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jul
Expansión

El papel que desempeña el capital en la economía y el sentido -e incluso la legitimidad- del interés, es decir, la remuneración por el uso del capital, han sido cuestiones que discutieron los teólogos y los filósofos muchos siglos antes de que fueran analizadas por los economistas. En la Edad Media muchos pensadores cristianos condenaban el cobro de interés en los préstamos, con el argumento de que el dinero per se nada produce; y todavía hoy la banca islámica busca fórmulas de remuneración a los prestamistas, en las que aparentemente no se paga interés por los préstanos, operaciones que se disfrazan en forma, por ejemplo, de participación en la propiedad del bien para cuya adquisición se ha solicitado financiación.

Pero la economía moderna considera el capital como un factor producción fundamental, para el cual existe un mercado en el que aquellos que tienen fondos para prestar los ofrecen -a cambio de un precio- a los inversores, que, con ellos, incrementan su capacidad de producción y sus beneficios. El economista que sentó las bases teóricas del papel del capital y el interés en un sistema productivo fue Eugen von Böhm-Bawerk. Nacido en una familia aristocrática en el Imperio austrohímgaro el año 1851, Böhm-Bawerk tuvo una carrera profesional muy brillante, ya que no sólo fue catedrático de economía en las universidades de lnnsbruck y Viena, sino también ministro de hacienda en tres ocasiones. Pero es su obra científica lo que, sin duda, le ha hecho pasar a la historia.

En su primera época como catedrático, antes de acceder al ministerio, escribió su gran libro, Capital e interés, que estructuró en dos volúmenes. El primero, publicado en 1884, se titula Historia y crítica de las teorías sobre el interés y en él se revisan las teorías que los economistas formularon con respecto al capital y a su remuneración a lo largo del tiempo. Schumpeter, seguramente el mejor conocedor de la historia del pensamiento económico que haya existido nunca, y discípulo directo de Böhm-Bawerk en Viena, consideraba esta obra como un auténtico hito en el desarrollo de la ciencia económica; y valoraba especialmente la capacidad analítica de su autor, que había sabido prescindir de las cuestiones accesorias para centrarse en el contenido de cada uno de los modelos estudiados, buscando descubrir leyes de validez general.

En el segundo volumen, Teoría positiva del capital, publicado en 1889, desarrolló su propio modelo, que ha marcado de forma clara la evolución de la disciplina en este campo. Para ello analizó el sentido tanto de la oferta como de la demanda de fondos prestables. Su punto de partida fue lo que en economía se denomina la ley de subestimación de las necesidades futuras. De acuerdo con este principio, la gente prefiere, por lo general, el consumo presente al consumo futuro. Sabemos que hoy podemos disfrutar de un determinado gasto; pero no tenemos garantías de que, años más tarde, estemos en condiciones da Hacerlo; ¿por qué aplazarlo? Y señalaba también Böhm-Bawerk que la gente tiende a ser optimista y poco previsora, confiando en que las cosas le irán bien en el futuro. Por ello muchas personas están dispuestas a pagar un interés por disfrutar hoy del consumo de un determinado bien. Y aquellos que disponen de los fondos necesarios cobran un precio -el interés- por facilitar esta anticipación.

Falta aún, sin embargo, otro elemento fundamental para completar la teoría: ¿por qué las empresas se endeudan y están dispuestas a pagar por ello? Nuestro economista contestó a esta pregunta con lo que denominó la “ley de la mayor productividad de los procesos de producción más largos”. La idea es la siguiente: a la hora de elaborar un determinado bien, se pueden utilizar, por lo general, técnicas diferentes; y unas son más intensivas en capital que otras. Las primeras -las que usan más maquinaria, por ejemplo- exigen procesos de producción “más largos”, ya que hay que emplear trabajo y capital para producir la maquinaria antes de empezar a fabricar el bien en cuestión y exigen, por tanto, mayores recursos financieros. Pero son más eficientes y elevan la productividad de los trabajadores empleados. Por ello las empresas están dispuestas a pagar un precio por disponer de los fondos necesarios para adquirir la maquinaria, en la confianza de que recuperarán, con mayores beneficios, este coste.

La teoría del capital se incorporaba así al núcleo de la teoría económica; y ningún debate posterior sobre el tema ha podido dejar de lado las aportaciones esenciales de este libro.


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