08
feb
Expansión

Poca duda cabe de que la desigualdad y la pobreza se han convertido en temas muy importantes en el debate económico de nuestros días. Y no se trata sólo de lo que ocurre en el mundo subdesarrollado; los países occidentales están hoy también en el punto de mira de muchos economistas y políticos, que mantienen una actitud muy crítica con respecto a lo que está sucediendo en ellos. Parece, en efecto, que, en unos momentos en los que el mundo ha conseguido mejoras realmente espectaculares en la reducción de la pobreza en términos globales, el problema adquiere mayor relevancia en las naciones más ricas.

Por ello son numerosas las publicaciones académicas y los foros y congresos en los que se discute sobre pobreza y desigualdad. No soy especialista en este campo; pero he leído buena parte de la literatura reciente y he asistido a algunas reuniones internacionales sobre el tema. Y debo decir que, casi siempre, he llegado a la conclusión de que el debate, además de tener componentes ideológicos bastante marcados, deja mucho que desear desde el punto de vista del rigor científico. En concreto, los criterios de acuerdo con los cuales se miden los niveles de pobreza y de desigualdad son muy defectuosos y, con frecuencia, ofrecen imágenes distorsionadas de la realidad que intentan explicar. Y, curiosamente, si el país al que se hace referencia es los Estados Unidos, las distorsiones son aún mayores.

Veamos un sencillo ejemplo. En un libro que he leído recientemente se afirma que, entre todos los países desarrollados, sólo Rumanía tiene una proporción de niños pobres mayor que la de Estados Unidos. La afirmación es, desde luego, sorprendente; y en el libro no se explica cómo se ha obtenido esta cifra, algo, por cierto, bastante habitual en esta literatura. Pero si pensamos que la mayor parte de los cálculos sobre pobreza se realizan a partir de una cifras medias de renta y se considera pobre a quien no alcanza un determinado porcentaje de dicha media, se entiende que se pueda llegar a este resultado; porque, si crece la renta per capita de un país y un determinado grupo de personas se mantiene con los mismos ingresos, automáticamente pasan a ser considerados pobres, aunque su nivel de vida no se haya deteriorado.

Y no es éste el único problema que plantean los estudios sobre distribución de la renta. Cuando analizamos la evolución de los ingresos, por ejemplo, de quienes se encuentran en el 20% más pobre de un país, no sabemos si los que estaban antes en este grupo son las mismas personas que están ahora. Algunos estudios presuponen que lo son; pero pueden estar equivocados.

Distribución

En otras palabras, si ha habido movilidad, es posible que, aunque el grupo de los más pobres no haya mejorado en su conjunto, sí lo hayan hecho muchas de las personas que lo formaban, que han sido sustituidas por otras en la cola de la distribución. Y estos nuevos componentes del grupo pueden ser personas cuyos ingresos hayan disminuido; pero pueden también ser inmigrantes que, anteriormente, no formaban parte del colectivo y se han incorporado a él en los niveles más bajos. Si pensamos que, de acuerdo con las cifras oficiales, el número de inmigrantes que había en los Estados Unidos en 1970 era de 9,6 millones; y que la cifra había pasado a ser 41,3 millones en 2013; y consideramos que la mayor parte de estos inmigrantes se encuentran en los niveles de renta más bajos, cabe concluir que un estudio detallado de la evolución de los ingresos de la población norteamericana por percentiles, que tomara en cuenta este hecho, ofrecería una imagen bastante diferente de la visión catastrófica que se obtiene de la lectura de gran parte de las obras actuales sobre desigualdad. Y cálculos similares podrían hacerse, desde luego, para otros países receptores de inmigración.

Por otra parte, tampoco la distribución de la riqueza se mide bien en los países occidentales. Sabemos que la desigualdad en riqueza es mayor que la desigualdad en renta. Pero, de nuevo, los cálculos son imperfectos. Tomemos el caso de una persona de sesenta y cinco años, muy cerca ya, por tanto, de la jubilación. ¿Cuál es su patrimonio? Su casa y algunos activos financieros, posiblemente. Pero supongamos que, a partir del año próximo, va a percibir una pensión de 1.200 euros al mes. ¿Cuál es el valor de esta pensión? Para estimarlo, habría que calcula el valor actual del flujo de ingresos que va a recibir esta persona el resto de su vida, 20 años por ejemplo. Y la cifra obtenida, que no se contabiliza estadísticamente como patrimonio, puede ser mayor que el valor de su piso. Su riqueza no es, por tanto, la que aparece en las estadísticas habituales; es bastante mayor.

No digo que no exista desigualdad ni que vivamos en el mejor de los mundos posibles. Pero conviene insistir en la necesidad de hacer bien los números y analizar los datos con rigor. Por otra parte, las conclusiones que se puedan obtener de la literatura más reciente sobre desigualdad no son, desde luego, neutrales. El aumento de la desigualdad en la distribución de la renta y la riqueza, del que se acusa a las políticas económicas que surgieron en la mayor parte del mundo occidental a partir de la década de 1980, es uno de los argumentos más importantes utilizados por los economistas que intentan que volvamos a la política económica de cuarenta o cincuenta años atrás. Éstos olvidan, sin embargo, que el mundo es hoy muy diferente de lo que era entonces y que la vieja socialdemocracia europea va a tener muchos problemas para sobrevivir en un mundo en el que la división internacional del trabajo ha cambiado sustancialmente. Y ésta es la cuestión fundamental del debate, aunque mucha gente se resista a aceptarlo


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