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Para la juventud de la generación X –nacidos entre 1962 y 1982– había una regla no escrita de que si a los treinta no me he casado, me voy de casa”. La tercera década parecía ser el plazo máximo de tolerancia social, y, para entonces, uno solía haber cumplido con tres requisitos: educación, trabajo y familia. Para sus sucesores, los mileniales –nacidos entre 1983 y 1999–, los treinta años son también un plazo para irse de casa, pero el mínimo. El máximo no existe. El número de mayores de esta edad que vive con sus padres va en un constante aumento, fenómeno que puede explicarse respondiendo a la cuestión de si el mundo milenial es económicamente viable o no.  

Educación: La generación X adquiría su garantía de estabilidad e independencia, el título universitario, a los veintipocos años. Hoy, el mundo frenético obliga a pensar en el postgrado, las maestrías y el doctorado antes de terminar siquiera el grado. Toda una proyección futurista que implica una compleja elección de la especialización profesional que más guste o sirva, y siempre que uno sea aceptado en alguna del sinfín de universidades para las que se postula.

A nivel económico, el coste de la educación se duplica o triplica, y se extiende por un periodo de tiempo mucho mayor. Así, surge el riesgo de no poder recibir una educación, o hacerlo a costa de endeudarse; esto último, una sombra constante en la independencia económica de los mileniales.

Trabajo: La generación X, después de graduarse, conseguía un trabajo desde el que planeaba desarrollarse profesionalmente. Podría pensarse que, con la inversión educativa anterior, los mileniales tendrían un empleo asegurado, pero no es así. La carrera laboral es una de obstáculos,  uno de ellos especialmente desafiante: la tecnología.

Esto lleva a que, por un lado, los puestos de trabajo que requieren de personas con amplia formación y en los que la retribución sea acorde escaseen. Por otro, la tecnología elimina cientos de miles de empleos a diario y ha creado una modalidad laboral en remoto desde el hogar, o el freelance. Por buenas que parezcan, presentan sus riesgos, como falta de estabilidad y un desinterés por el ahorro a futuro. Con todo ello, en la actualidad, los niveles de desempleo juvenil duplican ( caso de España, EEUU) o triplican (Suecia, Luxemburgo) las medias nacionales. 

De todas formas, no todo es responsabilidad del sistema, ya que la cultura de la inmediatez –por la cual se piensa en el hoy y no en el mañana– es esencial para explicar el mea culpa millennial. La ansiedad, combinada con la falta de compromiso, impide pensar a largo plazo. Los niveles de cambios de empleo asustan, y hasta se renuncia para perseguir sueños indefinidos. La independencia económica sin responsabilidad resulta imposible.

Familia e independencia: La generación X se iba de su casa cuando decidía formar una familia, lo que, en la mayoría de los casos, era factible por un respaldo de estabilidad laboral y ahorros. A ello le siguió una corriente de no constituir un hogar pero sí de independizarse. Hoy, abandonar el nido parece una mala idea, cuando no una pesadilla.

La cultura milenial es hedonista y egoísta, en parte por la hipnosis de la publicidad dirigida de internet, que oferta al usuario todo lo que pueda interesarle, y por el encadenamiento de las redes sociales, que empujan a estar pendiente de la vida ajena y compartir indiscriminadamente la propia. Esto ha llevado a un aumento del consumo casi desenfrenado, que, además de disminuir el ahorro, en algunos casos lleva al endeudamiento. Acceder a una vivienda implica gastos, impuestos e hipotecas, que son cada día más caros. Si además le sumamos una familia e hijos, se revela absolutamente inviable.


Esta generación sí asume más riesgos que sus antecesores. La cuestión es que lo hagan fuera del hogar de mamá y papá


Esta coyuntura va en aumento, y lo preocupante es que no hablamos de economías débiles, sino de los países más pujantes del mundo. Por ende, si bien el sistema no se trata del único culpable, los Estados deben adaptarlo a la nueva realidad social. Deben repensar cómo esta sociedad instantánea, que lleva el carpe diem tatuado en la frente, puede planificarse a futuro. Cómo hacer que estos estudios eternos sean laboralmente rentables y permitan ahorrar, logrando así que los mileniales se independicen, conformen sus propios hogares y se desarrollen plenamente.

Hay que ayudarles a que puedan apostar por el mañana, demostrándoles que no constituye una mera utopía. No debe olvidarse que esta generación sí asume más riesgos que sus antecesores. La cuestión es que lo hagan fuera del hogar de mamá y papá. En tanto esto no suceda, millones estarán como búhos sabios en sus nidos, con las alas atadas, esperando a que les respondan: ¿cómo independizarme, si ser milenial es económicamente inviable?


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