03
feb
ABC

Como las sirenas de Ulises, la utopía marxista atrae navegantes con dulces sones y los huesos de los engañados se amontonan en la orilla. Pasados dos siglos del nacimiento de Karl Marx (1818-1883), su filosofía sigue atrayendo incautos. Quizá la mejor manera de explicar su opresiva presencia sea volver al más leído de sus escritos, el «Manifiesto Comunista».

Ese folleto de apenas cincuenta páginas se convirtió pronto en uno de los textos sagrados del comunismo y del socialismo. Marx lo lanzó al mundo con ayuda de su gran amigo Federico Engels en 1848, pero aún hoy mantiene su fascinación para lectores de todas las convicciones. En realidad, era un escrito de circunstancias. Se publicó al final de «los años del hambre» en Inglaterra, debidos a las malas cosechas y plagas en el campo y epidemias de cólera y tuberculosis en las ciudades fabriles. Durante el resto de la era victoriana, los niveles de vida mejoraron muy sustancialmente. Esto acabó con el socialismo revolucionario en Inglaterra, pero no evitó el contagio al resto del mundo. Por la historia del comunismo corren ríos de sangre. Aún hoy se mata en nombre del socialismo en Colombia y se oprime en Venezuela. Y la bandera de la lucha de clases ondea en las filas de las ultrafeministas y de los universitarios americanos.

Los dos barbados revolucionarios convencieron a los miembros de una sociedad secreta comunista de Londres, «La Liga de los Justos», de la necesidad de lanzar una proclama que unificase a los enemigos del capitalismo bajo la bandera de su «socialismo científico». El Manifiesto fue publicado justo antes de que en Francia estallara la revolución que derrocó la monarquía burguesa de Luis Felipe. Las llamas se extendieron por toda Europa y por tres años pareció que había nacido una nueva era democrá- tica. Esa fue la caja de resonancia del Manifiesto. La ansiada Revolución se demoró setenta años. Triunfó inesperadamente en Rusia, tras el maquiavélico putsch de Lenín contra la república liberal instaurada tras la caída del Zar. Derruido el Muro de Berlín, hemos podido ver el horror de lo que siguió en sus verdaderas dimensiones.

A Marx se debe la explosiva retórica de ese panfleto. La primera frase es famosa: «Un fantasma recorre Europa –el fantasma del comunismo–». Con esa exageración quiso infundir confianza en los grupos dispersos que se llamaban comunistas o socialistas por cuanto que su objetivo era la abolición de la competencia y la propiedad privada.

«La historia de toda sociedad hasta nuestros días no ha sido sino la historia de las luchas de clases». El capitalismo estaba convirtiéndolas en una lucha de «dos clases enemigas: la burguesía y el proletariado», por efecto de «una serie de revoluciones en la tecnología y en los medios de producción e intercambio». Aquí introduce Marx un elemento fundamental de su sociología, el «materialismo histórico»: las instituciones, las ideologías, el mismo cambio social nacen de los modos de producción económica traídos por las nuevas tecnologías (que supongo caen del cielo). Ese método aún seduce a historiadores algo miopes, que no ven el papel de la libertad en el avance de los conocimientos. Luego hizo una afirmación paradójica: «La burguesía ha ejercido en la Historia una acción esencialmente revolucionaria. […] La burguesía no existe sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de trabajo, es decir, todas las relaciones sociales».

La clase capitalista había rasgado el velo de las sociedades tradicionales y ahora estaba en el proceso de crear una economía globalizada de enormes fuerzas productivas. «La burguesía, desde su advenimiento, apenas hace un siglo, ha creado fuerzas productivas más variadas y colosales que todas las generaciones pasadas tomadas en conjunto. […] ¿Qué siglo anterior había sospechado que semejantes fuerzas productivas durmieran en el seno del trabajo social?».

Se asombrarán ustedes conmigo de que Marx intuyera la productividad del capitalismo, cuando los economistas ortodoxos anunciaban la pronta llegada del estado estacionario.

Para Marx, sin embargo, la competencia y la división del trabajo, que tan productivas eran, estaban socavando también la sociedad actual.

«El obrero moderno […], lejos de elevarse con el progreso de la industria, desciende siempre más; por debajo mismo de las condiciones de vida de su propia clase. El trabajador cae en la miseria…».

Marx culminó su análisis de la marcha inexorable hacia la Revolución con una atrevida metáfora: «Lo que la burguesía produce ante todo son sus propios sepultureros». Y acabó con una llamada a la revolución comunista: «Los proletarios no pueden perder más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo por ganar. ¡Proletarios de todos los países, uníos!». ¿Exagero cuando elogio la capacidad de Marx de lanzar poderosos eslóganes?

Como Marx y Engels habían dicho en el manuscrito de La ideología alemana (1846), tras la Revolución se instauraría el socialismo, que daría paso al comunismo una vez que la clase burguesa hubiera desaparecido. Entonces, la abolición de la propiedad privada haría que los beneficios capitalistas revirtieran en toda la sociedad. La tecnología, como un perpetuum mobile, mantendría por sí sola el crecimiento de la productividad. Desparecería la división del trabajo. El pueblo viviría de rentas, de tal forma que «[…] yo pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar el ganado, y después de comer, si me place, dedicarme a criticar, sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o crítico».

No sabe uno si llorar o reír ante tal desatino. ¡Progreso científico y técnico sin especialización ni propiedad privada! Nos decía en clase Karl Popper que las teorías de Marx merecían estudio porque se atrevió a lanzar predicciones firmes, con la ventaja para el avance del conocimiento de que esas predicciones han resultado todas falsas. 


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