30
jun
OkDiario

Tras semanas de negociación y de fuertes discrepancias, la Unión Europea lanzó ayer un procedimiento escrito para que las capitales de los veintisiete se pronunciasen sobre la opción de autorizar la entrada de nacionales de quince países de todos los continentes a partir del 1 julio. Tras veinte horas de plazo para pronunciarse, la lista de países a los que la UE abrirá sus fronteras esta noche deja fuera a muchos grandes, como Estados Unidos o Brasil. Con la criba ejecutada, el debate está servido. Hay quienes optaban por dar luz verde a aquellos países que fueran habitualmente grandes emisores de turistas, otros que apostaban por cuestiones culturales o lingüísticas, y otros que lo hacían con base en cuestiones políticas y diplomáticas. Por este último motivo, no es descabellado augurar desaires y represalias por parte de algunos países excluidos, como EE. UU. aunque conviene recordar también que fue el gigante norteamericano quien decidió unilateralmente cerrar las fronteras el pasado marzo cuando Europa estaba en lo más voraz de la pandemia.

Esta cuestión, que también se abrió cuando se desató la pandemia, pone de relieve la utilización de criterios de admisión en lo que se refiere al cierre o la apertura de fronteras dependiendo del lugar de origen. Esto es algo del todo políticamente incorrecto en la actualidad, pues la corriente sostenida por la izquierda en Occidente apuesta por una relajación notable de la política migratoria o leyes de extranjería, llegando incluso hasta la defensa de un panorama internacional sin fronteras o de fronteras abiertas. Sin embargo, el coronavirus saca a relucir que existen criterios que dan lugar a discriminación. Algo que es ampliamente ignorado pues parece no caber argumento jurídico ante el drama o la tragedia, real o simulada.

Esta discriminación, presente en el texto de la ley de cualquier país puede juzgarse, no cabe duda, como acertada o desacertada o incluso como moralmente aceptable o reprochable. El criterio o criterios pueden estar basados en la raza, el sexo o la orientación sexual. También puede obedecer a factores étnicos o religiosos, fenómeno del que la Historia está plagada de ejemplos. O, como sucede en este caso en particular, la discriminación también puede fundarse en ciertos criterios médicos o en la situación de la pandemia en el país de procedencia. Sea como fuere, la discriminación está presente, lo que habría de centrar el debate de la inmigración regular o irregular en la cuestión de los criterios discriminatorios que admiten o niegan la entrada de una persona en un país y no en si han de existir o no.

Quizá es problemático que las personas estén sujetas inexorablemente a la nacionalidad que presentan en su pasaporte en lugar de ser valoradas a nivel individual. En ese aspecto, pagan justos por pecadores al margen de las medidas sanitarias, de distanciamiento social, etc., que hayan adoptado personalmente. Dicho esto, la enmienda a la totalidad que ha realizado así a la UE a todos los estadounidenses o brasileños puede ser más o menos drástica, pero no cabe alternativa por la sencilla razón de que los actores, a nivel internacional, son los Estados y no las personas.

En definitiva, el coronavirus ha levantado un muro mucho más sólido que el que prometió Trump en la campaña electoral que le llevó a la Casa Blanca y también ha proporcionado una llave de acceso. Tengamos por seguro que el futuro erigirá nuevos muros, traerá nuevas claves, y su legitimidad o falta de esta será un campo de batalla formidable.


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