Bélgica o Luxemburgo, redujeron la proporción de impuestos, pero la tendencia se mantiene creciente. En España, por su parte, los gravámenes no recuperables se incrementaron en idéntica medida al precio total (14%).

En definitiva, el calor aprieta y seguiremos poniendo el aire acondicionado. Pero conviene recordar que, cuando miremos nuestra factura de la luz, lo que veremos no es nuestro consumo, sino el afán recaudatorio del Estado para paliar sus errores en política energética.


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