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Expansión

El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha hecho públicos hace algunos días datos que muestran que nuestro país superó en 2017 a Italia en PIB per capita en términos de capacidad adquisitiva. Esto significa que, dadas las diferencias de precios que existen en uno y otro país, el poder de compra de un euro es hoy superior en España que en Italia; y, por tanto, aunque en términos monetarios el PIB per capita italiano siga siendo superior al español, un residente medio en nuestro país puede adquirir más bienes que un italiano medio. La diferencia en 2017 ha sido muy pequeña; pero todas las estimaciones coinciden en que, si las tendencias de crecimiento de los respectivos PIB no cambian de forma significativa, España aumentará su ventaja en los próximos años.

Sabemos bien cómo ha evolucionado la economía española desde el comienzo de la crisis y cómo hemos conseguido alcanzar y superar los niveles de renta anteriores a ella. Menos conocido es, sin embargo, lo que ha sucedido en Italia, cuyos problemas no son sólo consecuencia de la última recesión, sino que son anteriores y más profundos. Es cierto que la crisis golpeó al país con fuerza y que el PIB italiano sólo muy recientemente ha empezado a crecer y está hoy todavía por debajo del que tenía en 2008. Pero lo que es más relevante es que, desde hace ya bastantes años, Italia es uno de los enfermos económicos de Europa. Lejos quedaron, en efecto, las tasas de crecimiento del “milagro económico” de la posguerra y la transformación del país en una economía industrial tecnológicamente avanzada que prometían los años 70. ¿Por qué? Determinar las causas por las que la economía de una nación se desarrolla o deja de crecer en un momento concreto ha sido siempre la gran cuestión a resolver por los economistas. Y la respuesta pocas veces es fácil.

No cabe duda de que Italia tiene un problema institucional serio. Y, desde hace ya algunos años, he notado en mis amigos italianos una clara sensación de depresión colectiva que sorprende un poco al extranjero por el pesimismo que manifiestan personas por lo general inteligentes y buenas conocedoras de la situación. Viví algunos meses en Roma en los tiempos de la “vieja política”, y recuerdo que, en una ocasión, estuvimos casi tres meses sin gobierno; y, transcurrido este tiempo, se formó un gobierno nuevo que era, prácticamente, igual que el anterior. Y la crisis en poco afectó a la vida nacional. El país siguió funcionando como si nada ocurriera. Daba la impresión de que la sociedad civil y la economía eran lo bastante fuertes como para despreocuparse de lo que hacían los políticos. Estos eran entonces, en su mayoría, personas valiosas, algunas de un gran nivel intelectual. Pero se diría que sus virtudes desaparecían como por ensalmo en cuanto pisaban el Parlamento. El Estado italiano –recuerdo bien que me decía un colega– es una carga que pesa sobre nuestra economía, pero por el momento es soportable. Lo malo es que parece que, desde hace tiempo, ha dejado de serlo.

Lastre político

Del caso italiano puede obtenerse la conclusión de que, en todo proceso de desarrollo económico, las instituciones importan y su mal funcionamiento, al final, pasa factura, incluso a un país con un sector privado moderno y potente. Y el panorama actual no es, precisamente, estimulante. Si van a Roma no le pidan a la gente su opinión sobre el estado de la ciudad y sobre su flamante alcaldesa –que, en nuestro país sería una joven política podemita–, considerada un auténtico desastre, acusada de nepotismo y procesada por falso testimonio. No sabemos aún quién y cómo podrá formar gobierno en Italia. Pero la combinación de la Liga Norte, el Movimiento Cinco Estrellas (M5S) de Beppe Grillo y el partido de Berlusconi explica bastante bien el pesimismo de muchos economistas italianos. Y no dejo de recordar una frase que le escuché hace ya años en televisión a Indro Montanelli, quien, al referirse a la política italiana en los primeros años de la era Berlusconi, decía: “Berlusconi me da miedo. Pero la izquierda… la izquierda italiana es l’Armata Brancaleone”, haciendo con este término referencia al pintoresco caballero andante interpretado por Vittorio Gassman, al que le ocurrían todo tipo de desgracias en las situaciones más disparatadas que uno pueda imaginar.

Es difícil, en efecto, encontrar razones para el optimismo. Se diría que hemos entrado en un círculo vicioso, en el que la gente, consciente de la crisis nacional, se deja convencer por propuestas populistas con muy poco sentido para tratar de escapar de una situación que no les gusta; y los partidos populistas, a su vez, hacen más difícil que se produzca el cambio que el país tanto necesita. Es un modelo muy peligroso del que, sin duda, habría que alejarse. La cuestión es cómo hacerlo.


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