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may
El Mundo

Desde 1986, Navarra está dividida en tres zonas lingüísticas. La zona vascófona (al norte); la zona mixta, que engloba a Pamplona y su comarca, y la zona no vascófona, en la que solo el 0,2% habla euskera y el castellano es la única lengua oficial. El nacionalismo la denomina «zona discriminada». Con razón, aunque por los motivos equivocados.

Desde hace algo menos de un mes, si un ciudadano de Tudela, la ciudad más importante de la zona no vascófona, quiere ser guardia de seguridad de alguna empresa pública le vendrá bien aprender euskera. La Ley de Contratos, recientemente aprobada por el Gobierno cuatripartito de Uxue Barkos, obliga a las empresas que quieran trabajar con las administraciones públicas de la comunidad a tener un Plan de Euskera de Formación a los Trabajadores. También tendría que saber vascuence nuestro tudelano (o tudelana) si quisiera opositar. Después de la aprobación del nuevo decreto foral que regula el uso del euskera en la Administración Pública de Navarra, su conocimiento también se privilegia en el acceso al funcionariado. En ocasiones, según la zona lingüística, incluso se valora más que un doctorado o máster de la especialidad.

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Sería, por lo tanto, comprensible que muchos padres de la zona no vascófona comenzaran matricular a sus hijos en los programas de enseñanza en euskera en lugar de hacerlo en los modelos en castellano (con aprendizaje en Inglés) que, de momento, son mayoritarios. Porque, en efecto, en Navarra el español, el idioma que habla habitualmente el 93,7% de la población, está discriminado. La tentación es evidente. No sólo está la posibilidad de facilitar el acceso al trabajo. El Gobierno navarro hace todo lo posible para que el euskera penetre en la población castellanohablante. Por ejemplo, se paga el comedor y el autobús a los niños que elijan estudiar en euskera. Por otro lado, mientras la Consejería de Educación se resiste a desdoblar los cursos con exceso de alumnos, está dispuesta a abrir aulas infantiles en euskera con tan sólo cuatro niños. Para hacerlo en castellano, exige siete. Pese a esas sutilezas verbales que presentan como derechos lo que son imposiciones, el Gobierno del cuatripartito ha convertido el euskera (según el último estudio de Soziolinguistika Klusterra sólo lo usa habitualmente el 6,7% de los navarros) en un elemento identitario vertebrador. Nada nuevo. La estrategia nacionalista es siempre recurrente. La triada pueblo, nación e idioma exige por derecho un Estado.

Algunos ya comparan la situación de Navarra con Cataluña. Julio Pomes, presidente del think tank Civismo, es claro: «Cataluña representa un modelo en el que vislumbrar el porvenir que aguarda a Navarra. En Cataluña también empezaron de modo suave con una ley para usar el catalán y, poco a poco, lo que en su inicio era una amable insinuación se convirtió pronto en una exigencia ejercida con la violencia de una sanción. Hoy la ley foral tiene una formulación ambigua, pero el reglamento que vendrá a continuación será tan obligatorio como punitivo». Pomes no está solo en su percepción. Un solo dato: desde la llegada del cuatripartito en junio de 2015, el tejido empresarial navarro ha perdido más de 2.200 millones por la marcha de empresas.

Puede que a algunos les parezca exagerado. Basta recordar que Uxue Barkos, presidenta de Navarra gracias al apoyo de su partido, Geroa Bai (nueve escaños tiene esta coalición que integra al PNV), EH Bildu (ocho), Podemos (siete) y la marca navarra de Izquierda Unida (dos), sólo necesitó seis meses en el cargo para convocar un pleno monográfico sobre el derecho a decidir. Fue el 27 de noviembre de 2015. UPN (15 escaños), PSN (siete) y PPN (dos) votaron en contra de gran parte de las resoluciones. Aquel pleno podría resultar simbólico a los oídos profanos, pero en Navarra se da un caso excepcional. La Constitución española a través de la disposición transitoria cuarta establece un procedimiento para la incorporación de Navarra al País Vasco mediante referéndum que no necesita ser aprobado por el Congreso de los Diputados.

Barkos, ex diputada en Madrid, nunca ha ocultado que en el caso de celebrarse la consulta votaría a favor si bien, como reconoció la propia presidenta a la revista Contexto, los ciudadanos que creen en la «incorporación» de Navarra al País Vasco son minoría: «Eso lo tengo muy claro sin necesidad de abrir urnas. No quiere decir que esa minoría sea a perpetuidad y estoy hablando de una minoría del 30%, no de un 5% o de un 6%».

Lo cierto es que, desde la llegada del cuatripartito al Gobierno de Navarra, se han puesto en marcha numerosas medidas para que esa minoría nacionalista deje de serlo. El primer efecto de las leyes lingüísticas será la restricción de oportunidades a los castellanohablantes de Navarra y de otras comunidades autónomas frente a los ciudadanos llegados del País Vasco, en donde el euskera es ya requisito. «Es todo muy sibilino. Es como esa lluvia fina. Cuando te quieres dar cuenta…», explica un empresario que prefiere mantener el anonimato.

«El nacionalismo en Navarra ya ha calado hondo. Y la situación será irreversible si el cuatripartito vuelve a obtener la mayoría absoluta en 2019», dice Ana Beltrán, representante del PP en Navarra. Por eso, insiste en llamar a la unidad entre todos los partidos no nacionalistas.

La senda está trazada. En julio de 2015, apenas un mes después de su investidura como alcalde de Pamplona, Joseba Asirón (EH Bildu) ya se atrevió a colocar una ikurriña en el ayuntamiento. Entonces consiguió burlar la ley porque había dos parlamentarias vascas invitadas y protocolariamente era correcto que ondeara la enseña. Dos años después, en 2017, el cuatripartito aprobó la derogación de la Ley de Símbolos que prohibía ikurriñas en los ayuntamientos de Navarra. Desde entonces, la Delegación del Gobierno central se ve obligada a denunciar cada vez que un consistorio iza la bandera vasca o retira la española porque aun con la derogación, rige la Constitución y la ley de 1981 y las únicas enseñas legales siguen siendo la española, la del municipio, la bandera de la Comunidad foral y la de la UE.

No es el primer revés que recibe la ingeniería identitaria nacionalista. Hace unos meses, el Consejo de Navarra obligó al cuatripartito a variar su Decreto sobre Toponimia. En concreto, tuvo que suprimir una norma que pretendía normalizar el uso de los nombres en euskera de los municipios aunque no fueran oficiales. A algunos esto les parecerá un asunto baladí. («Si en la A6 pone A Coruña»). Deberían saber que quien nombra las cosas las posee. En el caso de haberse aprobado el decreto completo, Tudela hubiera pasado a llamarse Tutera. «¿Tutera? No lo había oído en mi vida», dice un tudelano.

Allí (recordemos que el único idioma oficial es el castellano) es ya habitual encontrar anuncios del Gobierno en vascuence. Un funcionario tudelano ya ha dejado de indignarse porque la consejería de la que depende le envíe correos electrónicos donde se prioriza el euskera. «Aunque, más abajo, estén traducidos en castellano. Cosas así antes no pasaban pero desde que llegaron estos (por el cuatripartito)…».

Paso a paso, los ciudadanos navarros de la zona no vascófona van acostumbrándose al euskera. Un miembro de la Policía Foral cuenta que, hace unos meses, algunos compañeros devolvieron sus carnets porque estaban en vascuence.

El nacionalismo, por su parte, no se resigna a respetar la realidad sociolingüística. En junio de 2017, se aprobó la inclusión en la zona mixta de 44 localidades que hasta entonces estaban en la zona no vascófona. Un paso más hacia uno de sus objetivos históricos: eliminar la zonificación de 1986 y que el euskera sea oficial en toda Navarra. Exactamente lo que el jueves reclamó EH Bildu en la sesión del Parlamento foral.

Hace un mes, en Tudela, un grupo de vecinos recibió con carteles de apoyo a la Guardia Civil a los participantes de la Vuelta a Navarra del pueblo de Alsasua, una iniciativa puesta en marcha por familiares y amigos de los radicales abertzales que presuntamente apalearon a dos guardias civiles y sus parejas. «Perdona que me ría. Navarra no es Euskalerría. Tudela con la Guardia Civil de Alsasua», rezaba el desplegado por Juventudes Navarras.

Mientras le dejen. La política lingüística es un arma poderosísima que el nacionalismo no está dispuesto a ceder. Y Navarra es un polvorín.