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jul
Expansión

Una de las características más relevantes del mundo contemporáneo es el papel que la ciencia desempeña en aspectos muy diversos de nuestras vidas. No se pueden entender, en efecto, la sociedad v la economía del mundo contemporáneo al margen del progreso científico y técnico de las últimas décadas. Al mismo tiempo, la ciencia ha adquirido tal complejidad que sólo los especialistas en cada uno de sus campos son capaces de entender sus progresos, lo que parece que debería alejarla de la gran mayoría de la gente.

Existen, sin embargo, científicos cuyo nombre resulta familiar a todo el mundo. Y no cabe duda de que Einstein es el ejemplo más representativo del físico “popular”, que la gente conoce y admira, aunque muy pocos sean incapaces de entender sus méritos y cuál es el papel que desempeña en la historia de la ciencia. Nació Einstein en Ulm, Alemania, el año 1879. Pero pronto su familia se trasladó a Múnich. En esta ciudad cursó sus estudios elementales y medios, en los que, curiosamente, no destacó por su capacidad intelectual. Pero en 1896 las cosas empezaron a cambiar cuando se desplazó a Zúrich para estudiar en su Escuela Técnica, el primer paso de su actividad como científico. 1905 fue un año decisivo en su vida, ya que en él publicó una serie de trabajos con los que abrió nuevas vías a la comprensión del espacio y el tiempo y se consagró como uno de los físicos más relevantes de su época.

Entre estos ensayos se encontraba su famoso estudio en el que sentó las bases de la teoría de la relatividad especial, formulando la idea de que el tiempo depende del movimiento y la velocidad. En 1921 fue galardonado con el premio Nobel de Física y se convirtió en una de las grandes figuras de la ciencia mundial. Pero la difícil situación de Europa tras el ascenso al poder del nacionalsocialismo en Alemania, obligó a Einstein, que era judío, a marcharse a los Estados Unidos, donde transcurrió el resto de su vida. Se incorporó allí al Instituto de Estudios Avanzados de Princeton. Y en 1939 firmó la famosa carta al presidente Roosevelt instándole a promover un programa de investigación sobre la energía atómica.

Como es sabido, uno de los resultados de este programa fueron las bombas atómicas que destruyeron Hiroshima y Nagasaki y provocaron el horror de algunos de los que lo habían promovido. Einstein, junto a otros científicos, se opuso al desarrollo de la tecnología atómica con fines militares y defendió -con éxito nulo, ciertamente- la creación de un gobierno mundial que controlara la nueva tecnología. Los últimos años de su actividad intelectual los dedicó a un gran proyecto: la denominada teoría del campo unificado, con la que pretendió descubrir las leyes comunes que rigen el comportamiento de todos los objetos del universo, integrando la ley de la gravedad y el electromagnetismo en un solo cuerpo científico.

Fracasó en este intento, que además lo alejó bastante de la comunidad científica internacional. Pero lo fundamental de su obra ha quedado como uno de los grandes monumentos del intelecto de todos los tiempos. La ciencia moderna funciona, en la conocida expresión de Karl Popper, mediante la formulación de hipótesis que pueden ser contrastadas empíricamente y rechazadas si la contrastación no las confirma. Y uno de los grandes méritos de las teorías de Einstein es que son capaces de explicar fenómenos observables y medibles del mundo físico. Con él cambió, sin duda, nuestra forma de entender el universo. 


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