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Actualidad Económica

La crisis iniciada en 2007 ha levantado un maremoto de ataques al capitalismo y al sistema de libre mercado, y muy especialmente a la conducta de los banqueros centrales. No cabe duda de que la crisis sorprendió a las autoridades económicas y monetarias, a la mayor parte de los economistas y, en muchas democracias, a los votantes de centroderecha y centroizquierda que tenían confianza en el sistema que había producido tanta prosperidad.

Los movimientos populistas no son sino una expresión de la desilusión de numerosos ciudadanos ante las promesas fallidas de un sistema, mal llamado liberal, de organizar la sociedad. Es este una mezcla de elementos contradictorios. Basado en la libertad de voto y expresión, comprometido para conseguir la prosperidad general y dispuesto a permitir la competencia en mercados parcialmente libres, prometía también la creciente igualdad de ingresos y fortunas con intervenciones administrativas y fiscales, además de proteger de la cuna a la tumba a los individuos de toda incertidumbre. El precario sistema así definido como liberal se mantenía dentro de cada nación gracias a un creciente gasto en educación, salud, pensiones y servicios sociales. En lo internacional, la seguridad frente a la incertidumbre parecía estar asentada en el sólido suelo de virtudes: la extensión de la democracia y el creciente respeto a los derechos humanos. La realidad era muy distinta. Este orden en lo internacional se mantenía en el mundo liberal gracias al esfuerzo militar y técnico de los Estados Unidos. Ahora está en peligro por la presión de dictaduras que utilizan la producción económica como instrumento de poder.

No quiero aparecer como pesimista a ultranza. Nuestro sistema tiene medios de corrección capaces de evitar que el sueño de la razón produzca monstruos. No es este el momento para hacer una crítica del engañoso estado de bienestar, cuyas encantadoras promesas son crecientemente insostenibles; ni el de insistir en que el orden internacional civilizado no se basa en el pacifismo y el odio a las fuerzas armadas: debemos estar dispuestos a usar la fuerza para defender lo nuestro pero moderando las intervenciones cuyo fin confesado es arreglar el mundo, como ha ocurrido en Oriente Medio. Hoy me ocuparé de un reducido campo, el monetario, cuyo mejor arreglo puede contribuir mucho a la libertad y seguridad de nuestras naciones y de las personas que en ellas vivimos.

LOS BANCOS CENTRALES Y LA CRISIS DE 2007.

Ya sabemos, como nos dice Carlos Rodríguez Braun, que no es el perro el animal favorito de los españoles, sino el chivo expiatorio. El Levítico describe la ceremonia por la cual dos chivos eran sacrificados simbólicamente como culpables de los pecados cometidos por el pueblo judío en el año. En esta crisis también hay dos chivos declarados responsable por el pueblo en busca de pecador: los bancos centrales, a los que se culpa de algunos de los graves fallos del sistema financiero, y los capitalistas, que, guiados por la codicia, se lanzaron a ganar fortunas por métodos poco escrupulosos.

Los errores de los bancos centrales, que los hubo, por suerte para ellos no se prestan a escandalosas versiones cinemáticas. Los monstruos de Wall Street eran carne de guion, como lo fueron en la película de Oliver Stone de 1987: ahí pronunció Michael Douglas Jr. la frase “greed is good”, la codicia es buena, que ha hecho fortuna como retrato del capitalismo financiero. Hay banqueros poco honrados, sin duda, de los cuales hemos visto más de un ejemplo en España, pero la banca y la bolsa desempeñan un papel insustituible en el capitalismo moderno y la gran mayoría de quienes trabajan allí pueden hacer gala de buena conducta.

En cualquier caso, no sería justo cargar la culpa de todo lo ocurrido con la moneda y la estabilidad del sistema financiero sobre los hombros de los banqueros centrales, sin fijarnos en la mala influencia del marco institucional de las finanzas y en el papel que los Gobiernos desempeñan en el funcionamiento del sistema monetario y crediticio. A mi manera de ver, los errores de los bancos centrales nacen de teorías equivocadas propaladas por los economistas que se llaman neokeynesianos, y ciertamente no por Keynes, que era escéptico en materia de política monetaria y creía que la economía en su conjunto se gobernaba por el gasto público financiado con deuda. Para muchos de los economistas que trabajan en los bancos centrales el dinero es importante porque piensan que con los tipos de interés y la creación de dinero es posible hacer una política económica anticíclica.

En el uso anticíclico de la política monetaria, el principal acusado es Alan Greenspan, que, como presidente de la Reserva Federal de 1987 a 2006, guió la política del banco central en el sentido de reaccionar preventivamente ante cualquier amenaza de recesión con políticas monetarias expansivas. Así fue en el año 2000 al permitir la aparición de la burbuja de la vivienda con su política de bajos tipos de interés. Cuando en 2006 buscó corregir subiendo los tipos, entregó a su sucesor Bernanke una economía en caída libre.

POLÍTICA MONETARIA A LO FRIEDMAN.

Milton Friedman fue monetarista pero en un sentido muy distinto de Greenspan y los neokeynesianos de hoy. Friedman no dudaba de que la política monetaria influyera mucho más en las variaciones del ciclo que la política fiscal. Así lo había demostrado en su Historia monetaria de los Estados Unidos (1954), escrita con Anna Schwartz. Pero no se pronunciaba sobre las causas reales del ciclo y su recurrencia. Como él, creo que sabemos muy poco sobre por qué hay ciclos: solo que su varianza puede hacerse más aguda con políticas monetarias equivocadas. Por eso, al final de su vida se inclinó por proponer una regla que neutralizara los efectos de la política monetaria a corto plazo, mientras postulaba un aumento secular constante de la oferta monetaria al mismo ritmo que el crecimiento real a largo plazo de la economía. ¡Nada de fine tuning, nada de intentar afinar las cuerdas de la economía como si fuera un piano! La idea de que el banquero central es el pianista y las cuerdas suenan obedeciendo a cómo tañe las teclas (si me permiten esta atrevida expresión) es un error. El economista tiene que improvisar la partitura; además, las teclas y las cuerdas piensan, tienen sus propios intereses y suenan como creen que les conviene. Con ello quiero decir que al gobernador y al Gobierno les es imposible hacer sonar la economía a su gusto. Lo mejor es proclamar una senda fija para la política monetaria, reducir los impuestos y las intervenciones públicas y permitir que individuos y empresas hagan planes a largo plazo y apechuguen con las incertidumbres inevitables en este mundo.

Cuando se trata de reducir la inflación a términos aceptables es necesario, sin embargo, una adecuación de la política fiscal a las restricciones monetarias, por la razón que voy a decir. Una restricción monetaria lo suficientemente severa siempre consigue reducir la inflación, pues esta es un fenómeno monetario causado por un crecimiento más rápido de la cantidad de dinero que de la producción real. Pero solo si los individuos creen que la política antiinflacionista anunciada se va a llevar a cabo, toman precauciones para ajustarse (si no, se dan con la cabeza en el parabrisas). Es lo que hizo en 1981 Geoffrey Howe, el canciller de Margaret Thatcher: recortó drásticamente el gasto público en medio de una recesión; al mismo tiempo, fue reduciendo la oferta monetaria mucho más lentamente. El público mismo fue el que se adaptó a la situación esperada y creíble por la razón de que cuando se combate la inflación monetariamente, es bueno que el público vea que ha desaparecido la tentación para el Gobierno de cubrir su déficit con nuevas emisiones de moneda.

LA GOBERNADORA RUSA.

Daniel Lacalle, en su nuevo libro La gran trampa, sostiene con razón que cuando una economía entra en recesión no es acertado inundarla de dinero y reducir los tipos de interés, como han hecho los cuatro bancos centrales importantes durante la crisis (Fed, BCE, Banco de Inglaterra, Banco del Japón). Si la política monetaria anterior a la caída fue sensata (no la de Greenspan), entonces es mejor mantenerla y buscar las causas de la recesión en los obstáculos y barreras de la economía real. A las medidas tomadas por los grandes bancos centrales las llama el gas de la risa monetaria. Al contrario de todos, lo hizo el Banco Central de la Federación Rusa dirigido por Elvira Nebiullina: aparte de la devaluación del rublo, forzada por la caída del precio del petróleo, el banco central se negó a actuar como si la recesión hubiera sido causada por el dinero caro: las causas eran estructurales. Sorprendente ejemplo traído por Lacalle. 


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