09
mar
El Economista

España gradúa la desaceleración de su economía situándose en una mejor posición de crecimiento que sus socios europeos. Es una de las principales conclusiones del último informe de previsiones económicas de la OCDE, en el que se señala una agudización de la bajada en las tasas de crecimiento y donde ya claramente se dibuja la próxima recesión en un horizonte no demasiado lejano. En estos mismos términos se ha pronunciado el Banco Central Europeo (BCE), que avisa de un frenazo más brusco de lo esperado en el euro.

En este sentido, la actualización de previsiones deja en buen lugar a la economía española, debido a que mantiene la estimación de noviembre (2,2 por ciento para 2019 y 1,9 por ciento para 2020), mientras que rebaja de una forma muy sustancial la tasa de Alemania, Italia y la eurozona. Así, tanto lo esperado como las cifras actuales muestran que la trayectoria bajista del ciclo económico español está siendo más suave que en Alemania y, sobre todo, en Italia, primer país del euro en recesión. Esto supone una ganancia de tiempo no despreciable para que España pueda aprovechar los 18-24 meses de crecimiento que le puedan quedar para seguir avanzando en la convergencia real hacia la media de la eurozona, especialmente en productividad.

España cerró 2018 con un crecimiento del PIB real del 2,5 por ciento anual gracias al consumo y a un menor descenso del previsto en el capítulo de inversión, lo cual contribuyó a compensar la caída de tres décimas que registró la demanda externa (exportaciones menos importaciones). Precisamente la demanda externa es la que más ha sufrido en los últimos meses, dado que las tensiones tanto a nivel europeo como a nivel internacional están ralentizando los flujos de comercio. Sin embargo, no todas afectan a España de la misma forma. De hecho, las proyecciones del FMI muestran que el ahorro neto de España frente al exterior seguirá creciendo hasta 2020 hasta 1,3 puntos de PIB, lo cual le genera un colchón para hacer de la próxima crisis un período más corto y menos intenso que ocurrió en 2008.

Por un lado, la más importante con mucha diferencia es la salida de Reino Unido de la UE. España tiene a este país como uno de sus destinos más importantes de inversión directa exterior y también a un socio comercial fundamental. Por ejemplo, un Brexit sin acuerdo llevaría al sector agrícola español a la recesión, con una caída de las exportaciones del 5,4 por ciento, según un informe publicado por el Instituto Agrícola Catalán de San Isidro. Las próximas semanas serán determinantes para ver el impacto que en 2019 puede tener el Brexit sobre el avance español, el cual podría llegar a costar dos décimas de PIB, según avanzó este periódico. Por otro lado, la incertidumbre en el marco regulatorio medioambiental está perjudicando de una forma grave un sector tan importante como el industrial, especialmente en el ramo del automóvil y sus auxiliares. La falta de un marco estable y fiable para calcular el impacto sobre la fabricación de las medidas anticontaminación y la aplicación constante de restricciones a la movilidad privada, ha llevado a una caída en la producción de vehículos cercana al 6 por ciento en 2018. Por todo el efecto arrastre que tiene sobre la industria auxiliar, es otro de los sectores que entrará en recesión antes que el conjunto de las economías europeas.

Más allá de estos riesgos, existen otros elementos de preocupación cuyas consecuencias llevan a acelerar o retrasar el fin de ciclo y la llegada de la nueva recesión. En este punto, es imprescindible separar qué amenazas son creíbles y cuáles no. Algunas amenazas no creíbles y que pueden tener finalmente un impacto positivo son las relacionadas con el próximo pacto China-EE.UU.


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