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Actualidad Económica

Con el paso del tiempo me he acostumbrado a oír a los políticos decir tonterías y resulta ya difícil sorprenderme con ellas. Pero debo confesar que, hace algunos días, la portavoz del Gobierno lo ha conseguido. Esta buena señora ha negado que vaya a existir ningún tipo de compensación a los grupos que apoyen el proyecto de presupuestos del Gobierno. Y ha dicho que no hay contrapartida en su negociación porque los presupuestos le parecen lo suficientemente importantes como para recabar apoyos no solo de los independentistas, sino de todas las fuerzas políticas.

Tal opinión es absurda, evidentemente, y seguramente nadie, ni siquiera la misma señora ministra, cree tal cosa. Pero no soy de los que piensan que los políticos sean estúpidos por el mero hecho de decir frases sin sentido. Creo, en cambio, que siempre hay una cierta racionalidad en este tipo de manifestaciones, dirigidas, por lo general, a los militantes del propio partido o a potenciales votantes. Es posible que, en este caso, el Gobierno intente convencer a algunas personas de que puede ser cierto que no va a ceder en nada para conseguir apoyos parlamentarios. Pero tal cosa parece difícil, principalmente porque la reputación que este Gobierno tiene de ceder en todo lo que haga falta para seguir en el poder resulta cada vez más clara a la mayoría de la gente.

Más razonable parece la idea de que muchos políticos están convencidos de que, por principio, los fieles deben apoyar a su Gobierno, hagan lo que hagan y digan lo que digan. La famosa frase de Franklin Delano Roosevelt en relación con el dictador Tacho Somoza, que afirmaba que este “es seguramente un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”, tiene un largo recorrido en la vida española. El político —piensan muchos— miente con frecuencia; pero si es nuestro mentiroso, debemos actuar como si creyéramos lo que dice y defenderlo frente a los otros que, aunque tal vez digan la verdad, no son los nuestros.

La conclusión es, sin duda, bastante deprimente. Pero no por ello menos real. Y mientras la mentalidad no cambie, muchos gobernantes seguirán diciendo bobadas y muchos españoles fingirán que se las creen porque, al fin y al cabo, son los suyos. 


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