17
sep
Actualidad Económica

Las elecciones legislativas en Suecia se han traducido en un sustancial incremento de los votos recibidos por los Demócratas de Suecia (DS), una formación populista de extrema derecha, neonazi en sus orígenes, que ha cosechado el 18% de los sufragios y se ha consolidado como tercera fuerza en el Parlamento. Los principales partidos, núcleos de la alternancia, el Socialdemócrata y el Moderado, han sufrido un acusado desgaste y la posibilidad de formar un Gobierno estable sin o contra los Demócratas resulta problemática. El auge de estos se ha sustentado sobre un solo punto: su oposición a los flujos migratorios y de refugiados, convertidos para ellos en una amenaza para una sociedad que gozó secularmente de homogeneidad de valores.

Si se pone en su contexto, el grueso de la población inmigrante en Suecia es de origen europeo, el actual número de extranjeros sobre el total de nativos supone el 17,6%, frente al 20% percibido por la ciudadanía, y el porcentaje de musulmanes respecto al total es del 27%, frente al 45% que creen los suecos cuando opinan sobre esta cuestión en los diferentes sondeos de opinión. Esta “exageración” de las cifras reales de inmigración y de su composición no es un rasgo único de Suecia. Se produce en casi todos los estados occidentales y es explotada por los partidos populistas (Alesina A., Miano A., Stantcheva S., “Inmigration and Redistribution”, NBER, 2018).

¿Qué más dicen los datos sobre la inmigración? La comparación entre realidad y percepción es muy interesante. Los suecos consideran que la tasa de paro de los inmigrantes es del 40% cuando es del 15%; el 40% de los inmigrantes suecos tiene educación superior frente al 25% percibido; el porcentaje del colectivo inmigratorio que vive en la pobreza es el 30%. Eso sí, las transferencias recibidas por un inmigrante medio frente a un nativo medio son 1,5 veces superiores. De este último punto pueden extraerse dos conclusiones: primera, los inmigrantes reciben en términos relativos más beneficios sociales que los suecos y, segunda, ello ejerce un efecto llamada sobre los buscadores de rentas. Si a ese cuadro se añaden las transferencias realizadas a los refugiados (entraron 500.000 en los últimos 10 años), el escenario resulta explosivo.

Hasta hace tres décadas, Suecia no era un lugar atractivo para la inmigración no europea y, además, su volumen no era muy grande. En ese entorno, los Gobiernos suecos se consideraron capaces de absorber grandes volúmenes de inmigración sin necesidad de considerar su integración en la sociedad. Ello se tradujo en una política de puertas abiertas, acompañada del suministro a los inmigrantes de generosos programas sociales y de enormes facilidades para la reunificación familiar. Esto provocó un efecto llamada de buscadores de rentas creciente. Ante el incremento del descontento social, los Gabinetes suecos, socialdemócratas y burgueses, decidieron a finales de los 80 bloquear la llegada de refugiados, pero incrementaron los incentivos a la inmigración normal. A partir de 2015, la brutal entrada de refugiados en el país se sumó a aquella y se vio acompañada, eso es cierto, por un fuerte crecimiento de la criminalidad y del peso de la población foránea sobre el gasto social.

Los partidos del establishment no dieron la importancia debida a esa situación, que fue explotada por el populismo. Ni los socialdemócratas ni los burgueses fueron sensibles a la preocupación de la sociedad sueca hacia ese problema a pesar de que los sondeos de opinión, de modo persistente, nunca avalaron ni siquiera en los “viejos buenos tiempos” un soporte mayoritario y favorable a la inmigración. Durante mucho tiempo, este había sido un tabú, un mandamiento básico y de obligada observancia en el consenso y en las normas de corrección política, heredados en buena medida de la mala conciencia del pasado de apaciguamiento sueco respecto a la Alemania nazi.

En este marco, los DS encontraron dos mercados en los que podían crecer: el de los trabajadores, votantes clásicos de la socialdemocracia, a los que han ofrecido mayores prestaciones de Estado de bienestar, reducidas a causa de la competencia por ellas de los inmigrantes, y a las clases medias, conservadoras en lo fiscal y con una enorme preocupación por la ruptura o el peligro de ruptura de la fábrica social. El votar a los DS ha dejado de ser un estigma social y su discurso será difícil de obviar por los partidos tradicionales si desean invertir su tendencia declinante. De esta forma, la extrema derecha se ha convertido de facto en un determinante básico de la agenda política sueca.

Los DS han logrado canalizar el rechazo mayoritario, desde comienzos de este milenio, a una política de inmigración considerada demasiado permisiva, por no decir de puertas abiertas. Esta hostilidad se ha visto acentuada por la afluencia de refugiados en los últimos años y por la identificación de los flujos migratorios con un aumento sustancial de la criminalidad y de la inseguridad, atribuida en especial a la inmigración de origen musulmán. En paralelo, la percepción real de que los inmigrantes son los principales beneficiarios de los programas sociales complementa y explica el alza del populismo en lo que fue el viejo paraíso del estado de bienestar.

Desde esta perspectiva, la idea según la cual las estrategias socialdemócratas son las adecuadas para lograr la integración de la inmigración en los países de acogida y la asignación de esa tarea a proporcionar a aquella generosos programas sociales es un error. Solo contribuye a incentivar la llegada de buscadores de rentas, a crear guetos de exclusión social financiada por los poderes públicos y a crear un clima de hostilidad hacia la inmigración en general en el que cada vez resulta más complicado distinguir entre quienes desean trabajar y generar riqueza y aquellos cuyo objetivo no es ese.


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