09
sep

El panorama político de hoy parece un teatro de guion pobre. Basta con encender un momento la televisión para descubrir una nueva discusión maleducada, una exhortación hiriente de buenismo, e incluso alguna que otra mentira defendida sin pudor. En este contexto, el ciudadano de a pie se pregunta, quizás tímidamente, si acaso él es el único que espera que algo auténtico haga su aparición en escena y devuelva a la vida política la misión que le corresponde, y no la adulterada que sufrimos en la actualidad.

Decía Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, que la existencia humana se dirige a un fin: la felicidad. Para el Filósofo, hombre feliz y hombre virtuoso serían sinónimos: el hombre virtuoso es aquel que dirige su razón, deseo y acción hacia lo que es bueno para él y le permite alcanzar la felicidad. Ahondando en este carácter teleológico del ser humano, el Estagirita se empieza a preguntar por el individuo mismo, por aquello que lo define y configura, y no tarda mucho en darse cuenta de la importancia de su dimensión social. El zoon politikoon del que habla alude a una forma de existir genuina del ser humano, e imprescindible para llegar a comprenderlo, ya que este solo despliega plenamente sus posibilidades en relación con los demás.


¿Puede la finalidad de la vida pública, de la política, diferir de la finalidad del individuo


Así, nos encontramos ante un hombre que dirige sus pasos hacia una vida feliz y, al mismo tiempo, es irremediablemente político, intrínsecamente sociable. ¿Podría entonces la finalidad de la vida pública, de la política, diferir de la finalidad del individuo? Evidentemente, no. Por eso, dice Aristóteles, así como la meta del hombre radica en la felicidad, la política ha de dirigirse a conseguir la dicha de la comunidad, la concordia.

Sin embargo, si analizamos la política actual, advertimos que se aleja mucho de este horizonte. El empeño de la clase política por excluirse unos a otros ha generado una situación de bloqueo institucional que hastía a los ciudadanos. Lamentablemente, esta guerra de ideologías solo sirve para poner de manifiesto lo precario de nuestra democracia. En un Estado democrático, la virtud de la tolerancia debe brillar con especial fuerza. Pese a su desprestigio, y lejos de tratarse de un hábito cobarde, constituye una muestra de realismo y valentía, expresión de profundo respeto a las personas y al ideal de sociedad que deseamos.

Si, como explicaba Aristóteles, la política anhelase de verdad la concordia, entonces pondríamos auténtico empeño en practicar nuestra virtud. No solo porque esto resulte algo moralmente deseable, que ya sería justificación suficiente, sino porque, además, se trata de un instrumento útil para conquistar el buen gobierno.

La buena política, por tanto, no consistiría en hacerse con el cetro del poder para golpear la cabeza de los contrarios bajo la consigna de “¡a ver si les entra alguna de mis ideas de una vez!”. Por el contrario, la buena política, y los buenos políticos, son aquellos que tienen una preocupación casi obsesiva por alcanzar la concordia, por construir dentro del marco de la libertad una comunidad de hombres que, en sus diferencias, persigan juntos lo justo y conveniente para todos.


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