05
jun

En la sesión parlamentaria del pasado miércoles, en la que se votaba la “última” prórroga del estado de alarma, el presidente del Gobierno realizaba durante su primera intervención una apelación a la concordia y el cese de hostilidades entre las diferentes fuerzas políticas que conforman el Congreso de los Diputados. Como era de esperar teniendo en cuenta la solidez ideológica del locutor, esta llamada a la unidad fue decayendo conforme proseguía el debate. Nuestra clase política nos volvió a obsequiar con una exhibición de reproches, acusaciones y falsedades, alejada de los ideales básicos que lo han de inspirar.

Sin embargo, si se reflexiona acerca del concepto de concordia, se observará que la propuesta del máximo líder del Ejecutivo nace viciada, tanto en contenido como en forma, pues está más encaminada a la apropiación retórica y discursiva que a la búsqueda de su aplicación real. En conclusión, se trata de un intento de apoderamiento terminológico, y de la carga valorativa que posee en la sociedad, como indicaría el vicepresidente segundo del Gobierno. Sin duda, una acción política y moralmente reprochable aunque, por desgracia, no muy novedosa, pues el secuestro de diferentes conceptos e ideas transversales para su posterior mutación en conquistas propias ha constituido una práctica que el socialismo identitario y huérfano del siglo XXI realiza con asiduidad. Método frente al cual todavía no se ha orquestado respuesta efectiva por parte de las fuerzas que dicen defender la libertad. En consecuencia, se han ido sufriendo calamitosas derrotas narrativas en las últimas décadas.

Regresando al tema de la concordia y su expresión en la política y la sociedad, es menester comenzar desgranando los componentes léxicos que dan forman al tan ausente concepto. Este está compuesto del prefijo con-, que indica colaboración o cooperación, y tras el que encontramos la raíz latina cor, cordis, que hace referencia al corazón. En última posición, se halla el sufijo -ía, que denota cualidad.

Trasladando esta composición lingüística a lenguaje político, se deduce que la concordia, para poder manifestarse, debe cumplir los siguientes requisitos: en primer lugar, ha de ser universal; o es obra de todos los españoles o carece de sentido. En segundo, para su efectiva materialización, tiene que existir una verdadera voluntad política de convivir en común, guiados por el ideal de la libertad y la tolerancia al distinto, que, lejos de tratarse de un adversario, nos complementa. En último lugar, precisa de una habilidad política particular, a saber, un liderazgo maduro y virtuoso, entendido como aquel capaz de agrupar en torno a una empresa común a las mentes más destacadas de su época.

Así pues, la naturaleza de la concordia resulta sumamente exigente, lo que provoca que el camino para su consecución sea sinuoso y laberíntico. Pese a ello, constituye el itinerario más deseable que una sociedad puede seguir, ya que su meta se cifra en la prosperidad y elevación del individuo.


El proyecto de vivir en concordia ha sido denostado en, quizás, demasiadas ocasiones para poder recuperarlo


Una vez analizada la esencia de la concordia, no cuesta dilucidar que se encuentra distante de la hoja de ruta de nuestro Ejecutivo, que busca la confrontación entre ciudadanos para atrincherarse en el poder. En la misma intervención a la que hacíamos referencia al comienzo, el mismo presidente caía en una profunda incoherencia, tanto personal como política, al equiparar la bandera española a la voluntad de vivir juntos. La incongruencia no nace del uso de la bandera, que, como símbolo, apela a cuestiones sentimentales y, por lo tanto, subjetivas, sino que estriba en la voluntad de convivir. El Gobierno actual se encuentra formado y sustentado por fuerzas políticas que, de manera libre, han decidido romper con el marco de convivencia pacífica que ha caracterizado a España en los últimos 42 años. El proyecto de vivir en concordia ha sido denostado y vilipendiado en numerosas ocasiones, demasiadas quizás para poder recuperarlo. Por lo tanto, no resulta admisible que aquellos que, de forma deliberada, han tratado de quebrar este marco de convivencia pacífica enarbolen ahora la bandera de la concordia. Tal acción es cuando menos sospechosa, ya que con ella se intentan conseguir objetivos totalmente antagónicos a vivir en conformidad y armonía.

Siguiendo con la argumentación y respondiendo a aquellos que indican que se deben crear nuevos escenarios para que florezcan tales ideales, remitámonos a la Constitución española de 1978. La Transición a la democracia, de la mano de la CE y sus principios y valores inspiradores, se trata del principal marco de tolerancia y concordia política en nuestra historia contemporánea. Pero esto último no debe entenderse de manera estática e inmutable, sino que hay que acercarse a ello desde una óptica en la que prime la evolución y el dinamismo, de modo que el pacto entre ciudadanos se renueve día tras día.

Para finalizar y arrojar algo de esperanza, es preciso referirse a la responsabilidad y deber individual que posee cada español para que el citado compromiso no pierda su vigencia. Pueden servir de referente las palabras que pronunció el ya desaparecido presidente Adolfo Suárez en la clausura de su discurso del Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, que recibió en 1996: “Creo que los españoles puede que solo tengamos que hacer una cosa. Cultivar día tras día, allí donde nos encontremos, la buena semilla de la concordia”.

Los españoles nos tenemos que acostumbrar a una nueva realidad, la misma que sufren nuestros hermanos italianos desde hace décadas: prosperar a costa de los poderes públicos. Un reto para el que tenemos la voluntad y habilidad necesaria, y con las que poder traer de vuelta la tan añorada y deseada concordia.

Prueba de esto último la encontramos en nuestro personal sanitario, que miró de frente a la muerte y se enfrentó a ella con una entereza y gallardía que son merecedoras de ocupar un notable puesto en la historia de nuestro país, y las mejores credenciales a la hora de iluminar su futuro, como ha reconocido el Premio Princesa de Asturias de la Concordia, del que se han alzado como honorables ganadores.


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