La sociedad occidental, creación del cristianismo
3 de noviembre de 2020
Por Fundación Civismo

La sociedad occidental no está acostumbrada a visualizar la brutal realidad que asola el mundo. Nuestros valores y nuestra superioridad moral nos han protegido desde hace más de 80 años y no hemos querido mirar de cerca esa falta de humanidad con la que millones de personas son tratadas a diario fuera de ese jardín del Edén en el que se ha convertido la sociedad occidental.

Los que creemos en el más allá sabemos que esos valores cristianos heredados de padres a hijos desde hace dos milenios nos han ido educando y enseñando la importancia que tiene la vida humana. Precisamente sobre ese principio, que la sociedad occidental valora como ninguna otra lo hace, se ha creado la comunidad de respeto, paz y orden en la que vivimos hoy en día.

Los occidentales asistimos a los crímenes de sangre con dolor y, aunque estemos acostumbrados a verlos en las noticias a la hora de comer, seguimos preguntándonos cómo es posible.

Pero la pregunta va más allá: ¿Cómo es posible que nos sigamos cuestionando eso? Lo hacemos por nuestras profundas creencias cristianas. El quinto mandamiento de Dios resulta muy claro: “No matarás”. En el mundo occidental, la religión —independientemente de que se trate de la cristiana, la musulmana o la judía— ha sido «cristianizada». Incluso el ateísmo, la no creencia.

Nada ha podido escapar de la palabra de Dios en una sociedad cuyas bases morales vienen de Cristo, de su ejemplo y de la manera en la que Pablo fundó comunidades cristianas. Al final, nada tenemos que ver con la vida anterior a la aparición del cristianismo. Nosotros no medimos el éxito de un hombre en función de cuántas personas haya matado en batalla, ni nuestras economías están sostenidas por esclavos; todos esos pilares que mantenían el mundo clásico cambiaron con la fe.

Para poder discutir el «adónde vamos», necesitamos saber «de dónde venimos». El mundo occidental, incluyendo a los creyentes de las distintas religiones, a los ateos y a los agnósticos, ha de aceptar la realidad de que, sin el cristianismo, no solo sus valores morales serían muy distintos, sino también las reglas legales de la sociedad en la que viven.


Sin el cristianismo, no solo los valores morales del mundo occidental serían muy distintos, sino también sus reglas legales


Diferirían, por ejemplo, los derechos humanos y el derecho internacional. Esos cimientos esenciales de la organización de nuestro día a día, sin el sacrificio del hijo de Dios como un hombre más y sin la expansión del evangelio por parte de san Pablo, no hubiesen resultado posibles.

Solo tenemos que mirar al resto del mundo y la manera en la que los seres humanos son tratados; esclavos del siglo XXI, asesinatos a sangre fría, ahorcamientos en grúas, decapitaciones… Desgraciadamente, en Europa somos testigos de estos hechos a manos de un islamismo radicalizado, que ha rechazado todos los avances del humanismo.

Ese islamismo repudia los valores y tradiciones de la cultura occidental, nuestros principios fundacionales. Esto lo saben bien en África o en Oriente Medio, donde algo tan cotidiano para nosotros como la libertad de expresión puede terminar con tu vida. Es ahora, otra vez, cuando nos volvemos a dar cuenta de que también puede ocurrir en nuestra casa, en nuestro Jardín del Edén.

Ya no son solo situaciones que suceden lejos de nuestras fronteras. No son únicamente los niños de Irak los que sostienen una pancarta pidiendo que se degüelle a quién insulta al profeta; también lo hace un niño de Londres. Ya no es una turba de hombres en Irán la que asegura que a una mujer adúltera hay que lapidarla; son hombres en Niza.

Por mucho que no queramos ver la realidad, esta no va a desaparecer. El cristianismo nos ha traído hasta nuestros días, sus valores nos han permitido desarrollar todo el potencial humanista del ser humano. Es esa tradición, la humanista, la que el mundo occidental no puede perder y tiene obligación de conservar, de pelear por ella.

Sí, actualmente nos encontramos en una guerra, aunque no la queramos luchar o reconocer — y cada uno elige el adjetivo que le añade: santa, de valores, de civilizaciones o de culturas. Una que no proviene únicamente del radicalismo de una religión, sino de todas aquellas culturas que intentan destrozar los valores de la nuestra; una cultura que nos ha llevado a proteger la vida humana por encima de todo.

En Occidente, todos estamos «cristianizados», ya seamos judíos, musulmanes, ateos o agnósticos. Cada uno de nosotros, los que protegemos nuestra manera de vivir en el mundo occidental, hemos sido tocados por la palabra de Dios, nos guste o no.

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