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Como cada año, la presentación de los Presupuestos Generales del Estado (PGE) supone el inicio de numerosos debates. Este año no ha sido una excepción. En materia de Defensa, parece que España sigue arrastrando ciertos prejuicios que impiden proporcionar al país un nivel de seguridad adecuado. En un entorno estratégico dominado por la incertidumbre y la volatilidad, nuestro Gobierno lleva decenios sin dotar al Ministerio de Defensa de los recursos necesarios para cumplir con su obligación primaria: la defensa nacional. En los Presupuestos de 2019, este Ministerio contará con 8.537 millones de euros. Esta cifra supone un 1,6% más que la del ejercicio anterior, en el que dicha partida ascendió a 8.401 millones. Esto implica que los fondos que se le destinan representan el 2,3% de los PGE.

A pesar de este ínfimo aumento, el presupuesto de Defensa para este año no resuelve las incógnitas que se ciernen sobre él. En concreto, son varias los asuntos que permiten cuestionar estas cuentas. Ante todo, no obstante ¿gastamos mucho en Defensa? En primer lugar, de los 8.537 millones, más de la mitad (casi el 54%) se dedica a los gastos de personal. Todo ello sin sumar los 897 millones en créditos para los gastos operativos y de funcionamiento dirigidos a la profesionalización de los Ejércitos. Estos datos ponen de relieve la importancia del factor humano dentro de las Fuerzas Armadas. No obstante, la existencia de tal rigidez estructural en un presupuesto tan exiguo deja poco margen al resto de partidas. Para aliviar el apalancamiento existen dos posibles soluciones: o bien se disminuye la partida de personal (esto es, reducción de efectivos), o bien se provee al Ministerio con más fondos. La primera solución no es viable, puesto que ya se han achicado las plantillas de forma general durante la última década. La segunda resulta, sin lugar a dudas, necesaria. Por varios motivos.

Según el último informe del Secretario General de la OTAN, Jens Stoltenberg, España es el tercer país de la OTAN que menos porcentaje del PIB destina a Defensa (0,92% en 2017), sólo por delante de Bélgica y Luxemburgo. Además, el Gobierno español ya confirmó el año pasado que no va a cumplir con lo pactado en la Cumbre de Cardiff de 2014: llegar al 2% en 2024. De acuerdo con los cálculos del propio Ministerio, España se quedará en el 1,53%, muy lejos del objetivo comprometido con la OTAN. En este sentido, veremos dañada nuestra imagen internacional. El Ejecutivo, en boca del ministro Borrell, argumenta que España es el único país de la Unión Europea que ha participado en todas sus misiones. Sin embargo, según datos de SIPRI (Stockholm International Peace Research Institute), el presupuesto español en Defensa, en porcentaje de PIB, no ha dejado de reducirse desde 1988. Esta continua tendencia a la baja nos lleva a la segunda incógnita: ¿es suficiente el presupuesto destinado a Defensa?

Evidentemente, no. Con la cifra de 2.795 millones de euros dedicada a inversiones se da un paso atrás en relación con los Presupuestos anteriores. En el ejercicio de 2018, esta partida estaba dotada con 2.841 millones, un 30% más que en 2017, y un 6,9% más que lo propuesto para este año. Esto ha supuesto que lo que se catalogó como “la apertura de un nuevo ciclo inversor” haya quedado en nada.


La defensa es más importante que la opulencia. A través de la disuasión, se mantienen relaciones pacíficas bajo un sistema de libre comercio.


No obstante, el lector ajeno al tema podría pensar que el anterior presupuesto para inversiones era excesivo. Al contrario. Para entender este apartado, hay que partir de la base de que también aquí existe un enorme anquilosamiento. Es el caso de los PEA (Programas Especiales de Armamento). Éstos se idearon para evitar el cortoplacismo en una materia tan sensible como la defensa. Tenían como objetivo sufragar grandes proyectos que se convirtiesen en la espina dorsal de las Fuerzas Armadas. Esta financiación iría más allá de los periodos electorales, con el fin de asegurar la estabilidad. No obstante, y pese a cumplir su propósito, los PEA suponen ahora mismo el 75% del total del presupuesto en inversiones. Esto no quiere decir que se destine a proyectos nuevos, sino que una parte sustancial se dedica a los pagos pendientes de los PEA de la década pasada. Por lo tanto, y pese a constituir la herramienta que ha permitido a España eliminar la desventaja tecnológica de la que partía, ante la escasa financiación, se están transformando en un enorme pasivo dentro del presupuesto de Defensa. Sirva para ilustrarlo un ejemplo: el caza Eurofighter Typhoon 2000.

Dicho aparato, ideado a finales de 1985, entró en servicio en 2003. Pues bien, todavía existen pagos pendientes. Además, pese a ser aún hoy día un magnífico caza, ya existen modelos que lo superan, como el F-35 o el F-22 Raptor, ambos estadounidenses. Pero no sólo EE.UU. posee aeronaves ultramodernas. También avanzan en sus modelos China, con el J-20, o Rusia, con sus Su57, ambos de quinta generación, frente al Eurofighter, que, con sus modificaciones, es de generación 4,5. Por tanto, España se ve en la tesitura de seguir pagando un proyecto que, en breve, quedará obsoleto, sin haber iniciado aún otro para sustituirlo. Pero no es el Eurofighter el programa más comprometido. Existen otros en una situación realmente crítica y en los que el margen de maniobra para revertirlo ya no existe. El Ejército del Aire, por ejemplo, dispone de los P-3 Orión. Estos magníficos aparatos de fabricación estadounidense tienen como misión principal la vigilancia marítima. Realizaron su primer vuelo en 1959, y, en España, entraron en servicio en 1973. Esto nos da una idea de su longevidad, por muchas modernizaciones que se les hayan añadido. En el caso de la Armada, cuenta con los aviones Harrier II Plus, que se incorporaron al servicio en 1996. Pese a no ser tan antiguos como los P-3, se tratan de una versión del modelo original, que data de 1970.

Estos desafíos deben ser abordados de manera urgente, ya que van a afectar a la seguridad nacional de manera trascendental. Tanto los actores políticos como la sociedad en general han de conocer la realidad en la que viven sus Fuerzas Armadas. La situación en la que se encuentra su equipamiento, y las nefastas consecuencias que puede acarrear la falta de inversión. Como dijo el propio Adam Smith, la defensa es de mayor importancia que la opulencia, ya que, a través de la disuasión, se mantienen relaciones pacíficas entre las naciones bajo un sistema de libre comercio. Esto es, preservar la opulencia a través de la seguridad. O como dice el profesor Antonio Fonfría: “En ocasiones, los cañones son un conservante de la mantequilla”.


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