11
mar
Expansión

Ayer, el Instituto Nacional de Estadística (INE) publicó el Índice de Producción Industrial (IPI) que muestra que en enero en tasa interanual la producción industrial española creció un 2,4%, corregidos los efectos estacionales y de calendario. Esta mejoría de la industria corrige, parcialmente, los malos datos de noviembre y diciembre del año pasado en que el IPI se contrajo con fuerza (-3,3% y -6% respectivamente, en tasa interanual). El dato de enero parece un dato aislado y no una señal de cambio de tendencia (una golondrina no hace verano).

Malas perspectivas para la industria

Por ejemplo, el Índice de Gestores de Compras (PMI, por sus siglas en inglés), de la consultora Markit, que se utiliza para tratar de anticipar la tendencia de la economía en los próximos meses, apunta a una contracción de la industria. En febrero, el PMI de las empresas manufactureras españolas se situó en 49,9 puntos frente a los 52,4 en enero. La caída llevó al índice por debajo de 50 puntos por primera vez desde noviembre de 2013, lo que avanza que la actividad del sector manufacturero entrará en recesión tras más de cinco años de crecimiento.

También sigue bajando la confianza en la industria española. El Indicador de Confianza Industrial, elaborado por la Comisión Europea, cayó en febrero 5,2 puntos lo que acentúa la tendencia descendente de este índice iniciada en el tercer trimestre del año pasado.

Este retroceso en la industria española se debe, entre otros motivos, a los cambios que puede generar la nueva regulación anticontaminación del sector del automóvil (un sector que representa el 16% de las exportaciones españolas de bienes); a la debilidad de la demanda externa por la guerra comercial de Estados Unidos; a la amenaza de un Brexit duro, dado que Reino Unido es un importante socio comercial para España y a que Europa (nuestro principal cliente) lleva diez años con un crecimiento anémico y lo peor es que ese deterioro no logra contenerse.

Los problemas de Europa

Por ejemplo, la confianza económica de la zona euro se ha situado en su nivel más bajo desde noviembre de 2016, se redujo desde los 106,3 puntos del mes de enero a 106,1 puntos de febrero. En Italia el dato bajó 1,6 puntos, hasta los 101,2, en mínimos desde septiembre de 2016; en Francia retrocedió 0,9 puntos, hasta 100,5; y en Alemania, el indicador ha registrado una bajada de una décima, situándose en 108,4 puntos, su peor resultado desde febrero de 2017.

Por su parte, las previsiones económicas del Banco Central Europeo (BCE) reflejan frío, bastante frío en la Eurozona para 2019. En especial, para sus tres grandes economías, Alemania, Francia e Italia, cuyos motores van a bajar de revoluciones con claridad. Para el BCE el PIB del conjunto de la Eurozona ya no crecerá al 1,9% en 2019 como preveía en noviembre sino al 1,1%. En definitiva, la zona del euro está deteniendo su ritmo de crecimiento lo que unido a la baja inflación (1,2% para este año) está comenzando a preocupar a las autoridades económicas que temen que se produzca un estancamiento a la japonesa.

Sin embargo, mientras la actividad de la zona del euro no levanta cabeza, en Estados Unidos se espera, para este año, un crecimiento del 2,6%. Es más, en los últimos 10 años el PIB de EEUU ha crecido de media anual el doble que el de la zona del euro. Como consecuencia, EEUU han sido capaces de crear mucho empleo y reducir su tasa de paro desde el 10% en 2009 hasta el 4% en enero de este año, mientras que la Eurozona en ese mismo periodo redujo su tasa de desempleo desde el 10% hasta el 7,7%.

¿Por qué la situación de la Eurozona está empeorando?

En primer lugar, por los problemas en Italia que este año sufrirá una pérdida de PIB del 0,2%. El país transalpino se ha convertido en el enfermo de Europa. El populismo económico practicado por su Gobierno y su elevado nivel de endeudamiento han generado una gran incertidumbre. Su enfrentamiento inicial con la Unión Europea, al pretender que se le aprobasen unos presupuestos insostenibles, ha sembrado una gran desconfianza entre los inversores, porque nadie arriesga su dinero si no aprecia una estabilidad institucional. Italia, por su tamaño económico, preocupa a Europa, dado que, si su recesión se agravara, el viejo continente no tendría la fortaleza suficiente para soportarla. Por tanto, se trata del país que con más urgencia necesita reformas estructurales, así como modernizar su anquilosada educación y la formación continua.

Segundo, Alemania que hasta ahora se consideraba la locomotora europea parece que tiene gripado su motor. Su PIB aumentará un mísero 0,7% en 2019 (nueve décimas menos que lo pronosticado en noviembre). Su producción industrial ha descendido un 4,7%, en buena parte por las fuertes huelgas y el retraso en la certificación de los nuevos estándares de contaminación. Tampoco la confianza empresarial está para alegrías, debido al descenso del consumo privado, lo que lleva a mirar el futuro con preocupación. Sin duda, los escándalos del diésel y el consiguiente desprestigio no han ayudado a que el poderoso sector automovilístico germano tire con fuerza del resto de la economía.

En tercer lugar, Francia elevó los niveles de alarma a causa de los impactantes desórdenes callejeros de los chalecos amarillos y de la pérdida de popularidad de El Eliseo. Sin embargo, tiene una economía algo más saneada de lo que cabría esperar. El país vecino crecerá un 1,3% este año, y mantendrá ese incremento en 2020. El riesgo económico que lo amenaza reside en que su Estado de Bienestar resulta ya insostenible, al igual que las persistentes demandas que reclaman los más desfavorecidos. Las ayudas públicas, sin ser suficientes para el exigente estándar de confort galo, llegan a muchas personas. Se debiera implementar una política alternativa al simple reparto de dinero, y fomentar que los subsidiados mejorasen su formación y encontraran un empleo.

Cuarto, la salida de Reino Unido de la Unión Europea. Sin acuerdo, es decir, un Brexit duro, el crecimiento la economía británica podría caer un 2% y arrastraría al resto de Europa. Especialmente, repercutiría negativamente sobre Irlanda, Países Bajos y Dinamarca, países con economías muy vinculadas a la británica, y que, por tanto, sufrirían una desaceleración grave, al perder una buena parte de sus exportaciones.

Quinto, la economía mundial y también la europea se resentirán profundamente ante el aumento del proteccionismo en EEUU. La subida de aranceles contribuye poderosamente a reducir la renta y la riqueza de los países. De ahí que la mayoría de los economistas defiendan el libre mercado como un instrumento que mejora las condiciones de vida y de trabajo de todos los que participan de él. El proteccionismo que ahora parecen ensalzar las administraciones conservadoras de Estados Unidos y Gran Bretaña, nunca fue un buen camino para resolver los problemas económicos de los países. A lo largo de la historia, muchos gobiernos se han visto tentados de utilizar políticas de este tipo, que, como su propio nombre indica, implican proteger la producción nacional frente a la competencia exterior. La historia económica demuestra que cuando se utilizan las políticas de sustitución de importaciones, las economías se estancan. En cambio, cuando éstas se abren y siguen una estrategia exportadora, se dan mayores niveles de crecimiento y empleo.

La política económica necesaria

En definitiva, los indicadores y la situación política y económica de la Eurozona no dan por ahora señales de recuperación. En 2019, el acceso al crédito del sector privado aumentará gracias a las nuevas operaciones de financiación a largo plazo del BCE que se iniciarán en septiembre de 2019 y finalizarán en marzo de 2021. Se trata de una inyección de liquidez a las entidades financieras con el compromiso de aumentar la concesión de créditos al sector privado e incentivar así la producción, la demanda y los precios. Además, el BCE mantendrá los tipos de interés en su nivel actual, al menos, hasta finales de 2019 y, en cualquier caso, tanto como sea necesario. Estas medidas de liquidez del BCE y el proceso de recapitalización bancaria de algunas entidades europeas que se está siguiendo deberían permitir una cierta recuperación en el mercado de crédito en la zona del euro.

Sin embargo, como señaló ayer el Servicio de Estudios de Bankia el diagnóstico que sigue predominando es que nos encontramos ante un estancamiento de raíz keynesiana (insuficiencia de la demanda interna) al que no se puede responder con las viejas recetas del pasado. Más bien deberíamos preocuparnos en cómo compensar los efectos sobre el crecimiento potencial de factores que parecen haber venido para quedarse: baja productividad y elevados niveles de deuda. A lo que hay que unir la japonización que supone, la baja tasa de natalidad y el aumento de la esperanza de vida que están favoreciendo que las economías de la zona del euro tengan cada vez una menor proporción de población en edad de trabajar en relación con la población que no puede hacerlo (niños y ancianos). Un problema difícil de solucionar en el corto plazo pero que requiere de actuaciones inmediatas.

De ahí la necesidad de que en Europa se apliquen reformas estructurales: flexibilizar más el mercado laboral y reducir los costes sociales y fiscales que soportan sus empresas y que las hacen ser menos competitivas en los mercados internacionales. De ahí que Europa deba seguir promocionando la cultura de la competencia. A la vez, se debe tratar de avanzar hacia una mayor unión fiscal, bancaria y política. Desgraciadamente, los pasos hacia esa unión están siendo muy lentos. Los que gobiernan Europa parece que todavía no se han enterado de que no es posible una unión monetaria sin una unión política. De mantenerse esta lentitud de los gobiernos europeos en la toma de decisiones la Eurozona puede seguir estancada durante años.

En resumen, el crecimiento económico de Europa está cerca del estancamiento, es decir, existe un elevado riesgo de recesión y se acerca a la deflación. Por tanto, Europa debe crecer, para ello necesita aplicar una política económica con tres patas: 1) mayor inversión pública que mejore las infraestructuras europeas, 2) continuar haciendo las reformas estructurales (redimensionar el sector público, reducir deuda, reformar las pensiones y flexibilizar el mercado laboral) y 3) una política monetaria expansiva tal como aprobó el jueves el BCE. A lo largo de este año también se podrían empezar a percibir los efectos favorables de la depreciación del euro y la moderación del precio del petróleo.

Con las políticas económicas adecuadas y el cambio favorable en el precio de la energía y en el tipo de cambio, Europa conseguirá alcanzar un mayor crecimiento económico el año que viene.

¿Y España?

La economía española creció en el último trimestre de 2018 a un ritmo anual del 2,4%. Parece que este año, se desacelera y crecerá un poco menos, alrededor del 2%, lo que significa una menor creación de empleo que el año pasado. Para revertir esta tendencia y conseguir en el futuro un mayor crecimiento económico es preciso que continúe fortaleciéndose el sector industrial y especialmente la producción de bienes de equipo que, dada su mayor intensidad tecnológica, mejoran sustancialmente la productividad de la economía.

España necesita una industria fuerte, eficiente y competitiva como instrumento imprescindible para alcanzar un alto nivel de crecimiento económico y de empleo cualificado. La experiencia histórica de las economías más avanzadas y también de las economías asiáticas muestra que para alcanzar un nivel alto de desarrollo es preciso establecer una base industrial interna amplia y robusta. Es más: no se conoce ningún país avanzado, de tamaño grande, que no sea industrializado. El G8, es el grupo de países más importantes y más industrializados del mundo. Por eso la industria se percibe como una señal de fortaleza, empleo y productividad. Por tanto, aunque el sector servicios español es muy competitivo, y debe seguir siéndolo, no se debe olvidar la necesaria apuesta por la reindustrialización de España.

Así las cosas, en el contexto actual de: a) desaceleración de la actividad económica; b) trabas económicas por la guerra comercial del presidente Trump; y c) incertidumbre generalizada (que se masca en las caídas de las bolsas), en España subir los impuestos, las cotizaciones sociales y los salarios por encima de la productividad, no va a ayudar a tranquilizar ni a los mercados ni tampoco a las empresas: las decisiones de inversión se podrían postergar y la desaceleración podría ser todavía mayor.


Deja un comentario