01
jul
Actualidad Económica

Resulta habitual escuchar que la presión fiscal de España es de las más bajas de los países de nuestro entorno; carta blanca para quienes pretenden aumentar la recaudación con el fin de elevar el gasto público. Sin embargo, esa afirmación, además de realizarse por intereses espurios (electoralistas) es falsa.

La cuña fiscal que soporta el contribuyente medio español se sitúa entre las más altas de los países desarrollados. Así lo recoge el informe anual de Civismo Día de la Liberación Fiscal, publicado el pasado 27 de junio: fecha a partir de la cual los ciudadanos trabajan para sí mismos, y no para cumplir con Hacienda. Este informe, que se hace eco del de la OCDE Taxing Wages, calcula que la cuña fiscal (de un sueldo medio bruto, sin aplicar mínimo personal en el contribuyente sin hijos y solo los mínimos por descendientes) es 3,3 puntos porcentuales más alta en España que en la media de las economías desarrolladas (39,4% en nuestro caso para 2018 respecto al 36,1% de promedio en la OCDE). En cuanto a una unidad familiar (dos sueldos) con un par de hijos, la presión fiscal total sobre el salario se reduce en España hasta el 36,3%, pero frente al 30,8% de la media de la OCDE. Así, solo 15 de estas 34 economías desarrolladas tienen una cuña fiscal más alta que la nuestra. No se sostiene, por tanto, el mito de que España es un país de impuestos bajos.

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Es preciso señalar que el esfuerzo tributario que asumen las rentas del trabajo se ha reducido entre 2015 y 2019, de manera que un contribuyente de declaración individual y sin hijos paga ahora 1,4 puntos porcentuales menos que antes de las rebajas fiscales de 2015. Sin embargo, destinar 178 días de sueldo a sostener el inconmensurable gasto público dista mucho de
resultar idílico. Mejores condiciones presentan Reino Unido e Irlanda, con un 30,9 %y un 32,7% de cuña fiscal para trabajadores solteros, respectivamente.

No obstante, los hay que sufren más que nosotros. Bélgica representa el infierno fiscal, con un 52,7% para los contribuyentes sin hijos, que no obstante baja hasta el 45,1% en el caso de la unidad familiar. Le siguen Alemania, Italia, Francia y Austria, todos con una cuña fiscal por encima del 47% para un trabajador sin hijos.

Destaca también que, de una cuña fiscal del 39,4%, el 27,9% (es decir, el 70,8% del total) proceda de las cotizaciones a la Seguridad Social (tanto del empleado como del empleador). España se convierte así en uno de los países en los que las cotizaciones representan un porcentaje mayor del total, en una lista que encabezan Eslovaquia y Grecia (en donde superan el 80%), y muy por encima de la media de la OCDE (62%).

En definitiva, los españoles sí pagamos muchos impuestos, algunos más evidentes (IRPF) y otros más encubiertos (cotizaciones a la Seguridad Social). Hemos de dar la voz de alerta. Los impuestos escuecen más, si cabe, cuando la Agencia Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF) ha hecho público que se invierten 14.000 millones de euros en subvenciones fuera de control. Debería elaborarse un indicador del clientelismo electoralista para que los ciudadanos penalizasen con su voto el escándalo que supone todo gasto que no lleve incorporada una evaluación de su eficiencia y su eficacia. De otro modo, la actitud de nuestros políticos será la del viejo refrán: “¡Qué bien se dispara con pólvora del rey!”.


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