20
feb
Diario de Navarra

Dice el refrán: “Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar”. Si los navarros no escarmentamos en cabeza ajena, lo que ha pasado en las elecciones catalanas sucederá también en la Comunidad foral. La fecha en la que el nacionalismo sea mayoritario dependerá de tres factores.

El primero, el grado de abandono de la defensa de la identidad de nuestra tierra por el Partido Socialista de Navarra; una traición a sus principios esenciales que cuenta con el apoyo del conturbenio monclovita.

El segundo, el auge de la incubación del nacionalismo en el sistema educativo, a la par que la Constitución se perciba como una ley fascista. La honra de ser español no se enseña en las aulas, pero sí el orgullo de ser vasco, como si ambas pertenencias resultaran incompatibles. Todo lo contrario de lo que ocurre en los grandes países europeos, como Francia y
Alemania.

La tercera variable es el pasotismo de muchos ciudadanos hacia la política. Una desidia que se traduce en una mayor abstención. Lamentablemente, quienes sienten el nacionalismo van siempre a votar, mientras que aquellos que piensan que la Constitución se trata de la mejor alternativa se quedan más en casa el día de las elecciones. De ello se deriva que, en dos o tres legislaturas, habrá una mayoría en el Parlamento foral que reclamará la incorporación de Navarra a País Vasco.

El espectáculo de Cataluña, donde el nacionalismo ha fragmentado la sociedad en dos bandos, patriotas y traidores, debiera prevenirnos. La tensión soberanista ha generado enfrentamientos que crispan la convivencia. Lo más triste radica en la pérdida de libertad que conlleva el rencor a quienes piensan distinto. Las diferencias entre las personas, que antes se veían con respeto, y la variedad, que se consideraba una riqueza de la sociedad, ahora se perciben de un modo hostil.

Una de las consecuencias más demoledoras del triunfo del soberanismo toma cuerpo en la ruina económica. Aunque los nacionalistas radicales proclamen que prefieren ser pobres que estar bajo la bota de España, ojalá que haya también moderados que no hayan sacralizado su sentimentalismo independentista, y a los que su bienestar sí les importe.

Una Cataluña independiente estaría fuera del paraguas de la Unión Europea (UE), lo que implica que aproximadamente el 60% de sus exportaciones, que ahora no pagan aranceles, se encarecerían un 18%. Por no hablar de las ventas al resto de España, que incluso superan en volumen a aquellas que tienen por destino la UE, y que también se verían gravadas. Salir de la unión aduanera reduciría asimismo los flujos de inversión extranjera. Esto redundaría en un menor crecimiento y un mayor desempleo. El abandono del euro supondría que el Banco Central Europeo no actuaría como prestamista de última instancia. Esto explica por qué las principales entidades financieras de Cataluña ya se hallan registradas en otras regiones del país.

La Generalitat debiera advertir que, por mucha propaganda que haga, ante cualquier secesión de una región de la UE, los gobiernos de los países miembro se opondrían por puro pragmatismo. La razón es clara: muchos de ellos engloban dentro de sus fronteras a regiones descontentas que reclamarían lo mismo, por lo que preferirán evitarse conflictos innecesarios. La UE ya ha perdido demasiada relevancia, y perder regiones la debilitaría aún más. Un error que no se va a permitir.

Si Cataluña tiene imposible ser competitiva en el agresivo mercado global, País Vasco más Navarra, con un PIB conjunto que equivale a un 40% del catalán, mucho menos. Su dimensión económica fuera de la UE resultaría insuficiente para alcanzar la viabilidad. ¡Menos mal que la felicidad de una Euskal Herria independiente supera la desgracia de un mísero bienestar!


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