10
jul
Expansión

La preocupación por el posible agotamiento de las reservas de materias primas fundamentales para nuestra forma de vida no es un fenómeno reciente, sino una idea que convive con nosotros desde hace va más de un siglo. Por poner sólo un par de ejemplos, en el siglo XIX se pensaba que el uso creciente del papel acabaría llevando, en primer lugar, a una destrucción masiva de los bosques; y, más tarde, a una fuerte subida del precio del papel, que tendría no solo unas consecuencias muy negativas para el medio ambiente, sino también efectos en el tamaño y en el precio de los libros y los periódicos. Y tal vez les sorprenda saber que, a principios del siglo XX, mucha gente consideraba inevitable una crisis energética de grandes dimensiones como consecuencia del agotamiento de las minas de carbón. Hoy, el problema se centra en la insuficiencia de las reservas de petróleo para satisfacer la elevadísima demanda de gasolinas, gasóleos y otros productos derivados. Pero la esencia del argumento es la misma. Sabemos cuál es el consumo actual de petróleo y hay estimaciones -no siempre acertadas, como veremos- sobre su crecimiento futuro. Conocemos las reservas que existen en la actualidad en el inundo. Y resulta claro que, dado el ritmo al que aumenta la demanda de hidrocarburos, llegará un momento en el que las reservas sean claramente insuficientes para que la economía pueda seguir funcionando al ritmo actual. Se acepta, ciertamente, que puedan aparecer nuevas reservas; pero esto sólo serviría para retrasar algunos años la inevitable crisis.

El detalle

El problema es que esto es lo que se percibe a simple vista; pero tal argumento nos lleva a conclusiones erróneas, que se hacen evidentes cuando se analiza el problema. La primera pregunta que habría que plantear es simple: ¿qué pasó con el carbón? ¿Por qué se equivocaron quienes hace cien años estaban tan preocupados por la escasez de este mineral? Y la respuesta es más sencilla aún: porque, en un momento dado, el carbón dejó de ser el combustible fundamental para los transportes, la industria y las calefacciones y fue sustituido por otras fuentes de energía como el petróleo y la electricidad. Y esto, que hoy nos parece tan evidente, resultaba difícil de entender en el pasado. No era claro, en efecto, para mucha gente que los barcos, los ferrocarriles y las fábricas pudieran funcionar sin carbón, que había sido la fuente de la revolución industrial. Y algo similar ocurrirá con el petróleo.

Y son varias las razones para ello. En primer lugar, el uso de energía por unidad de producto no es constante, sino que varía en función, entre otras cosas, de su precio. Lo que ha sucedido en el inundo desde la crisis del petróleo de 1973 muestra claramente la posibilidad de reducir el consumo de energía sin hacer caer la producción o el nivel de bienestar de la gente. Los nuevos coches, por ejemplo, pasaron a consumir menos gasolina que los viejos; la maquinaria se hizo más eficiente en términos de consumo de energía; y casi todo el mundo se dio cuenta de que le resultaba rentable aislar mejor su casa y consumir menos gasóleo de calefacción. Y no cabe duda de que el principal incentivo para que tales cambios tuvieran lugar fue el aumento del precio de la energía.

Pero más importante aún es que la tecnología que se utiliza actualmente quedará obsoleta dentro de algunos años. Y tal obsolescencia no se deberá únicamente a nuevos descubrimientos técnicos, sino también al precio relativo del petróleo frente a las fuentes alternativas de energía. Es fácil darse cuenta de que cuanto más nos acerquemos a un supuesto agotamiento de las reservas de hidrocarburos, más subirán sus precios; y, por tanto, mayores serán los incentivos no sólo para consumir menos petróleo por unidad de producto, sino también para sustituir el petróleo por otras fuentes de energía. Y el resultado de todo esto será que las reservas de petróleo no se agotarán nunca, como nunca se llegaron a agotar las reservas de carbón en su día. Dejarán de utilizarse -o se utilizarán en un grado menor- mucho tiempo antes de que el supuesto agotamiento tenga lugar.

Cuando, dentro de muchos años, los historiadores estudien este problema, pensarán en lo ingenuos que eran sus antepasados cuando se preocupaban por el agotamiento del petróleo; de forma no muy distinta, por cierto, a nuestra perplejidad al ver lo que pensaban nuestros mayores con respecto al carbón. 


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