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mar
Expansión

El presidente de China, Xi Jinping, se ha reunido con el presidente italiano, Sergio Matarella. Este encuentro tiene entre otros objetivos firmar un acuerdo de adhesión de Italia al gigantesco plan de infraestructuras impulsado por el gobierno chino conocido como Nueva ruta de la seda.

NEGOCIACIONES BILATERALES CON ITALIA

Se junta el hambre con las ganas de comer. La participación de Italia en esta iniciativa supone beneficiarse de la cooperación de China a nivel práctico, es decir, saciar un poco la elevada necesidad de financiación para su deteriorada economía y comenzar a reducir su elevada deuda pública. De esta manera, el actual Gobierno de coalición de Italia, de carácter populista, se desmarca de sus socios europeos.

El ejecutivo italiano sigue acusando a la Comisión Europea de limitar su margen de maniobra en política fiscal, una intervención que supuestamente frena el alivio a su anémica economía. Este acuerdo bilateral de Italia con China para construir las infraestructuras de la Ruta de la Seda constituye una vía formidable para obtener la financiación que la coalición de Gobierno italiana necesita para equilibrar el agujero fiscal de su economía. Sin embargo, este convenio con los chinos no ha sido visto con buenos ojos por Bruselas ni mucho menos por Estados Unidos (EEUU).

China por su parte tiene ganas de entrar más a fondo en los mercados europeos. La guerra comercial iniciada hace unos meses por la Administración Trump sigue teniendo consecuencias muy negativas para la economía del gigante asiático, en la que prácticamente la totalidad de sus sectores económicos se han visto afectados. Después de 40 años creciendo a un ritmo medio del 10%, la situación económica de China presenta síntomas evidentes de deterioro y agotamiento. Así, el crecimiento del PIB estimado por la OCDE para 2019 es el 6,2% frente al 6,6% del año pasado, su nivel más bajo en décadas.

En este contexto, con el objetivo de revertir la situación, el Gobierno chino ha anunciado la puesta en marcha de un ambicioso y profundo paquete de medidas de estímulo y reformas estructurales. El proyecto intenta fomentar unas mayores inversiones, tanto de las empresas nacionales como de las internacionales, otorgar una mayor protección a los derechos de propiedad privada y, por último, reactivar la demanda y el consumo. Estas acciones afectarán a muy diversos ámbitos, entre los que destacan los sectores inmobiliario, industrial, financiero y tecnológico.

China desea también, aumentar sus exportaciones y las inversiones extranjeras en su país. Sin embargo, Pekín mantiene unas relaciones comerciales y políticas con EEUU muy deterioradas, sin que se vea un fácil arreglo. Los avances en las negociaciones entre ambas potencias para poner fin al actual clima de tensiones son poco significativos. China se ha propuesto apoyarse en Europa, su principal socio comercial en el mundo y uno de los más relevantes en cuanto a flujos de inversión se refiere, para volver a una senda de estabilidad que le permita recuperar los niveles de expansión y crecimiento económico mostrados en las últimas décadas.

PREPARANDO LA CUMBRE UNIÓN EUROPEA-CHINA

De ahí, que la semana que viene, Xi Jinping tendrá también un encuentro con el jefe del ejecutivo francés, Emmanuel Macron. El presidente de China viene acompañado de su primer ministro, Li Keqiang, y otros destacados miembros de su Gobierno, para llevar a cabo una serie de reuniones de alto nivel con destacados empresarios franceses y explicarles su nuevo plan de reformas, así como promover nuevas inversiones. Se trata de acercar posturas que se debatirán con mayor profundidad durante la cumbre Unión Europea-China que se celebrará el próximo 9 de abril. El objetivo es tranquilizar a sus socios europeos y mejorar y reforzar las relaciones entre ambos bloques económicos.

La UE es consciente de que China dispone de la capacidad y condiciones para desbancar a EEUU y situarse como la primera potencia económica mundial en el futuro. Para lograrlo se antoja clave el establecimiento de estrechas, duraderas y robustas relaciones comerciales con economías prósperas y con potencial de crecimiento.

DESCONFIANZA DE LA UE

Pero es precisamente ese mayor peso geopolítico de China en el mundo, como su capacidad para hacer frente a EEUU, lo que algunos países europeos temen, pues puede ser una estrategia que beneficie sobre todo a las empresas chinas. La desunión europea en su política exterior y el aumento del populismo en un buen número de países europeos facilita, por añadidura, la política de una superpotencia que pretendiera imponerse en Europa. La prevención de Bruselas ante el convenio de Italia y China tiene su sentido: Pekín controla ya parte de África y Sudamérica.

Además, algunos gobernantes de la UE muestran cierto recelo y preocupación ante este nuevo contexto internacional en el que Europa tiene cada vez menor peso político y económico. El mundo es cada vez más global e interconectado, ya no solo en términos económicos, sino también sociales y políticos. Todo ello, a su vez, presenta una complejidad añadida derivada del hecho de que las principales potencias económicas del Viejo Continente muestran en la actualidad una coyuntura económica con síntomas evidentes de desaceleración. Además, a este suave declive comunitario, se suma la compleja situación política y social generada por las negociaciones del Brexit y sus potenciales consecuencias futuras.

Sin embargo, desde Pekín se reafirman en que las nuevas políticas y acuerdos propuestos con la UE traerán una mayor estabilidad a la economía y al comercio mundial. Los chinos aseguran que beneficiarán a todas las partes implicadas, algo que, desde algunos sectores europeos críticos con el régimen del gigante asiático, se pone en duda por el control que éste ejercería sobre determinadas redes de comunicaciones consideradas como clave desde un punto de vista geoestratégico.

LA POSICIÓN CHINA EN EL NUEVO ORDEN GLOBAL

Los próximos meses serán sin duda un reto para ambas regiones, ya que determinarán si los acuerdos y medidas adoptadas y promovidas por ambos bloques funcionan y, consecuentemente, tienen un reflejo en la realidad económica de millones de ciudadanos de diversas partes del mundo.

Este aspecto será aún más relevante en el caso de una UE en la que los síntomas de su suave pero continuado declive económico son cada vez más notorios, descenso que puede agravarse con la salida de Reino Unido.

Quizá el nuevo orden comercial, geopolítico, económico y social mundial, en el que China ha llegado, ya no solo para quedarse, sino para tomar (o compartir) el testigo estadounidense, resulte ya una realidad insoslayable. La UE y las potencias medias restantes deberán asumir cuál es el papel que pueden desempeñar en el mundo y que en este sean compatibles las políticas que impongan, no sólo el gigante norteamericano como hasta ahora, sino, sobre todo, el todavía no bien interpretado coloso asiático.

Unos buenos acuerdos entre China y la UE pueden ayudar a mantener la estabilidad, el crecimiento y el bienestar de ambas áreas geográficas. Pero la cautela debe estar muy presente en esos convenios. Hay que valorar también el riesgo que implica asociarse con un país hercúleo que no responde a los valores que caracterizan las constituciones que rigen en los países europeos.


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