17
feb

Después de los, aunque previsibles, malos resultados de las elecciones catalanas, se repite la misma canción de siempre: los líderes políticos, salvo debacle, han ganado todos, mientras que los tertulianos, a sueldo o por convicción, justifican más que analizan los resultados de su bando.

Los líderes separatistas y sus acólitos, todos a una, aprovechan cualquier dato que aparentemente les favorezca para legitimar la necesidad de resolver el “conflicto político” mediante la amnistía y el referéndum de independencia. Mientras, por su parte, los constitucionalistas siguen a la gresca en dos bandos o estrategias: los constitucionalistas propiamente dichos, que se dedican a reprocharse entre sí nimiedades, como dirimir si la catástrofe de Ciudadanos se debe a que Arrimadas no se presentó a la investidura, cuando no tenía nada que hacer, o si su gestión sería un poco mejor que la del adversario; y los “equidistantes”, que dicen no ser separatistas, pero que, acomplejados en el mejor de los casos, o camuflados en su mayoría, dan la batalla por perdida y se dedican a repartir culpas igualando a los que cumplen la ley con los que se la saltan.

Si bien es cierto que la situación resulta tremendamente complicada, el análisis de las causas y las estrategias a seguir por el constitucionalismo no lo es tanto.

De manera desleal, al día siguiente de aprobarse la Constitución del 78, los nacionalistas se dedicaron a utilizar el poder que esta les concedió, incluso infringiendo sus preceptos con el fin de facilitar la vida a los independentistas y hacérsela imposible a los que se sienten tan españoles como catalanes. Entre tanto, los distintos gobiernos centrales han abandonado a los catalanes constitucionalistas ante los ataques xenófobos de la Generalidad.

En definitiva, las instituciones autonómicas catalanas, con el beneplácito del gobierno, han conseguido que presente más ventajas para los ciudadanos ser independentista que constitucionalista. Su odio por lo “español” comporta una persecución, y resistirse a ella implica convertirse en un auténtico héroe. Así, al contrario de lo que afirman desde su falso victimismo, en este momento, lo difícil en Cataluña es sentirse español.


La estrategia del apaciguamiento y las concesiones que defiende el PSC no va a funcionar nunca


Dentro del constitucionalismo, todos han cometido errores (no más que los separatistas, a los que sus seguidores perdonan todo), pero las responsabilidades entre unos y otros no son las mismas. La principal recae sobre los “equidistantes”, partidarios del apaciguamiento, los cuales, al igual que Chamberlain, además de fortalecer al nacionalismo, deshonran a su país.

Si hay algo que la historia ha probado es que el nacionalismo no tiene límites. Por tanto, la estrategia de las concesiones que defiende el PSC ni ha funcionado ni va a hacerlo nunca. Desde la Transición, lo único que ha frenado al fanatismo identitario ha sido el procesamiento de los responsables del golpe de 2017, a pesar del intento por parte de los “equidistantes” de rebajar sus consecuencias.

Después del resultado del 14 de febrero, y a pesar de las bravatas de los separatistas, si estos dudan del “ho tornarem a fer”, no se debe sino a la fortaleza que, a despecho de los débiles Gobiernos de Rajoy y Sánchez, ha demostrado el Estado español.

Una vez que nuestros líderes políticos han demostrado no entender que este no es el momento de enfrentamientos entre conservadores, socialdemócratas o liberales en España, pues lo que peligra es la democracia y, que aún resulta menos oportuna la confrontación entre constitucionalistas en Cataluña, donde nos jugamos la existencia como país, los ciudadanos no podemos permanecer impasibles.

Los españoles debemos concienciarnos de la responsabilidad que nos exige un momento tan peligroso y único como el que vivimos, en el que está en jaque el porvenir de nuestros hijos.

Debido a lo preocupante de la situación, deberíamos hacer gala de la altura de miras que caracterizó a la generación de la transición a la hora de encarar el futuro. Para ello, hay que dejar a un lado los clichés, el fanatismo o la indolencia y, mientras no seamos capaces de solucionar los problemas de convivencia, votar atendiendo exclusivamente a la defensa de la democracia y de la unidad de una España integrada en Europa y regida por los valores occidentales.


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