La otra cara de PSOE
29 de septiembre de 2023
Por Fundación Civismo

Alfonso Guerra presentó su libro La rosa y las espinas. El hombre detrás del político (La Esfera de los libros) en el Ateneo madrileño el 20 de septiembre. La obra constituye la transcripción de las respuestas del exvicepresidente a las preguntas que le formuló Manuel Lamarca para un documental producido y financiado por él mismo. El programa se grabó en cuatro sesiones de dos horas en un hotel sevillano entrevistando a quien, sin duda, ha sido uno de los personajes más in-fluyentes en la política española des-de las postrimerías de la dictadura, aunque pocos conocieran su nombre antes del fallecimiento del generalísimo Franco. Que quien fuera su presidente, Felipe González, estuviera presente en el acto constituía un punto añadido de interés (y morbo) porque las relaciones entre ambos no siempre han sido tan buenas como las de otros sevillanos, Joselito y Belmonte, a quienes sus seguidores se empeñaban en enemistar, y a los que sólo la muerte del primero en la plaza de Talavera de la Reina separó definitivamente. Dejémoslo, como dice Guerra en su libro, que se fue “porque existía una pérdida de confianza”, aunque “eso no cambia los afectos de las personas, no debe cambiarlos. En mi caso no los ha cambiado”. No debe, aunque con frecuencia los altera. La ruptura de aquel tándem histórico (Felipe-Guerra, Alfonso-González) se consumó precisamente en diciembre de 1990, cuando el vicepresidente abandonó el Gobierno tras felicitarnos las Navidades a quienes en aquellos momentos formábamos parte del reducido equipo de asesores de Presidencia, en mi caso en el departamento de Economía. Ambos habían compartido numerosas vicisitudes en la dictadura, como los agitados congresos de Tou-louse en 1972 y de Suresnes en 1974, que renovaron el partido y los lleva-ron a la dirección, y muchas otras en la Transición, con la aceptación de la Monarquía en 1976, la elaboración de una Constitución consensuada entre los dos grandes partidos, o la campaña electoral de 1979 para ganar respetabilidad. También el turbulento XXVIII Congreso del PSOE en que González presentó su dimisión ante la resistencia del partido a renunciar a la definición como organización marxista, la resurrección triunfal del padre ‘asesinado’ en 1979 y la moción de censura de 1980, el gran triunfo electoral cosechado en 1982, tras el 23-F, y, por fin, compartieron el inicio de la etapa al frente de los gobiernos que a lo largo de trece años cambiaron la fisonomía de la sociedad española, siendo sin duda la incorporación a la Comunidad Económica Europea en 1986 un hito trascendental de nuestra historia.

Rápidas pinceladas

Eso es lo que encontrará el lector en los seis primeros capítulos (páginas 35-144) de la primera y más extensa parte del libro titulada La política, en la que el ex vicepresidente repasa con rápidas pinceladas, entre impresionistas y expresionistas, algunas de las cuestiones que han jalonado los mejores años de nuestra historia contemporánea. Esa primera parte la completan tres capítulos de cariz más reflexivo, los dos primeros dedicados a examinar las lacras del terrorismo (pp. 145-154) y el nacionalismo (155-172) y el último incluye su valoración de la opción republicana (173-182). La obra incluye dos partes, La cultura (pp. 185-216) y La Vida (237-270), en las que el autor manifiesta sus gustos literarios y cinematográficos, el papel del amor, la familia, la muerte y el futuro. Cada capítulo se subdivide a su vez en varias entradas muy breves, que en la mayoría de los casos no superan una página, con títulos expresivos que facilitan al lec-tor encontrar con rapidez aquello que más despierta su curiosidad. Y con frecuencia, todo sea dicho, se quedará con ganas de saber bastante más y de formular alguna pregunta al autor. Alfonso Guerra, además de contar-nos por qué aceptó protagonizar el documental de Lamarca, subrayó en su exposición que este libro recoge “opiniones muy sinceras” y confesó que es “políticamente incómodo des-de un posicionamiento político” por-que como español que ama a España y la izquierda, recalcó, siempre ha amado a España, “tiene no el derecho sino la obligación de no callar”, de mostrar su disidencia ante posicionamientos progresistas o conservado-res perturbadores, como el que estamos inmersos desde que el PSOE de Sánchez se puso en manos de quienes quieren irse de España. Confesó también el profundo desasosiego que le produjo la lectura de un artículo reciente en el que el historiador Juan Pablo Fusi confiesa con pesar que ve “todo lo que ocurre hoy como la derrota de mi generación”. La actual dirección del PSOE sigue insistiendo en que los posicionamientos de Guerra y González frente a quien controla Ferraz son cosas de viejos trasnochados, y varios de sus líderes actuales y ministros de Pedro Sánchez las califican de desfasadas y “antiguas”; eso sí, sin presentar argumento alguno en contra. Pero lo cierto es que los muchos líderes socialistas presentes en el acto comparten que tanto la amnistía como las consultas de autodeterminación, exigidas por los avalistas de Sánchez y negociadas por su indocumentada vicepresidenta sumarita, están en las antípodas del progresismo, tratándose más bien de actos de una des-lealtad sin precedentes contra el ordenamiento constitucional, acordado por partidos de izquierda y derecha, que ponen en riesgo la igualdad de los ciudadanos y la convivencia cordial en libertad. Por ello, precisamente, los ‘viejos’ socialistas ven en la quiebra del espíritu de concordia que nutrió la Transición una peligrosa inclinación a reavivar la historia violenta de las dos Españas. Los catalanes estamos ya sometidos desde hace tiempo a gobiernos autoritarios y sectarios, irrespetuosos con los derechos fundamentales de quienes no comparten su objetivo secesionista, que con Puigdemont y Junqueras al frente del gobierno catalán dejaron sobra-da prueba de sus intenciones duran-te el penoso bienio que acabó con la aprobación de las leyes de desconexión y la constitución de una república independiente el 27 de octubre de 2017. No sólo se saltaron ambos el Estatuto de Autonomía, la Constitución e hicieron caso omiso de los requerimientos y sentencias de los tribunales, sino que fracturaron la sociedad e impulsaron a grupos radicales de ‘descontrolados’ para desatar la violencia antes y después del 1-O. Reavivar el secesionismo Pere Aragonés, presidente del gobierno de la Generalidad, afirma que gracias a gente como Guerra y González hay ahora independentistas que antes no lo eran. Otros pensamos exactamente lo contrario: son las concesiones indecentes del gobierno de Sánchez a los golpistas de ERC y JuntsxCat en la pasada legislatura, y las que están por llegar si mantiene con su apoyo La Moncloa, las que están reavivando el alicaído movimiento secesionista. De ahí la gravedad de las últimas declaraciones de Sánchez, en las que con impostado tono de estadista sostiene que “la crisis política no tuvo que derivar en acción judicial”. Claro que pudo haberse evitado la acción judicial: hubiera bastado con que el gobierno y el Parlamento de Cataluña hubieran respetado el Estatuto y el orden constitucional, y cumplido los requerimientos y sentencias de los tribunales. ¿Acaso la alternativa era reconocer la independencia de la república catalana recién constituida? No me sorprende que infinidad de socialistas se sientan huérfanos al constatar lo que está haciendo Sánchez con el PSOE y con España. Hay hoy más espinas que rosas en el patio de Ferraz. Guerra subrayó en varias ocasiones a lo largo de su intervención la incongruencia de que quienes obtuvieron un número exiguo de votos el 23-J impongan su voluntad a la mayoría. Las urnas han hablado –dijo– y lo que los políticos no pueden hacer ahora es lo contrario con la excusa de resolver un conflicto político, sobre todo si hacerlo supone deslegitimar a la Corona, al gobierno de España, a Las Cortes y todas las actuaciones de los tribunales para restablecer el orden constitucional. Aceptar las exigencias de un prófugo al que votaron el 1,6% de los ciudadanos para blanquear lo ocurrido en 2016-17 resulta perverso. Por ello, los dos partidos mayoritarios están obligados a buscar puntos de encuentro, como hicieron en la Transición, para reconducir la polarización social y defender el interés general.

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