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Expansión

Los años transcurridos entre 1996 y 2004 fueron, sin duda, los de los grandes triunfos de Rodrigo Rato. Es cierto que, tras dejar el Gobierno, ocupó cargos de mayor importancia y más elevada remuneración que el de ministro y vicepresidente del Gobierno de España. Pero en ninguno tuvo éxito. Sus años como director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI) pasaron sin pena ni gloria, a pesar de que la persona que ocupa este cargo es una de las que mayor influencia pueden ejercer en la economía mundial. Poco o nada ha quedado, sin embargo, del mandato de Rato en el FMI, si no es su nunca bien explicada dimisión, que bastante daño hizo, por cierto, a los españoles al proyectar sobre nosotros una sombra de falta de seriedad y de personas poco fiables para el desempeño de cargos relevantes.

Después, su actividad en el sector privado empezó bien, al ocupar puestos relevantes en Lazard y en el Banco de Santander. Y llegó a la cumbre al ser nombrado presidente de una de las mayores entidades financieras del país, Caja Madrid-Bankia. Pero no supo, o no quiso, hacer lo que debía para sanear el banco y su mandato acabó con una dimisión, forzada esta vez, tras una serie de actuaciones de legalidad más que dudosa que lo han llevado a los tribunales. Y no me refiero a las famosas tarjetas opacas, que, aún siendo imposibles de justificar, han tenido unos efectos limitados. Lo realmente grave fue acudir al mercado para financiarse realizando una ampliación de capital apoyada en balances falseados que no reflejaban la situación real de la sociedad cuyos títulos se ponían en venta. Y esto es muy grave.

Ahora, cuando parece que el ciclo de esplendor y caída, tantas veces repetido en la historia, se cierra para Rato, tiene sentido recordar no sólo lo que ha sucedido en los últimos años, sino también los aspectos positivos de un carrera plena de luces y sombras. Porque hoy no prestaríamos tanta atención a posibles delitos de fraude fiscal, alzamiento de bienes o blanqueo de capitales si quien es acusado de ellos no hubiera desempeñado un papel muy relevante, y positivo, en la reciente historia de España.

Rato no empezó su actividad pública en la primavera del año 1996. En aquel momento llevaba ya mucho tiempo en política, habiendo destacado como parlamentario brillante desde 1982. Pero fue la llegada de Aznar al poder la que le permitió dar el salto y convertirse en el gran personaje mediático que sigue siendo hoy. Al formarse el primer gobierno del PP, fue nombrado ministro de economía y vicepresidente, cargos que, con pequeños cambios, mantuvo hasta el año 2004. Es decir, estuvo a cargo de la economía española en unos años especialmente prósperos para nuestro país.

¿Cómo se consiguió aquella prosperidad? A diferencia de la segunda mitad de la década de los ochenta, los primeros años noventa habían sido muy negativos para la economía española. Ésta había entrado en recesión a finales de 1992; y en 1993, el número de parados superaba ampliamente los tres millones; además, la cotización de la peseta se había derrumbado y en un período de ocho meses –de septiembre de 1992 a mayo de 1993 – la divisa española había sido devaluada tres veces. Antes de la llegada al poder del Partido Popular, el último de los gobiernos de González había adoptado ya algunas medidas para enderezar la economía; pero fue a partir de 1996 cuando ésta cambió realmente.

Entre 1996 y 2004 nuestra economía tuvo una tasa media anual de crecimiento superior al 3,5%. Y en ese período se crearon 4,5 millones de puestos de trabajo. El saldo del presupuesto público, que mostraba un déficit del 6,6% del PIB en 1995 fue eliminado a lo largo de los seis años siguientes. Y los presupuestos de 2002 y 2003 se liquidaron con un pequeño superávit. La deuda pública, que en 1996 suponía el 68% del PIB, había caído más de 20 puntos, hasta el 46 % en 2004. Y esto se logró bajando los impuestos, ya que los gobiernos de Aznar redujeron de forma significativa los tipos de gravamen en el IRPF, además de simplificar el impuesto y de mejorar la tributación de las ganancias de capital.

Una de las razones de los buenos resultados fue que se empezó a trabajar en las reformas desde el primer momento. Si el Gobierno se formó en mayo de 1996, ya en el mes de junio se aprobó un importante decreto sobre medidas urgentes de carácter fiscal y de liberalización de la actividad económica. Se trataba, en efecto, de actuar en dos frentes. Por una parte, sanear las finanzas públicas y garantizar la estabilidad presupuestaria; y hacerlo reduciendo el gasto y no subiendo los impuestos. Y, por otra, liberalizar la economía y reforzar la política de privatizaciones ya iniciada. Esto significaba, en resumen, llevar a la práctica una visión diferente de la política económica, que no ponía en el sector público el énfasis para lograr un mayor crecimiento del PIB y del empleo. Un dato muy significativo es que la ratio gasto público/PIB, que era el 45% en 1995 había caído por debajo del 40% en 2000; y se mantuvo en este nivel mientras el PP estuvo en el Gobierno.

Es cierto que se pudieron hacer más cosas, entre ellas una reforma mucho más profunda del mercado de trabajo; y la entrada de España en el euro, otro de los hitos de la política económica de la época, planteó, años más tarde, serios problemas, principalmente porque se aplicaron políticas que chocaban con los principios que inspiraron la creación de la moneda única. Pero no cabe duda de que en 2004 la economía española se encontraba en una situación mucho mejor que en 1996. ¿Hasta qué punto el éxito económico de aquellos años se debió a Rato? Ésta es una pregunta difícil de contestar porque en el diseño y puesta en práctica de una política económica intervienen muchas personas y no siempre resulta claro quién desempeña el papel protagonista en la historia. Rato ocupó, sin duda, una posición muy relevante como ministro de Economía. Pero, a pesar de lo que se ha dicho en muchas ocasiones a lo largo de los últimos días, no creo que fuera el personaje clave. Si fue posible hacer lo que se hizo y conseguir lo que se consiguió fue porque hubo un presidente del Gobierno, José María Aznar, que tuvo los principios y el valor necesario para llevarla a cabo.

Recordar lo que ocurrió entonces es importante, porque aquellas reformas siguen teniendo plena actualidad y deberían ser el modelo a seguir para sacar adelante hoy la economía española. Y lo peor que podríamos hacer es criticarlas con el absurdo argumento de que, visto lo que ha hecho Rato después, aquella gestión no pudo ser buena.


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